Luego de morir, reencarna en el cuerpo de la villana de un juego. Decidida a no morir, se va de vacaciones con su fortuna. Pero su paz es interrumpida con la llegada de un huevo de dragón.
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Capitulo 11
El silencio en las habitaciones imperiales solo se veía interrumpido por el crujido suave de la chimenea.
Sentada en el borde de la enorme cama, Vivienne observaba de reojo a Gariel, quien permanecía de pie junto a la cuna, inmóvil como una estatua.
El Emperador de los Dragones, el mismo ser que infundía terror en las fronteras, parecía indefenso frente a una criatura que apenas alcanzaba el tamaño de su antebrazo; tenía los hombros tensos, las alas ligeramente encogidas y una expresión de profunda frustración.
—Si sigues mirándolo así, vas a terminar despertándolo —comentó Vivienne, recostando la cabeza contra los cojines con desinterés fingido.
Gariel soltó un suspiro pesado que hizo vibrar el aire de la habitación, desviando la vista hacia sus propias manos llenas de cicatrices.
—Es demasiado pequeño, Vivienne —dijo él, y su voz, usualmente firme, sonó apagada—. Mis manos están hechas para la guerra, no para esto; un solo descuido de mi parte, y podría romperlo. Su madre lo quería como un arma y el consejo como un símbolo, pero yo solo veo a un niño que tiembla si me acerco.
La ex-villana se incorporó despacio y caminó descalza hacia él. Se detuvo justo a su lado, obligándolo a mirarla de frente; la diferencia de altura era evidente, pero la firmeza en los ojos de ella borraba cualquier distancia.
—Ren no se va a romper, Gariel.
Le aseguró, extendiendo las manos hacia la cuna para tomar al pequeño con naturalidad.
—Es un dragón, tiene tu sangre. Lo que pasa es que siente tu miedo; los niños huelen la duda, y tú estás rígido como un poste.
Con un movimiento suave, acomodó al bebé contra su pecho, ganándose un pequeño quejido adormilado de Ren, quien buscó su calor antes de volver a dormirse. Vivienne miró a Gariel de reojo y, sin pedir permiso, tomó las manos del hombre, guiándolas hacia el cuerpo del niño; el emperador se tensó al sentir el contacto, pero ella mantuvo el agarre con suavidad.
—Pon tu mano izquierda aquí, sosteniendo su espalda, deja que él busque tu apoyo; la derecha va debajo de su cabeza —iba dictando ella, modulando su tono de voz para que sonara pausado—. No uses la fuerza, Gariel, usa tu calor. Él necesita saber que eres una barrera contra el frío, no una amenaza.
El soberano contuvo el aliento cuando Vivienne retiró sus brazos, dejando el peso completo del niño sobre él, por unos segundos, Gariel pareció olvidar cómo respirar, manteniendo los ojos fijos en el pequeño Ren, cuyo cabello plateado se mezclaba con la bata oscura del emperador.
—Está respirando muy rápido —susurró Gariel, sin atreverse a mover un solo músculo.
—Está soñando —respondió Vivienne, apoyándose contra la columna de la cama—. Cuando se queje, no lo sacudas; solo tararea algo bajo, los sonidos graves los calman porque les recuerda el retumbar del nido. Inténtalo.
Gariel cerró los ojos y dejó salir un murmullo profundo de su garganta, una vibración baja que parecía venir desde el fondo de su pecho. Al cabo de unos instantes, el llanto incipiente de Ren se detuvo, el pequeño soltó un suspiro relajado y estiró una de sus manitas, tocando la barbilla del emperador con confianza ciega.
Una sonrisa genuina apareció en los labios del monarca, transformando por completo sus facciones duras en algo mucho más cálido.
Vivienne lo observó en silencio, sintiendo un vuelco extraño en el estómago al ver al temido gobernante derretirse ante su hijo; no era el orgullo de un rey lo que veía, sino el alivio puro de un padre.
—Lo estás haciendo bien —admitió ella, bajando la voz mientras compartían una mirada que se prolongó más de lo necesario, cargada de una complicidad silenciosa—. No necesitas saber de estrategias militares para esto, solo tienes que estar aquí.
—Gracias, Vivienne —dijo él, mirándola con una intensidad que hizo que la ex-villana tuviera que desviar la vista—. Nunca pensé que una humana me enseñaría el verdadero significado de cuidar a mi hijo.
—No te acostumbres, que estaré aquí por tiempo limitado—replicó ella, recuperando su tono aburrido.
Aunque la suavidad en sus gestos la delataba mientras regresaba a la cama, dejando que padre e hijo terminaran de entenderse.
felicidades y disfruta del don que tenes, imaginar y escribir con esas palabras es grandioso, solo 3 escritoras me pude. haver vivir todo con su escritura, y una de ella sos vos, disfruta de esto y gracias por compartirlo 🥰
Gracias por compartir tan maravillosa historia💕