«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.
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CAPÍTULO 1: El doble cumpleaños
La música vibraba en las paredes de la casona de dos plantas con un retumbo grave que se sentía directo en el pecho. Las luces de neón moradas, azules y rosa fucsia teñían el salón principal de un aura eléctrica, casi irreal. En el patio trasero, junto a la piscina iluminada desde el fondo, decenas de jóvenes reían, bebían y bailaban en grupos bajo la tibia noche de verano.
Era la fiesta del año, y no era para menos: Mía del Campo y Joaquín Benavídez cumplían diecinueve años. Nacidos el mismo día, con apenas unas horas de diferencia y criados como vecinos puerta con puerta, sus vidas habían estado entrelazadas desde que tenían uso de razón. Sus madres, mejores amigas de toda la vida, solían bromear con que habían planificado los embarazos juntas, y la tradición de celebrar sus cumpleaños en una única fiesta multitudinaria era una ley no escrita que nadie osaba romper.
En el centro del salón, sobre una tarima improvisada junto al puesto del DJ, Mía bailaba con una copa de champán en la mano y una sonrisa radiante que contagiaba a cualquiera. Tenía un carácter indomable, una lengua rápida para los chistes y una belleza despampanante que no pasaba desapercibida para nadie. Llevaba un vestido ajustado de tirantes en tono rojo pasión que abrazaba cada una de sus curvas pronunciadas —esas curvas de infarto que traían de cabeza a más de un pretendiente de la facultad— y su melena castaña con destellos dorados caía en ondas desenfadadas sobre sus hombros.
—¡A ver esa copa arriba, cumpleañera! —gritó Joaquín, apareciendo a su lado con dos vasos de plástico azul. Llevaba la camisa medio desabotonada y la misma mirada traviesa con la que, a los ocho años, la había convencido de tirar huevos a los coches del vecindario.
—¡Salud por los diecinueve, Juaco! —respondió Mía riendo, haciendo chocar su copa con el vaso de su mejor amigo—. Aunque tengo que decirte que la decoración con neón fue idea mía y te quedó increíble gracias a mi supervisión.
—Por favor, Mía, si tú casi dejas sin luz a media manzana intentando conectar los focos de la piscina —se burló Joaquín antes de darle un trago largo a su bebida—. Por cierto, ¿viste la cantidad de gente que vino? Hasta los de tercer año de Derecho están ahí fuera.
—Claro que los vi —Mía paseó la mirada por la multitud con aire despreocupado, aunque en el fondo su atención no estaba en los chicos de la facultad—. Pero tú sabes perfectamente que a mí la masa no me interesa. Yo solo estoy esperando a un invitado en particular.
Joaquín puso los ojos en blanco y soltó una carcajada dramática.
—No me digas más. Leónidas. Mía, de verdad, eres insaciable. Es mi hermano mayor, tiene treinta años, vive metido en trajes de tres piezas, firma contratos millonarios y tiene cara de no haber sonreído desde 2012. ¿En serio sigues obstinada con él?
Mía sonrió con malicia, inclinándose hacia Joaquín para hablarle al oído por encima del volumen de la música.
—No es una obstinación, Juaco, es un objetivo de vida. Y esta noche, en nuestro cumpleaños número diecinueve, le va a quedar impecablemente claro que ya no soy la niña que le escondía los zapatos cuando tenía diez años. Tengo diecinueve, curvas bien puestas y una paciencia que se me está acabando. Leónidas Benavídez va a caer, te lo firmo donde quieras.
—Estás completamente loca. Leónidas te ve como a una hermana pequeña... o peor, como a un torbellino destructivo que entra a su casa y deja todo patas arriba.
—Eso es lo que él cree que piensa —corrigió Mía guiñándole un ojo—. Pero hoy me puse el vestido rojo. Vamos a ver cuánto le dura la coraza de hombre serio.
Apenas terminó de pronunciar esas palabras, la gran puerta doble de la entrada principal se abrió. A pesar del bullicio, el murmullo de la música y las risas de la gente, Mía sintió un escalofrío inmediato que le recorrió la espalda. No necesitó mirar dos veces para saber quién acababa de entrar.
Leónidas Benavídez.
A sus treinta años, el hermano mayor de Joaquín imponía respeto solo con poner un pie en cualquier habitación. Alto, de hombros anchos, mandíbula marcada y ojos oscuros como una noche sin luna, exudaba un aura de autoridad natural y elegancia madura. A diferencia de los chicos de la facultad que vestían camisetas informales y zapatillas, Leónidas vestía pantalones de vestir oscuros y una camisa blanca de manga larga con los primeros botones desabrochados y las mangas dobladas hasta los antebrazos, dejando al descubierto unos brazos firmes y marcados por el entrenamiento constante.
Se notaba a leguas que venía directo del trabajo o de supervisar alguna de las operaciones de la firma de arquitectura y construcción que dirigía junto a sus socios. Leónidas recorrió el lugar con la mirada, entrecerrando los ojos ante el volumen de la música y el exceso de luces. Su gesto era austero, distante, casi de pocos amigos... pero endiabladamente atractivo.
—Hablando del rey de Roma... —murmuró Joaquín, dándole un codazo a Mía—. Ahí tienes a tu objetivo. Llega con cara de ir a clausurar la fiesta.
—Que lo intente —dijo Mía, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba en el pecho—. Mírame bien, Juaco. Llegó la hora del ataque.
Mía bajó de la tarima con gracia provocativa, acomodándose el vestido rojo con un movimiento fluido que realzó su busto y la curva de sus caderas. Caminó entre la gente con la cabeza en alto, manteniendo sus ojos fijos en Leónidas, quien en ese preciso instante giró la cabeza y la descubrió avanzando hacia él.
Leónidas se congeló en su sitio.
Durante una fracción de segundo, la máscara de frialdad y autocontrol de Leónidas pareció tambalearse. Sus ojos oscuros recorrieron la figura de Mía de arriba abajo, deteniéndose apenas un instante en el escote pronunciado, en la cintura pequeña y en las piernas estilizadas que la tela roja dejaba al descubierto. Mía notó claramente cómo la manzana de Adam de Leónidas bajaba y subía al tragar saliva, y cómo sus cejas pobladas se fruncían ligeramente en un intento desesperado por disimular el impacto.
—Hola, Leónidas —saludó Mía al llegar frente a él, deteniéndose a una distancia tan corta que él podía oler perfectamente su perfume de vainilla dulce y jazmín.
Leónidas recuperó la compostura al instante, aunque su voz sonó un poco más rasposa de lo habitual.
—Mía. Feliz cumpleaños.
—Gracias —respondió ella, inclinándose hacia adelante para darle un beso en la mejilla. Al hacerlo, rozó deliberadamente sus labios contra su piel caliente, sintiendo la textura suave pero firme de su barba de dos días, y dejando correr su mano con delicadeza sobre el hombro ancho de él antes de alejarse despacio—. Pensé que no ibas a venir a supervisar el área.
Leónidas cruzó los brazos sobre el pecho, un gesto defensivo que Mía conocía demasiado bien.
—Alguien tiene que asegurarse de que Joaquín no incendie la casa de los papás de ambos. Prometí a mamá que vendría a echar un vistazo media hora antes de irme a descansar.
—¿Solo media hora? Qué aburrido eres, Leónidas —Mía ladeó la cabeza, mirándolo de abajo arriba con una sonrisa juguetona e insolente—. La fiesta recién empieza. Deberías tomarte algo, relajarte un poco... o tal vez bailar conmigo.
Leónidas la miró intensamente, manteniendo la firmeza en su rostro, aunque una pequeña vena se marcaba en su cuello.
—No vine a bailar, Mía. Y tú deberías estar divirtiéndote con los chicos de tu edad, no perdiendo el tiempo conmigo.
Mía dio un paso más hacia él, rompiendo la distancia de seguridad. Se puso de puntillas y se acercó a su oído, asegurándose de que el calor de su aliento le rozara la lóbulo de la oreja.
—Los chicos de mi edad son unos niños, Leónidas. Y a mí... me gustan los hombres de verdad. Especialmente los que tienen treinta años y se hacen los duros cuando por dentro se están quemando.
Leónidas se tensó por completo, y por un segundo sus ojos oscuros chispearon con una llamarada de deseo puro e innegable. Su mano derecha se movió por instinto hacia la cintura de Mía como si fuera a sujetarla con fuerza, pero se detuvo a milímetros de su piel, recordando en qué lugar estaban y quiénes rodeaban la sala.
—Mía, estás jugando con fuego —murmuró él con voz muy baja, seria y cargada de una amenaza sutil que a ella solo le provocó un cosquilleo de emoción en el vientre.
—A mí me encanta el fuego, Leónidas —respondió ella con una sonrisa radiante y picante antes de dar un paso atrás—. Apenas son diecinueve años. Prepárate, porque esta noche recién empieza.
Mía le guiñó un ojo, le dio una última mirada llena de intención y se dio la vuelta para regresar a la pista con Joaquín, dejando a Leónidas Benavídez parado en el medio del salón, con los puños apretados, la respiración agitada y la mirada clavada en la curva de sus caderas al caminar.
La batalla había comenzado, y ninguno de los dos iba a salir ileso.