Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
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CAPÍTULO 14: LA FUERZA QUE NADIE VIO
El reloj de los cuarenta y ocho horas corría ya sin detenerse, imparable, y con él caminaban bajo el mismo cielo gris y pesado dos realidades completamente distintas, que solo se tocaban en el hecho de compartir el mismo aire, el mismo frío y el mismo suelo maldito. Para Álex, Leo, Bruno y Mia, cada tic tac que pasaba era un segundo menos para volver a casa, cada paso que daban ya sabía a libertad, cada respiración profunda olía ya a la vida que habían dejado atrás y que creían haber recuperado para siempre. Para mí, cada segundo era un número más que se sumaba a la cuenta regresiva hacia la trampa, cada crujido en la selva era una amenaza que aún no se había revelado del todo, y cada sonrisa, cada abrazo, cada lágrima de alivio que brotaba de ellos era un peso más que se clavaba en mi pecho por guardarme callado toda la verdad, por no tener el valor de romperles la única felicidad verdadera que habían conocido en veintidós días de infierno.
Amanecimos con una llovizna fina, fría y pegajosa que calaba la ropa hasta la piel en pocos minutos, y que borraba poco a poco las huellas que habíamos dejado el día anterior sobre la tierra y las piedras. Desde que salió el sol pálido y difuso entre las nubes bajas, nadie habló de otra cosa que no fuera el momento en que verían aparecer los helicópteros por encima del horizonte del mar. Prepararon con mucho cuidado sus mochilas rotas y desgastadas, doblaron una por una las pocas prendas de ropa seca que nos quedaban, limpiaron con trapos húmedos los moretones y cortes que cubrían casi toda su piel, ordenaron y reordenaron las provisiones que nos quedaban, incluso cantaron bajito, casi en susurros, canciones del instituto que hacía semanas no recordábamos ni siquiera la melodía, como si el simple hecho de nombrar la vida de antes pudiera acelerar su llegada y hacer que todo aquello terminara de una buena vez por todas.
Yo caminaba entre ellos callado como siempre, ayudando en todo lo que me pedían, levantando peso, atando cuerdas, revisando estructuras, sonriendo lo justo y necesario para que nadie sospechara nada, mientras por dentro mi mente no descansaba ni un solo instante, ni siquiera cuando parábamos a beber un trago de agua o a comer un puñado de frutos secos. Trazaba una tras otra rutas alternativas de huida por si la emboscada estallaba antes de lo previsto, medía distancias de seguridad entre árboles, rocas y desniveles, revisaba mentalmente cada punto ciego del terreno, calculaba ángulos de visión, fuerzas de impacto, tiempos de reacción, probabilidades de fallo y de éxito. Por fuera seguía siendo tan solo el chico callado, distraído y un poco raro que siempre se quedaba mirando al vacío; por dentro, ya había planeado al menos siete formas distintas de sacarnos vivos a los cinco de lo que se venía encima, incluso si todo salía de la peor manera posible. Sabía que no podía fallar. Porque si yo fallaba, nadie más lo vería venir. Nadie más entendía lo que realmente estaba pasando.
Hacia el mediodía, cuando el sol ya estaba más alto y la llovizna se había transformado en una humedad espesa que pesaba en el pecho, volvimos a entrar en el edificio principal de comunicaciones, el mismo donde habíamos encontrado la radio el día anterior, con la intención de reforzar los soportes del techo y las vigas maestras, muy dañadas por explosiones antiguas, el paso de décadas y la fuerza incesante de la selva que se lo quería tragar todo de nuevo. Allí estábamos los cinco, cada uno en su puesto, moviéndonos con cuidado entre cascotes, cables pelados y restos de mobiliario hecho añicos: yo sostenía con fuerza un extremo de una viga secundaria para alinearla con el perno, Leo y Álex empujaban por el otro lado jadeando por el esfuerzo, Bruno andaba de un lado a otro con una llave inglesa vieja y oxidada revisando cada anclaje y cada unión de acero, y Mia estaba de rodillas en el suelo, un poco más alejada y de espaldas por completo a la estructura alta del centro, guardando con muchísimo cuidado lo poco que nos quedaba de medicinas, gasas, alcohol y curitas dentro del botiquín de emergencia que habíamos rescatado de la enfermería en ruinas.
El viento afuera pegó de golpe con una fuerza inusual, haciendo rechinar toda la construcción de acero y hormigón desde los cimientos mismos, y las hojas secas y el polvo entraron volando por todas las ventanas rotas a la vez. Fue en ese preciso instante cuando se oyó un crujido metálico largo, desgarrador, agudo y helado, que corrió por toda la armazón y entró directo a los huesos como si el propio edificio estuviera gritando de dolor. Levanté la vista de inmediato, y en cuanto mis ojos tocaron lo que pasaba allá arriba, el mundo entero pareció ralentizarse hasta casi detenerse por completo, cada movimiento pasaba despacio, muy despacio, como si estuviéramos dentro de agua muy espesa. Allí en lo alto, soltada de golpe y sin aviso de la viga maestra que la había sostenido en su sitio durante más de veinte años, caía vertical y ganando velocidad cada centímetro una pieza enorme de acero reforzado recubierta de hormigón, de más de doscientos cincuenta kilos de peso, perfectamente alineada, recta como una flecha, dirigida sin desvío alguno justo encima del lugar exacto donde Mia seguía arrodillada, sin darse cuenta de absolutamente nada, sin saber que la muerte ya estaba a centímetros de ella.
—¡MIA, SALTE DE AHÍ YA, CORRE! —gritamos los cuatro al unísono, con la voz desgarrada por el pánico más puro y absoluto que habíamos sentido jamás.
Pero era demasiado tarde. Demasiado tarde para correr, demasiado tarde para empujarla, demasiado tarde para agarrarla y tirar de ella con fuerza, demasiado tarde para absolutamente cualquier cosa que un ser humano pudiera hacer con su cuerpo. La masa pesada y fría estaba ya a menos de medio metro de su cabeza, la sombra la cubría entera, y el aire que empujaba al caer ya le movía el cabello. En esa fracción diminuta de segundo, todo quedó ordenado y nítido en mi mente como si estuviera escrito con letras grandes y brillantes: peso exacto, velocidad de caída, ángulo perfecto, punto de impacto, fuerza de destrucción, todo calculado al milímetro por esa mente que funcionaba a una velocidad que yo mismo no terminaba de comprender. Y entonces, sin buscarlo, sin pensarlo conscientemente, sin saber siquiera de dónde salía, sentí de golpe un calor intenso y denso que empezó muy hondo en el pecho, subió rápido y ardiendo por el cuello, se concentró con fuerza en el centro de la frente y salió disparado con poder por las palmas de las manos que extendí hacia adelante por reflejo, como un soplo invisible, pesado y muy real. No di ni un solo paso hacia ella. No la toqué con la punta de los dedos. Nada físico en absoluto.
La viga gigante que venía recta, imparable y pesada como el infierno mismo, cambió de trayectoria de golpe, totalmente sola en pleno aire, se desvió bruscamente hacia la izquierda con un silbido metálico y se estrelló con un estrépito ensordecedor que hizo temblar los cimientos de todo el edificio, a solo cuarenta centímetros de los pies temblorosos de Mia. El polvo gris y blanco salió disparado por todas partes formando una nube espesa que nos cegó varios segundos, cascotes pequeños rodaron con fuerza por todo el suelo de cemento, y el eco metálico del golpe retumbó largo y grave entre las paredes rajadas, mucho tiempo después de que todo hubiera vuelto a quedarse quieto otra vez.
Se instaló entonces en la habitación un silencio absoluto, pesado, helado y denso que se podía tocar con las manos. Todos seguíamos inmóviles, con la respiración cortada y atrapada en la garganta, los ojos muy abiertos como platos, mirando primero el hierro retorcido y el hormigón hecho pedazos incrustado con fuerza en el suelo, luego a ella que seguía de rodillas sin poder moverse, y por último a mí, que aún tenía las manos extendidas hacia adelante y el pecho subiendo y bajando muy rápido y fuerte. Mia estaba pálida como la nieve, temblando de pies a cabeza sin control, sin poder hablar, sin poder ni siquiera llorar todavía; la muerte había pasado rozándola con tanta fuerza que aún podíamos respirar en el aire el olor a metal caliente, polvo quemado y peligro. Álex tenía todavía la mano levantada en el aire a medio grito, Leo se había quedado con el cuerpo inclinado a medio paso de correr hacia ella, y Bruno sostenía la herramienta con los dedos apretados con tanta fuerza que se le habían puesto completamente blancos.
—¿Cómo… cómo diablos hizo eso? —tartamudeó Álex por fin, con la voz aún entrecortada y rota por el susto que se le había metido en el cuerpo—. Iba totalmente directa, iba recta sin ninguna desviación… y de la nada, de golpe cambió sola de dirección. Eso no tiene ninguna explicación lógica. Es imposible.
Me temblaban las manos a escondidas detrás de la espalda para que nadie lo notara, el corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que temí en cualquier momento que lo oyeran los cuatro, y la frente me ardía todavía levemente, como si hubiera estado muchas horas bajo un sol muy fuerte y directo. Acababa de descubrir, sin querer, sin buscarlo, sin entenderlo del todo, que había dentro de mí algo que iba mucho más allá de pensar más rápido o de ver patrones donde los demás solo veían caos. Algo que movía objetos enormes y pesados sin necesidad de tocarlos siquiera. Algo que no tenía nombre, que nadie enseñó, que nadie explicó. Y sin embargo, antes de que pudiera siquiera sopesar qué decir, la mentira salió de mi boca sola, rápida, suave y perfectamente armada, como si siempre hubiera estado lista esperando ese momento:
—Estaba mal anclada desde hacía muchísimos años, el óxido se la había comido casi por completo —dije con la voz lo más neutra, tranquila y normal que fui capaz de sacar, mientras me sacudía el polvo de la ropa con naturalidad como si nada extraordinario ni fuera de lo común hubiera ocurrido ahí delante de todos—. El viento movió toda la estructura entera, hubo vibración, resonancia, ondas que se chocaron… se desvió por pura física. Nada más. Fue suerte. Solo mucha, mucha suerte, y nada más.
Asintieron uno por uno muy lentamente, confundidos, con el miedo todavía clavado muy hondo en los huesos, y aceptaron la explicación sin hacer más preguntas, porque la mente humana suele negarse con todas sus fuerzas a creer aquello que rompe todas sus reglas, aquello que no puede explicar ni encajar en nada de lo que sabe que es real. Solo Leo se quedó mirándome unos segundos más de lo normal, de reojo, sin decir absolutamente nada, sin preguntar nada, como si hubiera visto algo en el brillo de mis ojos o en la forma en que me temblaban los dedos, algo que los demás habían pasado por alto.
Esa noche, cuando el cansancio acumulado y el susto fuerte se llevaron por fin a los cuatro y dormían profundamente muy juntos alrededor del fuego pequeño que habíamos encendido dentro del refugio protegido, yo me quedé despierto mucho tiempo, sentado en el suelo cerca de la entrada, mirando mis propias manos a la luz pálida y plateada de la luna que entraba entre las rendijas de la ventana rota. Entendí entonces algo que me heló la sangre en las venas y me recorrió toda la espalda: esa fuerza, lo que fuera que era, no solo existía de verdad. Aquí, en esta isla, bajo el efecto constante de los campos electromagnéticos alterados que GenEvolution había creado y mantenido durante años a propósito para sus experimentos, esa fuerza crecía. Se hacía más fuerte, más rápida, más intensa y más fácil de sentir cada día que pasábamos ahí. Y no tenía ni la menor idea de hasta dónde podía llegar realmente, ni qué precio tendría usarla del todo, ni qué pasaría el día que ya no pudiera ocultarla más.
Muy lejos, allá en lo más profundo y oscuro de la selva, un rugido largo, grave y lento respondió en la noche, casi como si la bestia más grande y antigua de todas, el T‑Rex Alfa, también hubiera sentido a kilómetros de distancia que algo nuevo, poderoso y desconocido acababa de despertar del todo.
saludos.