Helena ha vivido dos veces… y en ambas terminó muerta.
En su primera vida eligió a Menelao, creyendo que un rey podía ofrecerle amor y protección. Descubrió demasiado tarde que detrás de su corona había un hombre celoso, posesivo y cruel, capaz de convertir el matrimonio en una prisión.
En su segunda vida huyó de él y creyó en las promesas de París. Fue otro error. París solo quería presumir de su belleza, beber, divertirse y convertirla en un trofeo. Cuando Troya cayó, Helena volvió a morir.
Pero la tercera vez será diferente.
Cuando llega el momento de escoger esposo, Helena recuerda a un joven que una vez le ofreció un pañuelo mientras lloraba: Héctor, príncipe de Troya. Un hombre que todavía es soltero, noble y libre.
Sin dudarlo, Helena lo elige.
Ahora deberá conquistar su corazón… y desafiar una historia que sabe que terminará con Héctor muerto en batalla.
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Mi Héctor
La sala entera seguía conmocionada, pero el heraldo, recuperándose del asombro, pidió silencio con un gesto de la mano.
—Que la elección sea confirmada ante los dioses —dijo, aunque su voz aún denotaba inseguridad—. Que el príncipe elegido se acerque al estrado.
Héctor asintió y comenzó a caminar despacio hacia ella, como si cada paso pesara más que el anterior. Pero antes de llegar, París se le adelantó, deteniéndose justo frente a él, con la mandíbula apretada y los ojos encendidos de ira y desconcierto. Lo tomó del brazo, bajando la voz para que solo ellos dos escucharan:
—Héctor… no me dijiste que conocías a Helena.
Héctor lo miró a los ojos, con total sinceridad:
—Porque no la conozco, hermano.
París frunció el ceño, incrédulo:
—¿Entonces por qué te eligió? ¿Me estás diciendo que la mujer más hermosa de toda Grecia te escogió a ti… y tú no la conoces? No me digas eso, hermano. Me estás engañando.
—Te juro —respondió Héctor, con tono serio y firme—, te juro que no la conozco. Solo sé su nombre, porque ¿quién no sabe quién es la hermosa Helena? Pero no hemos cruzado palabra que yo recuerde. Ni una sola.
París negó con la cabeza, soltándole el brazo, entre la rabia y el asombro:
—Bueno… ahora la vas a conocer. No sé si envidiarte u odiarte, hermano. De verdad no lo sé.
Héctor no respondió. Dio un paso más, dejando a su hermano atrás, y avanzó hasta quedar justo frente a Helena. Allí, de pie, esperándolo, ella le dedicó una sonrisa dulce, cálida, llena de algo que él no lograba descifrar pero que de pronto… le detuvo el corazón por un instante. Se quedó sin aire, sin palabras, sin saber qué hacer ante esa mirada que parecía verlo todo, hasta lo más profundo de su alma.
Bajó la cabeza levemente, colocó la mano derecha sobre su pecho, justo sobre el corazón, en un saludo guerrero, respetuoso y humilde a la vez.
—Princesa —dijo él, con voz suave pero firme.
Helena dio un paso hacia él, rompiendo la distancia que separaba a ambos, y tomó su mano entre las suyas, despacio, con ternura.
—¿Por qué tanta formalidad si ya seremos esposos? —le dijo, bajando la voz para que solo él la oyera—. Mejor empiézame a llamar Helena. Como yo te llamaré Héctor… mi Héctor, ¿verdad?
Mi Héctor. Esas dos palabras cayeron sobre él como un trueno suave, dejándolo aún más confundido, más desconcertado. ¿Por qué hablaba así? ¿Por qué con tanta familiaridad, con tanta confianza, como si se conocieran de toda la vida?
—Disculpa —dijo él, frunciendo levemente el ceño, sin soltarle la mano—, pero… ¿de dónde nos conocemos? Juro que no logro recordar, y eso no es común en mí.
Helena sonrió de nuevo, esa sonrisa que lo hacía sentir que todo estaba bien, que no había nada que temer.
—¿Quién no conoce al guapo, heroico Héctor, príncipe de Troya? —respondió ella, con una suavidad que le llegó directo al corazón.
Héctor la miró, con una media sonrisa de perplejidad:
—¿En serio? ¿Soy tan famoso?
—Para mí sí —respondió ella, con absoluta sinceridad, apretándole levemente la mano—. Para mí eres el mejor hombre que hay sobre la faz de la tierra. Y para mí es un honor inmenso ser tu esposa.
Héctor la miró, cada vez más perdido, más confundido. Esa muchacha le hablaba con la cercanía de una mujer que lo conocía de años, que sabía cómo era, que confiaba en él… pero él no lograba ubicarla en ningún recuerdo. ¿Acaso había estado tan absorto en la guerra, en el entrenamiento, en el estudio de las leyes y las estrategias, que había dejado pasar un rostro tan hermoso, una mirada tan única? Podía ser. Era una probabilidad muy alta, admitió para sí mismo. Siempre había puesto el deber antes que nada, antes que fiestas, antes que banquetes, antes que miradas de damas. Quizás la había visto alguna vez, sin prestar atención, y ella… ella sí lo había visto a él.
Solo Helena sabía la verdad. Solo ella sabía que no era un recuerdo de esta vida, sino de dos vidas, de noches de llanto, de un pañuelo blanco y una voz suave preguntando si estaba bien. Solo ella sabía que lo había estado esperando, no desde ayer, sino desde mucho antes. Y esa verdad, por ahora, sería solo suya.
—Te prometo —dijo él, con voz firme, recuperando la compostura, apretándole la mano con gentileza—, te prometo que haré todo lo posible para merecer esa confianza, Helena. Y para que no te arrepientas de haberme elegido.
—Jamás me arrepentiré —susurró ella.
Desde el lado derecho del estrado, Menelao rompió el silencio con un rugido de furia:
—¡Esto es una farsa! ¡No tiene sentido! ¡Ella no puede elegir a alguien que no la pretendió! ¡Esto no se hace! ¡Helena, vuelve aquí y elige como debes!
Pero Héctor no se giró. No soltó la mano de Helena. Solo dijo, sin levantar la voz, pero con una autoridad que hizo callar a muchos:
—La elección ya está hecha, rey Menelao. Y no se va a deshacer.
Príamo, que se acercó a ellos, puso una mano sobre el hombro de su hijo. Miró a Helena, luego a su hijo, y asintió lentamente.
—Que así sea —dijo el rey—. Prepararemos la partida al amanecer. Regresaremos a Troya, y allí, ante nuestro pueblo, se celebrará la boda.
Héctor miró a Helena una vez más, y ella le sonrió. Aún no entendía por qué. Aún no sabía qué lo había llevado a ser el elegido. Pero en ese momento, sosteniendo su mano, supo una cosa con certeza: haría cualquier cosa por no ver esa sonrisa desaparecer jamás.