Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capitulo 23: El Baile de las Bestias
El Salón de la Sangre hervía con una tensión ponzoñosa. Bajo las inmensas lámparas de cristal de roca y huesos tallados, la alta aristocracia del continente se había reunido luciendo sus mejores galas de terciopelo, oro y encaje negro. Vampiros de sangre pura con siglos de antigüedad y licántropos exiliados de colmillos afilados formaban pequeños círculos, agitando sus copas de vino carmesí mientras los murmullos corrían como el veneno.
La corte entera estaba expectante. Los rumores de que el Rey Hereje había rescatado a una supuesta "Omega débil y desterrada" se habían esparcido como pólvora.
—Es una vergüenza para el linaje del castillo —siseaba Lilith, una influyente condesa vampira de porte altivo, rodeada por un séquito de nobles jóvenes— Valerius debe haber perdido la cabeza si cree que aceptaremos a una simple loba callejera como su igual. Las humanas y las Omegas solo sirven para el entretenimiento de una noche. Al amanecer, el consejo le recordará su lugar.
Los asentimientos burlones y las risas contenidas resonaban en el gran salón. Todos esperaban ver aparecer a una criatura temblorosa, asustada por la opulencia y el poder de las verdaderas bestias de la noche.
Entonces, las inmensas puertas de obsidiana del salón se abrieron de par en par.
—¡Presentando a la Reina Astra, portadora del Lazo de Eclipse! —anunció la voz del heraldo, resonando como un trueno.
El silencio que cayó sobre el Salón de la Sangre fue instantáneo y sepulcral.
Astra hizo su entrada, y cualquier expectativa de debilidad se pulverizó en un microsegundo. Vestía un traje imperial gótico de seda azul medianoche y encaje negro que se ceñía a su silueta con una elegancia letal. El diseño del escote dejaba al descubierto su cuello, donde la marca de nacimiento del eclipse no solo era visible, sino que brillaba con un fulgor místico y plateado, latiendo al ritmo de su poder asentado.
Su caminar era felino, pausado y soberano. No miraba a nadie; su vista estaba fija al fondo del salón. Con cada paso que Astra daba, un aura opresiva, densa y helada comenzó a expandirse por las losas de mármol. Era la energía pura de la Luna Primordial mezclada con la oscuridad del Hereje.
El impacto biológico fue devastador. A medida que Astra avanzaba, la presión mística se volvió tan insoportable que los nobles más jóvenes de la corte, incapaces de resistir la sumisión instintiva ante una deidad viviente, comenzaron a caer de rodillas uno a uno, jadeando por aire mientras bajaban la cabeza.
En el centro del salón, Valerius la esperaba. Al verla caminar con esa majestuosidad salvaje, un orgullo masculino, posesivo y feroz iluminó sus ojos carmesí. Ignorando por completo las etiquetas de la corte, avanzó hacia ella, la tomó de la mano y se inclinó para besar sus nudillos frente a los ojos estupefactos de toda la aristocracia.
Astra desvió la mirada hacia el grupo de detractoras. Lilith, temblando de rabia y con las uñas clavadas en su propia palma, sintió cómo el aura plateada de Astra la envolvía como un lazo invisible en el cuello. Humillada y sin otra opción ante semejante despliegue de poder, Lilith se vio obligada a agachar la cabeza en señal de sumisión, tragándose su propio orgullo. El face-slapping social había sido absoluto.
Minutos después, durante el brindis de honor, los ancianos de la corte —vampiros ancestrales que manejaban la política del reino— intentaron recuperar el control. El Duque Mortis, un anciano de rostro cadavérico y mirada astuta, levantó su copa plateada hacia Astra.
—Un poder impresionante, sin duda, mi señora —dijo Mortis con una sonrisa impregnada de sutil veneno— Pero gobernar un imperio requiere más que una demostración de fuerza. Las alianzas con la corte de sangre son complejas, y tememos que las costumbres... rústicas de las manadas de lobos no estén a la altura de la diplomacia que este castillo exige. ¿Podrá su mente entender los tratados que protegen nuestras fronteras, o dejará que el Rey Hereje hable por usted?
Valerius tensó la mandíbula, listo para arrancarle la lengua al anciano, pero Astra lo detuvo con un leve roce de su mano. Ella no necesitaba que nadie peleara sus batallas escritas.
Astra dio un sorbo a su copa, manteniendo sus ojos de plata sólida fijos en el duque, y respondió con una agudeza política fría y letal:
—Duque Mortis, los tratados de los que habla protegen fronteras que mi Lazo de Eclipse puede borrar en una sola noche. Las costumbres de mi antiguo hogar eran rústicas, es verdad; allí solíamos eliminar a los parásitos que hablaban de más antes de que debilitaran la estructura del poder. Si la aristocracia de este castillo está más preocupada por los modales que por el hecho de que tengo al ejército de cazadores marchando hacia el sur, entonces entiendo por qué han vivido escondidos en las sombras durante siglos. Yo no vine a aprender su diplomacia; vine a asegurar que sobrevivan a la guerra que se avecina.
Las palabras de Astra cortaron el aire como una guillotina. Los ancianos se quedaron mudos, pálidos bajo la luz de las velas. En las esquinas del salón, los generales de la facción militar del castillo sonrieron con salvajismo, golpeando sus copas contra sus armaduras en señal de un respeto inmediato y absoluto. Astra acababa de demostrar que tenía la mente de una estratega y el corazón de una gobernante.
La música de un vals gótico comenzó a inundar el salón, suavizando la tensión reinante. Valerius rodeó la cintura de Astra con su mano enguantada, listo para guiarla a la pista de baile y sellar su victoria social ante la corte.
Sin embargo, antes de que pudieran dar el primer paso, una figura imponente se interpuso directamente en su camino.
Era el Marqués Cassian. Un vampiro puro de linaje real, de cabello rubio platinado y ojos dorados, conocido por ser el rival político más poderoso y peligroso de Valerius dentro del consejo aristocrático. Cassian emanaba un aura de poder antiguo que desafiaba abiertamente la presión del ambiente.
Ignorando por completo la mirada asesina de Valerius y las sombras que comenzaban a erizarse en los hombros del híbrido, Cassian clavó sus ojos dorados en Astra. Su mirada descendió de forma deliberada y descarada por las curvas de su vestido, deteniéndose en el escote y en el brillo de su lazo místico.
Con una elegancia aristocrática impecable, Cassian extendió su mano derecha. Entre sus dedos pálidos sostenía una rosa de sangre, una flor mística cuyos pétalos destilaban gotas de energía vital pura.
Miró fijamente el rostro de Astra, ignorando la existencia del Rey Hereje, y pronunció con una voz cargada de una audacia peligrosa:
—Una belleza tan divina merece un rey que no sea un bastardo. ¿Me concederías este baile, mi Luna?