**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
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capitulo 1
El aire acondicionado del hotel *The Peninsula* en la Quinta Avenida no lograba enfriar la rabia que me quemaba la garganta. Tenía los dedos entumecidos, apretados alrededor de mi teléfono celular como si pudiera estrangular a través de la pantalla la firma de mi propio padre.
Pero ya era tarde. El correo electrónico estaba ahí, con el sello digital de la firma de abogados Al-Maktoum. Un contrato de matrimonio. Cuarenta y cinco páginas que reducían mi existencia, mis veinticuatro años de vida y mi dignidad a una simple transacción comercial. Mi padre había destruido el legado textil de la familia en la bolsa de valores, y la única forma de evitar la quiebra absoluta y la cárcel era venderme. Literalmente, venderme.
El comprador era el Jeque Zayd Al-Maktoum. Un hombre al que jamás había visto en persona, del que solo existían rumores en los círculos financieros de Nueva York y las revistas de los Emiratos. Lo pintaban como un dictador implacable en los negocios, un Alfa de la vieja escuela que gobernaba su imperio con puño de hierro y que exigía, entre sus ridículas cláusulas tradicionales, una esposa de linaje limpio, intocada y sumisa.
*«Sumisa»*. Se me escapó una risa amarga que sonó casi como un sollozo en la penumbra del bar del hotel.
—¿Le sirvo otra copa, señorita? —preguntó el barman con voz suave, puliendo un vaso de cristal.
—Un whisky doble. Sola. Sin hielo —respondí, sin apartar los ojos de los lujos aterciopelados del lugar.
Si me iban a comprar como a un caballo de carreras, si iba a perder mi libertad a partir de mañana, no iba a entregarle el control absoluto de mi cuerpo a ese jeque prepotente. Él quería una esposa pura, una página en blanco que moldear a su antojo en su maldito palacio del desierto. Pues no. Mi último acto de rebeldía, mi única noche de absoluta soberanía, iba a ocurrir hoy, en el corazón de Manhattan. Iba a pecar. Iba a buscar al hombre más atractivo de este lugar, me entregaría a él sin preguntar su nombre y borraría esa absurda exigencia del contrato antes de que el maldito jeque pudiera siquiera tocarme.
Me empiné el whisky de un solo trago. El líquido me quemó el esófago, dándome el valor que necesitaba. Me puse de pie y caminé hacia la zona más exclusiva del bar, donde la luz disminuía y los sofás de cuero privado invitaban a los secretos. Mi vestido de seda negro, corto y de tirantes finos, se amoldaba a mis curvas como una segunda piel. Sabía que me veía hermosa; el espejo del baño me lo había confirmado minutos antes. Mis ojos oscuros brillaban con la adrenalina del peligro y mi cabello caía en ondas salvajes sobre mis hombros.
Caminé despacio, dejando que mis tacones de aguja marcaran un ritmo lento sobre la alfombra. Pasé de largo a tres hombres de trajes caros que intentaron llamarme la atención con sonrisas ensayadas. Ninguno servía. Buscaba algo salvaje, algo que me hiciera olvidar el peso del mundo por unas horas.
Y entonces, lo vi.
Estaba sentado al fondo, en la penumbra de un reservado VIP. No llevaba corbata; los dos primeros botones de su camisa blanca de lino estaban desabrochados, revelando el inicio de un pecho bronceado y firme. Su saco oscuro descansaba a un lado. Tenía una mandíbula afilada, perfectamente sombreada por una barba de tres días, y unas manos grandes que sostenían un vaso de ámbar con una elegancia letal.
Pero lo que me detuvo en seco, lo que hizo que el aire se me congelara en los pulmones, fueron sus ojos.
Eran de un color magnético, una mezcla salvaje de ámbar y verde oscuro que parecía brillar en la oscuridad del bar. Cuando sus pupilas se fijaron en las mías, sentí una descarga eléctrica recorrer mi columna vertebral. No me miró como lo hacían los demás hombres. No me escaneó con cortesía.
Él me devoró con la vista. Su mirada bajó por mi cuello, delineó la curva de mi pecho bajo la seda negra, descendió por mis caderas y regresó a mis labios con una posesividad tan física que me obligó a humedecerlos con la lengua. El calor en mi vientre se encendió al instante, un fuego líquido y desconocido que me nubló el juicio.
Aquello no era solo atracción; era una emboscada química. Sus ojos me dictaban una orden silenciosa y, por primera vez en mi vida, mi cuerpo no quería desobedecer.
Sostuve su mirada, desafiante, ignorando el temblor de mis manos. Vi cómo la comisura de sus labios se elevaba en una sonrisa gélida, calculadora y peligrosamente sexy. Enderezó su espalda imponente, invitándome a acercarme, como un depredador que observa a su presa caminar voluntariamente hacia la red.
Mañana sería la esposa cautiva de un jeque al que odiaba. Pero esta noche, bajo el cielo de Nueva York, me perdería en el infierno de esos ojos magnéticos. Di el primer paso hacia su mesa, sintiendo el corazón latirme en los oídos, dispuesta a romper todas las reglas.
Cada paso que daba hacia su mesa se sentía como una renuncia voluntaria a mi cordura. El bar a mi alrededor pareció desvanecerse; la música de jazz ambiental, el tintineo de las copas de cristal y el murmullo de las conversaciones de la élite neoyorquina se convirtieron en un zumbido sordo. Solo quedábamos él, yo y la insoportable gravedad que me arrastraba hacia su espacio.
Él no se movió. Permaneció apoyado contra el respaldo de cuero oscuro, observando mi avance con la fría paciencia de un monarca que sabe que lo que desea terminará llegando a sus manos. Sus ojos ámbar, encendidos por los reflejos de las lámparas de bronce, no parpadearon ni una sola vez. Cuando me detuve a un par de pasos de su mesa, la diferencia de altura, incluso conmigo llevando tacones de diez centímetros, se hizo evidente. Era enorme. Un muro de hombros anchos y masculinidad cruda envuelto en un traje a medida que gritaba riqueza y poder.