Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
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La propuesta inusual
Tan pronto como la pareja desapareció al girar la esquina, Lysandra soltó el brazo de Gideon como si la tela de su abrigo acabara de transformarse en brasas encendidas. Un ardor abrasador le cubrió las mejillas. La adrenalina del momento comenzó a disiparse, dejándola a merced de una mortificación absoluta.
—Por todos los cielos... —susurró Lysandra, llevándose una mano al pecho mientras intentaba recobrar el aliento—. Lord Ravenscroft, no tengo palabras para disculparme. Lo que acabo de hacer ha sido una imprudencia absoluta, un acto de egoísmo e imperdonable atrevimiento. Por favor, perdóneme.
Gideon continuaba en la misma posición, parpadeando despacio mientras el tono carmesí de su rostro comenzaba a ceder lentamente. Se reajustó el abrigo con manos ligeramente temblorosas.
—Usted... usted tomó mi brazo —articuló Gideon con su voz profunda, hablando despacio como si estuviera analizando la física del acontecimiento—. Y luego le dijo a ese caballero que pasábamos tiempo juntos.
—Lo sé, lo sé, fue espantoso de mi parte —admitió Lysandra con total sinceridad, bajando la mirada—. Ese hombre era Lord Lucian Prescott. Fue mi prometido... hasta que descubrí que solo estaba conmigo por una apuesta despreciable y por el dinero de mi padre. Hoy intentó humillarme en pública calle, y en un segundo de desesperación, lo usé a usted como un escudo. Fue cobarde e injusto de mi parte involucrarlo en mis rencillas personales.
Gideon la escuchó en silencio. La expresión de su rostro cambió gradualmente; el pánico dio paso a una seriedad pensativa y profundamente empática. Los recuerdos de las palabras ácidas de Lucian cobraron sentido en su mente.
—Él era un miserable —dijo Gideon con una firmeza inesperada, sin un solo titubeo en la voz—. Sus palabras hacia usted no tenían sustento lógico ni educación elemental. No me molestó ayudarla a desarmarlo, Lady Lysandra. Aunque... confieso que por un segundo pensé que me estaba tomando arrestado.
Lysandra soltó una pequeña carcajada, un sonido genuino y cristalino que hizo que los ojos grises de Gideon brillaran por un instante.
—Prometo que no era un arresto —respondió ella con una sonrisa cálida—. Pero me deja en deuda con usted. Y viendo lo mucho que le incomodan las interacciones sociales de esta ciudad... creo que puedo ofrecerle algo a cambio de su caballerosidad.
Gideon la miró con curiosidad.
—¿A qué se refiere?
—Sé que acaba de llegar a la capital y que los salones de baile le resultan una tortura indeseable —comenzó a explicar Lysandra, dando un paso más cerca—. Conozco la alta sociedad como la palma de mi mano. Conozco sus reglas, sus trampas y a sus hipócritas. Déjeme ser su guía. Le enseñaré a navegar por estos círculos sin terminar acorralado, le mostraré la ciudad lejos de las miradas chismosas y le enseñaré cómo liberarse de damas como Odette sin tener que recitar informes meteorológicos.
Gideon arrugó ligeramente el entrecejo.
—La mayor parte de los códigos aristocráticos me parecen carentes de sentido, Lady Lysandra. Prefiero la precisión de la ingeniería y la honestidad de las montañas del norte.
—No intento cambiar quién es usted, Lord Ravenscroft —aclaró ella suavemente, mirándolo con un respeto absoluto—. Solo quiero darle las herramientas para defensarse de los buitres. A cambio, usted me ayuda a demostrarle a Mayfair que no soy una mujer derrotada. ¿Acepta el trato?
Gideon la contempló durante un largo momento. La propuesta era inusual, desafiaba todas las convenciones sociales, pero en los ojos de Lysandra no había manipulación ni engaño. Solo había verdad.
—Acepto —dijo el Duque, extendiendo su enorme mano—. Con la condición de que si me sobrecargo de conversación banal, se me permita guardar silencio.
Lysandra estrechó su mano con una sonrisa radiante. El pacto estaba sellado.