Sofía Miller, la brillante directora creativa de Big Eye Creative, y Sebastián Lombardi, el reservado CEO que lucha por salvar la empresa de su padre, se ven obligados a trabajar juntos. En el proceso, la tensión laboral se transforma en un amor apasionado. Sin embargo, la misma noche en que él le propone matrimonio, un rival provoca un trágico accidente de coche.Al despertar, Sofía recibe un doble impacto: Sebastián está en coma y ella espera un hijo suyo. Un año después, el CEO abre los ojos, pero una amnesia severa ha borrado su último año de recuerdos. Sebastián no reconoce a Sofía y cae en las redes de Daphne, su calculadora exprometida que vuelve para quedarse con su fortuna.Protegida en secreto por el abuelo de su bebé, Sofía regresa a la oficina y a la clínica para dar una batalla silenciosa. ¿Podrá el recuerdo de su amor y el latido de su hija Lucía romper el hielo de su memoria, o se perderá para siempre? Una historia de traición, intriga y reconquista.
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CAPITULO 17. EXITO EN LAS SOMBRAS Y VENENO EN LA CALLE.
Los días posteriores al despido de Tom trajeron una bocanada de aire fresco y renovación a Big Eye Creative. Tal como lo habíamos planeado, Carla asumió oficialmente el mando de la coordinación del departamento creativo. La oportunidad le sentaba de maravilla; se paseaba por los cubículos con una tableta bajo el brazo, repartiendo tareas con su habitual entusiasmo jovial y llenando a los diseñadores de una energía desbordante.
—¡Vamos, equipo! Las maquetas para los paneles digitales de la avenida principal ya están aprobadas —anunciaba Carla una mañana, batiendo las manos con alegría—. El lanzamiento del formato familiar debe verse impecable. ¡Demostremos de lo que somos capaces!
Verla dirigir con tanta soltura me llenaba de un orgullo inmenso. El fruto de nuestro esfuerzo no tardó en verse reflejado en el mundo real. Para el viernes, las calles principales de la ciudad se inundaron con los primeros anuncios oficiales de Sailing Dreams. Las gigantescas pantallas LED mostraban nuestras imágenes paradisíacas de Ciudad Y, acompañadas por eslóganes frescos que invitaban a la gente a escapar de la rutina.
El impacto fue inmediato y rotundo. Las centrales de reserva del cliente colapsaron por la alta demanda de llamadas y las acciones de nuestra agencia comenzaron a subir en las gráficas financieras. En la oficina todo eran sonrisas, cafés compartidos y un ambiente de triunfo absoluto. Sebastián y yo nos mirábamos desde la distancia con una complicidad hermosa; habíamos salvado el legado de su padre y nuestro amor florecía en medio del éxito.
Sin embargo, a unos cuantos kilómetros de nuestra felicidad, en el último piso de la corporación Sailing Dreams, la atmósfera era radicalmente opuesta.
Alan Vance se encontraba en la penumbra de su enorme despacho, con las persianas americanas completamente cerradas para impedir la entrada de la luz del sol. El gran director de marketing lucía un aspecto inusualmente desarreglado. Tenía la corbata floja, las mangas de la camisa arrugadas y la mirada fija en un documento oficial que descansaba sobre su escritorio de cristal.
Era una notificación de sanción disciplinaria emitida por la junta directiva de la empresa.
Tras el monumental fracaso de su trampa del lunes, el director general había exigido un castigo ejemplar. Alan había sido despojado de sus bonificaciones anuales, se le había retirado el control directo sobre los presupuestos de publicidad y había recibido una amonestación formal que manchaba su impecable expediente corporativo.
Cualquier otro empleado en su lugar habría sido despedido de forma fulminante y escoltado por la seguridad hacia la calle por intentar sabotear a un socio comercial. Pero Alan contaba con un escudo impenetrable: el dueño absoluto y socio mayoritario de la corporación Sailing Dreams era, nada más y nada menos, que su propio padre. El viejo Vance había intervenido a puerta cerrada para salvar el cuello de su primogénito, frenando el despido pero aplicando una sanción severa para calmar las aguas con la junta directiva.
—Una simple sanción... —murmuró Alan para sí mismo, soltando una risa seca, fría y cargada de resentimiento—. Piensan que con esto me van a mantener de manos atadas. Qué poco me conocen.
Alan se levantó de su sillón de piel y comenzó a caminar de un lado a otro del despacho oscuro. La humillación no había mermado sus ganas de venganza; al contrario, la sanción había actuado como gasolina sobre un fuego ardiente. El dolor en su orgullo propio escocía con fuerza. No podía soportar ver los paneles publicitarios de Sofía brillando en las avenidas, ni mucho menos toleraba la idea de que Sebastián Lombardi caminara como un triunfador por el sector.
Se detuvo frente al ventanal, observando el tráfico de la ciudad a lo lejos. Tras analizar la situación con la cabeza fría, se dio cuenta de que atacar a la agencia desde el punto de vista técnico o informático era inútil; Sebastián era demasiado inteligente y tenía los servidores blindados. Si quería destruirlos por completo sin levantar sospechas en su propia empresa, debía cambiar de estrategia de forma radical. Tenía que golpear donde más les doliera, en un terreno puramente personal.
Una sonrisa malévola y calculadora comenzó a dibujarse lentamente en sus labios al recordar la confesión que Tom le había hecho sobre el pasado de la directora creativa.
—Sofía Miller... o debería decir, Sofía Miller, la gran heredera del imperio tecnológico Inter Tech —susurró Alan, con los ojos brillando de una maldad absoluta—. Creíste que podías escapar de tu maravillosa familia de alcurnia para jugar a ser una trabajadora común en una agencia gris. Pero olvidaste que tu destino ya estaba firmado desde el día en que naciste.
Alan regresó a su escritorio, tomó su teléfono móvil personal y comenzó a buscar en su agenda de contactos. Sabía perfectamente que el padre de Sofía, el poderoso Nicolás Miller, era un hombre de la vieja escuela, sumamente estricto, orgulloso y obsesionado con mantener la reputación de su apellido intacta. Y lo más importante: recordaba perfectamente que el compromiso matrimonial de Sofía con Alex Romanov, el heredero mujeriego del otro cincuenta por ciento de la corporación tecnológica, seguía vigente sobre el papel.
El plan de Alan era maquiavélico y perfecto para evitar sospechas corporativas. No tocaría el contrato de publicidad. En su lugar, se encargaría de filtrar de forma anónima a la prensa del corazón y a los eventos de la alta sociedad una serie de fotografías de Sofía y Sebastián compartiendo momentos íntimos fuera de la oficina. Armaría un escándalo familiar de proporciones épicas.
Sabía que en cuanto Nicolás Miller descubriera que su única hija estaba teniendo un romance público con un simple CEO de una agencia de publicidad de nivel medio, desobedeciendo el pacto de bodas con los Romanov, la furia de los magnates tecnológicos se desataría de inmediato. El padre de Sofía usaría todo el peso de sus millones y sus influencias políticas para obligar a su hija a regresar al redil, destruyendo de paso la carrera y la estabilidad de Sebastián por haber osado tocar a su heredera.
—Vamos a ver si tu amorcito Lombardi es tan valiente cuando tenga que enfrentarse a los verdaderos tiburones del dinero de este país —murmuró Alan, presionando el botón de llamada en su teléfono para contactar a su primer informante social—. Disfruten de su felicidad de oficina, muchachos. Porque su preciosa historia de amor está a punto de convertirse en una guerra familiar de la que no podrán escapar.