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La Puerta Del Quebranto

La Puerta Del Quebranto

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror / Casos sin resolver
Popularitas:142
Nilai: 5
nombre de autor: Gil Carcamo

Sinopsis

Hay dolores que sanan con el tiempo.

Y hay otros que abren puertas.

En el Japón actual, una serie de desapariciones y muertes inexplicables tiene un inquietante punto en común: todas las víctimas atravesaban un profundo sufrimiento antes de que el horror comenzara.

Cuando una joven, devastada por una ruptura amorosa, empieza a experimentar sucesos imposibles, el investigador Gabriel Salazar descubre que una antigua entidad demoníaca intenta apoderarse de su cuerpo. Pero salvarla no será suficiente. Detrás de esa posesión se oculta un plan mucho más oscuro, capaz de cambiar para siempre el mundo de los vivos.

Porque los demonios no derriban puertas...

Esperan a que alguien las abra.

NovelToon tiene autorización de Gil Carcamo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capítulo 7

El hombre del paraguas negro

Gabriel permaneció inmóvil frente a la pared.

La frase seguía allí.

"Ningún Guardián muere cuando cree hacerlo."

No importaba cuántas veces la leyera.

No encontraba una explicación lógica.

El anciano Hayato Mori había muerto.

Él mismo había sostenido su mano durante los últimos minutos de vida.

Había sentido cómo el pulso desaparecía.

Había cerrado sus ojos.

Entonces...

¿Quién había escrito su nombre?

Valeria rompió el silencio.

—Tenemos que salir.

Gabriel asintió lentamente.

—Sí.

Ya vimos demasiado por hoy.

Retrocedieron sin apartar la vista de la habitación.

En cuanto cruzaron el umbral, la puerta negra se cerró sola.

El pasillo desapareció.

Frente a ellos volvió a estar la pared del santuario.

Como si aquella habitación jamás hubiera existido.

Valeria respiró agitadamente.

—Dime que tú también lo viste.

—Lo vi.

—Entonces no estoy perdiendo la cabeza.

Gabriel tardó unos segundos en responder.

—No.

Y eso me preocupa más.

Cuando abandonaron el templo, el cielo comenzaba a aclararse.

La lluvia había cesado.

El bosque parecía completamente normal.

Demasiado normal.

Como si hubiera decidido ocultar todo lo ocurrido unas horas antes.

Gabriel condujo en silencio durante gran parte del camino.

Necesitaba pensar.

Cada nueva pista destruía una de las certezas que había construido durante años.

El expediente.

Los cuadernos.

La habitación.

Los nombres.

Nada encajaba.

Entonces lo vio.

Por el espejo retrovisor.

Un hombre caminaba por el borde de la carretera.

Vestía un largo abrigo negro.

Sostenía un paraguas abierto, aunque ya no llovía.

Su rostro permanecía oculto.

Gabriel disminuyó la velocidad.

El hombre no levantó la cabeza.

Simplemente seguía caminando.

Paso tras paso.

Sin prisa.

Sin detenerse.

Lo extraño era que estaban en medio de la montaña.

No había pueblos.

No había casas.

No había ninguna razón para que alguien caminara solo por aquella carretera.

Gabriel continuó avanzando.

Al pasar junto a él giró apenas la cabeza.

Durante una fracción de segundo pudo verle el rostro.

No tenía ojos.

Solo dos cavidades completamente oscuras.

Gabriel pisó el freno.

El automóvil se detuvo bruscamente.

Valeria dio un pequeño grito.

—¿Qué pasó?

Él miró por el espejo.

El hombre ya no estaba.

Bajó del vehículo.

La carretera permanecía vacía.

Ni huellas.

Ni pasos.

Nada.

Volvió a subir sin decir una palabra.

No quería preocupar más a Valeria.

Pero sabía perfectamente lo que acababa de ver.

Y jamás había leído sobre una aparición semejante.

Horas después llegaron nuevamente a Tokio.

Gabriel dejó a Valeria en un pequeño hotel que pertenecía a un viejo amigo suyo.

Era un lugar discreto.

Sin registros públicos.

Ideal para mantenerla fuera del radar.

Antes de marcharse le entregó un pequeño amuleto envuelto en tela blanca.

—No te lo quites por ningún motivo.

Ella lo observó.

Era una sencilla pieza de madera con un símbolo grabado.

—¿Funciona de verdad?

Gabriel respondió con honestidad.

—No lo sé.

Pero quien me lo dio murió creyendo que sí.

Valeria sonrió por primera vez desde que todo había comenzado.

Una sonrisa cansada.

Casi rota.

—Gracias...

Gabriel hizo un leve gesto con la cabeza y salió del hotel.

No notó que, desde la ventana del tercer piso, Valeria seguía observándolo.

Ni que, justo detrás de ella, el reflejo del espejo mostraba a alguien más dentro de la habitación.

Un hombre alto.

Vestido con un abrigo negro.

Sosteniendo un paraguas abierto.

Pero cuando Valeria se giró...

No había nadie.

Esa misma noche, Gabriel regresó a su despacho.

Encontró la puerta abierta.

No recordaba haberla dejado así.

Entró con cautela.

Todo estaba exactamente donde lo había dejado.

Excepto una carpeta.

Descansaba sobre el escritorio.

Era vieja.

Más vieja incluso que el Expediente 1908.

No tenía fecha.

Solo un título escrito a mano.

"Proyecto Umbral."

Gabriel sintió un escalofrío.

Nunca había escuchado ese nombre.

Abrió lentamente la carpeta.

La primera página contenía una fotografía en blanco y negro.

En ella aparecían seis personas frente al Santuario Kage no Miya.

Cinco de ellas estaban tachadas con tinta negra.

Solo una permanecía intacta.

Un hombre joven.

De pie, al centro del grupo.

Gabriel acercó la fotografía a la luz.

La respiración se le cortó.

Aquel hombre...

Era idéntico a él.

Pero la imagen había sido tomada en 1947.

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