Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 1
Capítulo 1
La suite de recién casados estaba decorada como si las flores pudieran arreglarlo todo.
Sábanas color marfil. Rosas blancas. Velas de esas que huelen a hotel caro. Copas de champaña intactas sobre una mesa. Y yo, sentada en medio de esa cama enorme, con una pijama tan recatada que parecía escogida por una tía religiosa.
Desde el baño llegaba el sonido de la regadera.
Ahí adentro estaba mi esposo.
Dante Montalvo.
Hasta ayer, ese hombre era el prometido de mi hermana. El hombre al que yo llevaba cinco años llamándole cuñado, por pura costumbre familiar.
Y ahora era mi marido.
Qué oso.
Todo empezó la noche anterior, cuando alguien le mandó a Dante un video de Lorena con su ex. No un video dudoso. No una conversación rara. Un video de esos que no dejan mucho espacio para explicaciones.
Dante llegó a la casa de los Robles con el celular en la mano. Mi papá trató de salvar el compromiso. Mi mamá lloró. Lorena juró, gritó, se quiso desmayar, se colgó de él como si el drama pudiera borrar lo que había pasado.
No sirvió de nada.
Dante quería cancelar la boda.
Y, neta, ¿quién lo culparía? Nadie quiere llegar al altar con los cuernos recién puestos.
Pero la familia Montalvo era la cima de esa montaña que mi papá llevaba años tratando de escalar. Invitaciones enviadas, acuerdos familiares firmados, salón pagado, invitados confirmados. Si la boda se cancelaba, los Robles iban a ser el chisme más jugoso de todo Polanco.
Así que no la cancelaron.
Me empujaron a mí.
Yo sólo quería mirar el desastre desde una esquina, calladita, como quien ve una serie ajena. Pero de pronto todos me voltearon a ver.
—Ximena puede casarse con él.
Pensé que Dante se iba a reír. O a levantarse. O a decir que no era ningún chiste.
Porque yo era la hermana menor de Lorena.
Porque él era mi cuñado.
Porque ningún hombre normal aceptaría casarse con la hermana de su prometida al día siguiente de descubrir una infidelidad.
Pero Dante me miró.
Sólo una vez.
Y aceptó.
No lo hizo como un hombre confundido. Lo hizo como alguien que ya había decidido por todos en la sala.
Me quedé mirando su mano sobre el folder. Dedos largos, uñas limpias, el reloj negro asomando bajo el puño de la camisa. No hablaba fuerte. No hacía falta.
Así terminé vestida de blanco, caminando hacia un hombre que jamás me había mirado más de dos segundos.
El sonido de la regadera se detuvo.
Me sudaban las manos.
¿Qué se supone que pasaba en una noche de bodas cuando los novios apenas se conocían? ¿De verdad esperaba que yo actuara como esposa de novela barata?
La puerta del baño se abrió.
Se me cortó la respiración.
Dante salió envuelto en vapor, con una bata gris abierta en el pecho. Yo siempre lo había visto de traje, serio, perfecto, frío. De esos hombres mayores que parecen firmar contratos hasta cuando respiran.
Pero así, con el cabello húmedo, la clavícula marcada y el pecho firme asomándose bajo la tela, no parecía un contrato.
Parecía un problema.
Un problema de treinta años, voz grave y manos demasiado tranquilas.
Olía a jabón limpio y a algo amaderado, como pino frío.
Yo apreté las sábanas con los dedos.
Él caminó hacia la cama.
Cada paso me apretaba más el pecho.
Cuando lo tuve enfrente, tan alto, tan serio, tan condenadamente guapo, me salió lo peor que podía salir.
—Cuñado...
Dante se detuvo.
Su ceja apenas se movió, pero lo noté.
—¿Qué me dijiste?
Tragué saliva.
Claro. Maravilloso. Primera noche casada y yo llamándolo cuñado.
—Perdón. Es la costumbre.
—Ahora somos esposos —dijo, tranquilo—. Vas a tener que cambiar eso.
Cambiarlo.
¿A qué?
¿Esposo? ¿Mi amor? ¿Dante?
Sólo pensar en llamarlo amor me dio calor en la cara.
—Entonces... ¿señor Montalvo?
Su mirada se volvió más pesada.
—¿Conoces a alguna esposa que le diga señor a su marido?
—¿Don Dante?
Se quedó callado.
Peor.
—Suena a que tengo cincuenta años —dijo.
Me mordí el labio.
—¿Dante?
Esta vez asintió.
—Ese.
Su pulgar rozó la orilla de la toalla que llevaba en la mano. Yo bajé la vista de inmediato.
Respiré, pero la calma duró poco.
—¿Vas a quedarte aquí? —pregunté.
Él miró la cama.
—Es nuestra suite.
Sí. Claro. Qué pregunta tan brillante, Ximena.
Se acercó más. Yo retrocedí sobre la cama, arrastrando la colcha conmigo.
—¿Qué vas a hacer?
—Dormir.
—¿Cómo?
Quise morderme la lengua.
Dante me miró con esa calma que me ponía peor.
—¿Cómo quieres dormir tú?
—Yo... del lado izquierdo. Tú del derecho.
—Hoy es nuestra noche de bodas.
Mi cara se encendió.
Él me observó un momento.
—¿Has estado con un hombre?
El aire se me atoró.
Me ardió la cara. Entendí perfectamente a qué se refería.
Negué.
—No.
Algo cambió en sus ojos.
Dante se inclinó sobre mí, apoyando las manos a mis lados. Quedé atrapada entre sus brazos y la cama. Su respiración rozó la mía.
Estábamos tan cerca que podía verle hasta las pestañas.
Entonces, con una voz demasiado tranquila para lo que estaba diciendo, preguntó:
—¿Quieres hacerlo?
No supe contestar.
Él estaba demasiado cerca y yo podía oler su camisa.
Abrí los ojos como si me hubieran echado agua fría.
¿Hacerlo?
¿Así? ¿Tan rápido?
—¿Ahora? —se me escapó.
Dante no se apartó.
—Hoy es nuestra noche de bodas.
Sí, gracias. Eso lo tenía bastante claro. La cama enorme, las flores blancas y mi corazón golpeándome las costillas lo repetían cada tres segundos.
Pero una cosa era saberlo y otra aceptar que ese hombre, que hasta hacía dos días era el prometido de mi hermana, quisiera consumar el matrimonio conmigo.
Yo no estaba lista.
Ni tantito.
Él bajó la mirada a mi boca.
Lo vi.
Y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Cuando se inclinó, giré la cara.
Sus labios no llegaron a tocarme.
Dante se quedó quieto. Después me tomó la barbilla con dos dedos y me regresó el rostro, despacio. Yo cerré los ojos de puro nervio, apretando los labios como si eso pudiera salvarme.
No pasó nada.
Cuando abrí un ojo, él seguía mirándome.
—Perdón —murmuré—. Todavía no me acostumbro a... esto. A ser tu esposa.
La palabra esposa me supo rarísima.
—Dame un poco de tiempo, ¿sí?
—¿Cuánto es un poco?
—No sé.
Su silencio me hizo sentir chiquita.
No por miedo. Era su cercanía. El olor limpio de su camisa, su brazo apoyado junto a mi cintura, su mirada quieta en mi boca. Tragué saliva y odié que me temblaran los dedos.
—Pero no mucho —agregué rápido—. Creo.
Dante me miró varios segundos. Yo ya estaba imaginando el peor escenario, pero él se enderezó, rodeó la cama y se acostó del otro lado.
—Duerme.
Sólo una palabra.
Me metí bajo la colcha antes de pensar si quería hacerlo.
Solté el aire.
No me obligó.
Eso, aunque yo no quisiera admitirlo, me aflojó algo por dentro.
Me acosté también, dejando entre nosotros un espacio enorme. Cabían dos personas más. Tres, si se acomodaban bien.
—Buenas noches —dije, tiesa.
—Buenas noches.
Apagamos la luz.
Pensé que no iba a pegar un ojo. Pero mi cuerpo decidió traicionarme y caí dormida casi de inmediato.
Al amanecer, una mano tocó mi hombro.
—No... —gruñí, medio dormida, apartándola.
Al segundo abrí los ojos.
Dante estaba sentado junto a la cama, ya vestido con traje negro y camisa gris. Sin corbata. Dos botones abiertos en el cuello. Frío, impecable y demasiado atractivo para esa hora.
Me incorporé abrazando la colcha.
—Buenos días.
—Levántate. Mi familia quiere saludarte antes del desayuno. Mis abuelos suelen dar la bendición y los regalos después de la boda.
Asentí como si estuviera en una entrevista laboral.
—Después desayunamos con ellos y nos iremos a la casa que compré antes de la boda. Viviremos ahí.
—Está bien.
Me metí al baño para lavarme la cara. El agua fría me despertó del todo.
No era un sueño.
Me había casado.
Con Dante Montalvo.
Salí todavía con la pijama blanca prestada por una prima de él. No podía bajar así.
Dante seguía en la recámara.
—No tengo ropa.
Me miró, sacó su celular e hizo una llamada. Minutos después alguien tocó la puerta. Él recibió una bolsa y me la entregó.
—Cámbiate.
Dentro venía un vestido rosa nuevo. También ropa interior. De mi talla exacta.
Me quedé viendo las etiquetas.
¿Cómo sabía mi talla?
No pregunté.
El vestido tenía tirantes finos y una rosa en un hombro. Cuando salí, Dante levantó la vista.
Su mirada se quedó en mí.
—¿Se ve bien? —pregunté, nerviosa.
—Está bien.
¿Está bien? ¿Eso era bueno o malo?
Se levantó y me tendió la mano.
—Vamos.
Miré su mano. Era grande, de dedos largos, con una elegancia rara. Puse la mía encima.
Su palma estaba caliente. La mía, helada.
—Te sudan las manos —dijo.
Me puse roja.
—Estoy... nerviosa.
No se burló. Sólo apretó un poco más mi mano.
Sentí el calor de su palma subir por mi muñeca. Bajé la vista para no quedarme viendo sus dedos sobre los míos.
La sala de la mansión estaba llena. Abuelos, padres, tíos, primos. La familia Montalvo parecía no acabarse nunca.
Dante me presentó uno por uno.
Saludé a sus abuelos, recibí abrazos medidos, bendiciones, sobres elegantes y regalos. Su madre me tomó la mano con una sonrisa tranquila.
—Que construyan una buena vida.
Me puso un brazalete de esmeraldas en la muñeca. Pesaba. Mucho.
Miré a Dante, sin saber si aceptar.
Él asintió.
Así que lo acepté.
Durante el desayuno me senté a su lado, tiesa. No me atrevía a servirme de las charolas del centro.
De pronto, Dante puso carne en mi plato.
Lo miré.
Él siguió comiendo como si nada.
Luego me puso verduras. Después otra cosa. Y otra.
No preguntó si podía. Simplemente decidió que yo iba a comer bien.
Y, por alguna razón ridícula, eso me dio más vergüenza que el vestido.
—Gracias —susurré—. Ya no me sirvas más.
Tal vez no me escuchó. O fingió no escuchar.
Comí todo.
Cuando salimos, sus abuelos y sus padres le pidieron que me cuidara. Él sólo respondió que sí.
En el auto, mientras miraba el brazalete, le pregunté:
—¿Debo devolverte esto?
—Mi mamá te lo dio a ti.
—Es muy caro. ¿Y si lo pierdo?
—Entonces se perdió.
Lo miré, confundida.
—¿No te molesta?
—No es mío. Es tuyo.
También pregunté por los sobres de regalo.
—¿Los manejo yo?
—¿O querías dármelos?
Negué de inmediato.
Dante me miró apenas.
—Entonces guárdalos.
No pude evitar sonreír.
Tenía unas ganas tremendas de abrirlos todos y contar.
—Ponte el cinturón —dijo—. Nos vamos.
Obedecí.
Él me miró otra vez.
No dijo nada, pero sentí esa mirada en la piel.