Annia es una joven que pasó toda su vida atrapada entre el dolor, el abandono y el maltrato de la persona que debía protegerla: su propia madre.
Todo cambia poco antes de cumplir dieciocho años, cuando, al borde de la muerte, descubre una verdad capaz de transformar por completo su destino. No solo pertenece a una de las familias más poderosas e influyentes de Rusia, sino que también está destinada a formar parte de un mundo mucho más grande, oscuro y peligroso de lo que jamás imaginó.
Ahora deberá enfrentarse a secretos, traiciones y enemigos ocultos, mientras descubre quién es realmente y cuál es el precio de llevar el apellido que corre por sus venas.
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II
Annia
Los meses transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos, y el embarazo de mi madre ya había llegado al octavo mes. Sin embargo, mientras su vientre crecía, también lo hacía su mal humor. Sus malos tratos eran cada vez más constantes y cualquier cosa que le pareciera mal terminaba desquitándola conmigo.
Dean tampoco estaba de mejor humor. A medida que el embarazo avanzaba, ningún hombre quería acostarse con ella, y él no perdía la oportunidad de recordárselo.
—Eres un estorbo.
Aquellas palabras se repetían casi a diario.
Más de una vez le dijo que, si no le había sacado al bebé del vientre a golpes, era únicamente porque ya tenía planes para él.
Aquello me inquietaba profundamente.
¿Qué pensaba hacer con ese bebé?
Nunca me atreví a preguntarlo. Bastante descargaba ya su frustración sobre mí por las deudas de juego que se acumulaban y porque nunca tenía dinero suficiente para sus "medicinas".
El embarazo fue la única época en la que vi a mi madre completamente limpia. En un par de ocasiones intentó beber y fumar a escondidas, pero Dean la descubrió. Le cruzó el rostro de una bofetada tan fuerte que la hizo caer al suelo y luego la amenazó.
—Si algo le pasa al niño que llevas dentro, vas a desear no haber nacido.
Por primera y única vez en mi vida agradecí que Dean estuviera allí. Gracias a ese miedo, mi madre, aunque fuera obligada, cuidó un poco más de su embarazo.
Aquel pequeño ser que crecía en su vientre no tenía la culpa de nada.
Yo también hacía cuanto podía por protegerlo.
Intentaba que ella comiera mejor y tomara las vitaminas prenatales que conseguía con mucho esfuerzo. Como siempre se negaba, terminaba triturándolas y mezclándolas con la comida para que las consumiera sin darse cuenta.
Durante sus momentos de frustración repetía una frase que nunca logré comprender.
—Por tercera vez llevo un Pomekha en mi vientre.
Después añadía, con un odio que me helaba la sangre:
—Si lo perdiera sería un alivio. Si no fuera porque otra vez alguien me obligó a llevar este embarazo hasta el final, hace mucho me habría deshecho de él como fuera. Lo único que me consuela es que esta vez no será de Mikhail. Ya no volveré a ver esa mirada de hielo reflejada en otro hijo.
Yo no entendía.
¿Por qué decía "por tercera vez"?
¿Había estado embarazada antes de mí? ¿O después de mi nacimiento perdió otro bebé?
Las preguntas se acumulaban en mi cabeza, pero hacía mucho había aprendido que, en esa casa, preguntar era un lujo que se pagaba con golpes.
Así que guardé silencio.
Un día regresé del restaurante donde trabajaba. Gracias a Dios, era uno de los pocos lugares que no pedía documentos para comprobar la edad. El horario era agotador y el sueldo apenas alcanzaba, pero era suficiente para pagar mis estudios de Sistemas, una de las pocas cosas que realmente amaba.
Una vez por semana me permitía un pequeño lujo.
Pasaba dos horas en un cibercafé cercano.
Durante ese tiempo el mundo desaparecía.
Programaba, encriptaba y desencriptaba sistemas complejos con una facilidad que incluso a mí me sorprendía. En la escuela siempre decían que era un cerebrito. Nunca tenía tiempo para estudiar y, aun así, obtenía las mejores calificaciones.
Mi sueño era convertirme en programadora.
Cuando cumpliera dieciocho años me marcharía de aquella casa para siempre.
Trabajaría, me valdría por mí misma... y también me llevaría al bebé.
No permitiría que creciera viviendo el mismo infierno que yo había soportado durante tantos años.
Solo debía resistir unos meses más.
Para entonces terminaría el instituto en línea, cumpliría dieciocho años y el bebé ya habría nacido.
Todo parecía encajar a la perfección.
Con ese pensamiento rondando mi cabeza y el cansancio pesando sobre mis hombros, llegué a casa.
Cuando estaba a punto de abrir la puerta, escuché un grito desgarrador.
Era mi madre.
Abrí de golpe.
La escena que encontré me dejó sin respiración.
La casa era un completo desastre. Aunque nunca había sido un lugar ordenado, aquella vez era diferente.
Los pocos muebles que teníamos estaban destrozados.
El viejo televisor yacía partido en el suelo, lanzando pequeñas chispas.
Mi madre estaba tendida sobre un enorme charco de sangre.
A pocos metros de ella, Dean permanecía inmóvil.
Tenía los ojos abiertos, el rostro completamente pálido y un disparo limpio entre las cejas.
Estaba muerto.
Me quedé paralizada.
Un nuevo grito de mi madre me arrancó del shock.
Corrí hasta ella.
Llevaba puesto un pantalón corto, viejo y desgastado, completamente empapado de sangre. Se sujetaba el vientre mientras gritaba de dolor.
—¿Qué pasó? —pregunté, desesperada.
Entre jadeos respondió:
—Fue Scott... Dean le debía mucho dinero al Lobo... Ya no quiso esperar más... Como no tenía con qué pagar... le disparó...
Un nuevo alarido desgarró la habitación.
—¡Ayúdame!... ¡Este crío va a nacer ahora!
El pánico me invadió.
Como pude, la ayudé a ponerse de pie. Yo apenas tenía fuerzas; los años de hambre habían dejado mi cuerpo delgado y débil.
Aun así conseguí llevarla hasta la cama.
La ayudé a quitarse el pantalón.
En ese instante una enorme cantidad de líquido cayó entre sus piernas.
Su grito fue aún más fuerte.
Yo no sabía qué hacer.
Temblaba de pies a cabeza.
Entonces mi madre, respirando con dificultad, habló.
—Ponte entre mis piernas... y recibe al crío.
Obedecí sin pensar.
Vi aparecer una pequeña cabeza.
Luego los hombros.
Un último esfuerzo...
Y, de pronto, aquel pequeño cuerpo resbaló hasta quedar entre mis manos.
Era tan diminuto...
Tan frágil...
Tan perfecto.
Un fuerte llanto inundó la habitación.
—Es... es un niño... —susurré con la voz quebrada.
Lo observé unos segundos antes de mirar a mi madre.
Ella apenas respiraba.
Con el poco aliento que le quedaba, murmuró:
—En ese cajón... hay una navaja... corta el cordón... y átalo con una liga... del lado del niño...
Hice exactamente lo que me indicó.
Después envolví al bebé con una pequeña toalla que encontré cerca de la cama y lo abracé con toda la delicadeza que fui capaz.
—Hola, pequeño... —susurré con una sonrisa temblorosa.
Me acerqué para ponerlo en brazos de mi madre.
Pero ella ya no reaccionó.
Su piel estaba tan pálida como la nieve.
Su respiración era apenas un suspiro.
La vida abandonaba lentamente sus ojos.
Los vi apagarse frente a mí.
Y cuando sus párpados se cerraron para siempre...
Comprendí que acababa de verla morir.