Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 7
El silencio en el foso se volvió denso, sofocante. Nadie en la galería superior se atrevía a respirar.
El enorme lobo gris, una criatura criada exclusivamente para la guerra y la caza de intrusos, mantenía el hocico pegado a las piedras frías. Sus orejas estaban echadas hacia atrás y un leve gimoteo salía de su garganta cada vez que Alana se movía un milímetro. La bestia no solo se había detenido; estaba rindiendo pleitesía a una humana sin aroma a manada.
Desde lo alto del balcón, los guardias intercambiaron miradas de pánico absoluto. Un murmurar frenético comenzó a extenderse entre las filas de los soldados, mientras el capitán apretaba la empuñadura de su espada con los nudillos blancos.
—¡Es brujería! —gritó un guardia desde la barandilla, apuntando hacia abajo con una ballesta cargada—. ¡Ha encantado a la fiera! ¡Permítame disparar, Majestad!
—¡Apunten! —ordenó el comandante, con la voz quebrada por la tensión—. ¡No dejen que esa mujer se mueva!
Alana, tendida en la tierra y con los faldones de su pesado vestido negro empolvados, alzó la cabeza despacio. Miró al lobo gigante que yacía sumiso a sus pies y luego subió la vista hacia las alturas, donde decenas de puntas de flecha de hierro y plata la apuntaban directamente al pecho. El terror le congeló la sangre, pero la confusión era aún mayor: ella no tenía magia, no sabía nada de brujería; solo era una mujer de veintisiete años que horas antes intentaba sobrevivir a un corazón roto en una ciudad humana.
—¡Esperen! —logró gritar Alana, cubriéndose el pecho con las manos temblorosas—. ¡No he hecho nada! ¡Ni siquiera sé qué es esta criatura!
—¡Cállate, bruja! —rugió el comandante—. ¡Ningún humano común hace inclinarse a un lobo de guerra de la Manada de la Luna Sangrienta!
Antes de que el comandante pudiera dar la orden de disparar, una presencia abrumadora se hizo sentir en el borde del balcón principal. El Rey Alfa dio un paso al frente, haciendo que el murmullo de los soldados se apagara al instante.
Sus ojos azules y helados estaban fijos en Alana, brillantes con un destello dorado que delataba la furia y la intriga de su bestia interior. La presión en el aire aumentó drásticamente, obligando a los guardias más cercanos a dar un paso atrás.
—Bajen las armas —ordenó el Alfa. Su voz fue un chasquido seco, grave y sin margen de discusión.
—Pero, Su Majestad... —intentó protestar el comandante—. La ley de la manada exige la ejecución inmediata de cualquier humano que porte magia no registrada...
El Rey Alfa no se molestó en mirarlo. Con un movimiento fluido y majestuoso, saltó el barandal del balcón, cayendo desde metros de altura y aterrizando de pie en el centro del foso con un impacto sordo que levantó una polvareda alrededor.
El lobo gris gimió con más fuerza al sentir la presencia de su Alfa, pero no se levantó; permaneció entre Alana y el Rey, temblando levemente.
El Rey caminó despacio hacia ellos, pisando con firmeza la tierra del foso. Se detuvo justo frente a la bestia y miró hacia abajo, donde Alana permanecía acorralada contra las rocas. Todos los ojos del castillo estaban sobre ellos, esperando el desenlace.
—Este lobo acaba de morir por tu culpa —dijo el Alfa con una voz sepulcral.
Alana lo miró confundida, sin entender a qué se refería. Sin embargo, antes de que pudiera articular una sola palabra, el Rey desenfundó su espada en un movimiento veloz y certero, cortando el cuello del lobo sin titubear.
—¡No! —gritó Alana, ahogando un sollozo desgarrador mientras la sangre cálida de la bestia salpicaba la tierra y manchaba el dobladillo de su vestido negro—. ¿Por qué hiciste eso?
—No me gusta que mis lobos se debiliten por una simple criada —dijo el Rey con desprecio, limpiando la hoja de su arma con absoluta indiferencia.
Alana miró al lobo sin vida tendido a sus pies, con los ojos dorados aún abiertos pero apagados para siempre. Una ola de rabia e impotencia superó por completo el terror que sentía, y apretando los puños, le gritó al Alfa a la cara:
—¡Eres un monstruo! ¡¿Cómo pudiste hacer eso?!
El silencio que siguió fue absoluto. Nadie en el foso ni en las galerías superiores se atrevía a respirar.
El Alfa dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que su presencia gigantesca la cubrió por completo. Sus ojos azules brillaron con una luz peligrosa mientras la examinaba con frialdad.
—Ten cuidado con cómo me hablas, humana —susurró el Rey, con una voz tan baja que hizo vibrar el aire alrededor de ellos—. La vida en este castillo no vale nada, y la tuya menos que la de ese animal. Si estás viva es solo porque quiero saber qué clase de brujería llevas en la sangre.
Se giró bruscamente hacia los guardias que observaban desde lo alto.
—Llévensela. Límpienle la sangre y encierren a esta mujer en las mazmorras del ala oeste. Nadie habla con ella, nadie le dirige la palabra hasta que yo decida qué hacer con su vida.
Dos guardias bajaron a toda prisa, la tomaron brutalmente de los brazos y la arrastraron fuera del foso, dejando atrás la tierra manchada y la sombra amenazante del Rey Alfa.