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Me Enamoré De Su Dolor

Me Enamoré De Su Dolor

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alejandro Briñones

Denmet es una joven soñadora que estudia gastronomía y lucha por construir un futuro lejos de las dificultades de su pasado. Cuando una oportunidad laboral la lleva a trabajar a la imponente mansión Kivilcim, jamás imagina que aquel empleo cambiará su vida para siempre.
En aquella casa vive Güner Kivilcim, un hombre atractivo, poderoso y profundamente solitario. Desde la muerte de su esposa, Fraize, Güner se ha convertido en un hombre frío y distante. Convencido de que fue traicionado por la mujer que amaba, decidió cerrar su corazón y dedicar toda su existencia al imperio empresarial de su familia.
Pero detrás de la aparente muerte accidental de Fraize se esconde una historia mucho más oscura.
Cuando Denmet llega a la mansión para trabajar en la cocina, su dulzura, sinceridad y carácter comienzan lentamente a derribar las murallas que Güner ha construido alrededor de su corazón.
Lo que ninguno de los dos imagina es que enamorarse será apenas el comienzo...

NovelToon tiene autorización de Alejandro Briñones para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capítulo 1 (Estreno)

La lluvia había comenzado antes del amanecer.

Denmet Yilmaz observaba las gotas deslizarse lentamente por el cristal de la ventana mientras terminaba de recoger sus libros. La pequeña habitación en la que vivía junto a su madre apenas tenía espacio para la estrecha cama, un armario antiguo y la mesa donde estudiaba cada noche. Sin embargo, para Denmet aquel lugar representaba mucho más que pobreza.

Representaba esfuerzo.

Representaba esperanza.

Y, sobre todo, representaba a su madre.

—¿Ya estás despierta? —preguntó Leyla desde la puerta.

Denmet se giró inmediatamente.

—No he podido dormir.

Leyla sonrió con ternura.

—Estás nerviosa.

—¿Se nota mucho?

—Desde que abriste los ojos esta mañana has revisado tu bolso seis veces.

Denmet soltó una pequeña risa.

—Solo quiero que todo salga bien.

Leyla entró en la habitación llevando una taza de café.

—Saldrá bien.

—Mamá, voy a trabajar en una de las casas más importantes de la ciudad. ¿Y si no les gusto? ¿Y si hago algo mal?

—Entonces aprenderás.

Denmet tomó la taza entre sus manos.

—¿Y si me despiden el primer día?

—Entonces volverás a buscar otro trabajo.

—Mamá...

—Denmet.

La joven levantó la mirada.

Leyla se acercó y acomodó suavemente uno de sus cabellos detrás de la oreja.

—No has llegado hasta aquí para tener miedo de una puerta.

Las palabras de su madre lograron hacerla sonreír.

Pero Leyla no sabía que aquella puerta no era cualquier puerta.

La mansión Kivilcim era conocida por todos.

Una enorme propiedad situada en las afueras de la ciudad, rodeada de extensos jardines y protegida por altos muros de piedra. Se hablaba de fiestas elegantes, reuniones de empresarios y una fortuna tan grande que resultaba imposible calcularla.

Pero también se hablaba de otra cosa.

De su dueño.

Güner Kivilcim.

Un hombre del que Denmet apenas sabía nada.

Había escuchado rumores.

Decían que era joven.

Que era increíblemente atractivo.

Que poseía un imperio empresarial.

Y que después de la muerte de su esposa se había convertido en un hombre completamente diferente.

Frío.

Distante.

Inalcanzable.

Denmet había escuchado aquella historia de labios de la mujer que le consiguió el empleo.

—No te metas en problemas con el señor Kivilcim —le había advertido—. Haz tu trabajo y procura no llamar demasiado su atención.

A Denmet aquella recomendación le había parecido absurda.

¿Por qué un poderoso empresario se fijaría en una simple estudiante de gastronomía?

—¿En qué piensas? —preguntó Leyla.

—En nada.

—Eso significa que estás pensando en muchas cosas.

Denmet sonrió.

—Solo quiero demostrar que puedo hacerlo.

Leyla tomó sus manos.

—Lo harás.

Denmet observó el rostro de su madre.

—Cuando termine mis estudios abriré mi restaurante.

—Lo sé.

—Y tú serás la primera clienta.

—Espero tener descuentos.

Las dos comenzaron a reír.

Durante unos segundos, la preocupación desapareció.

Pero cuando Denmet salió del apartamento, volvió a sentir aquel extraño nerviosismo en el estómago.

El taxi avanzó lentamente bajo la lluvia.

La ciudad fue quedando atrás.

Los edificios comenzaron a desaparecer.

Y finalmente apareció ante ella una enorme puerta de hierro.

En el centro se encontraba un elegante símbolo grabado en metal.

Una letra.

K.

Denmet respiró profundamente.

—Bueno —murmuró—. Aquí vamos.

 

La mansión era aún más impresionante de lo que había imaginado.

Al atravesar la entrada, Denmet observó los jardines perfectamente cuidados. Incluso bajo la lluvia, las flores parecían conservar una belleza extraordinaria.

El taxi se detuvo frente a la entrada principal.

Denmet pagó al conductor y bajó.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

La mansión parecía observarla.

Aquella enorme construcción de piedra escondía demasiadas ventanas.

Demasiadas habitaciones.

Demasiados secretos.

—¿Señorita Yilmaz?

Denmet se giró.

Una mujer de aproximadamente cincuenta años estaba frente a ella.

Vestía un uniforme impecable y llevaba el cabello recogido en un elegante moño.

—Sí. Soy yo.

—Soy Nermin.

La mujer le extendió la mano.

—Bienvenida a la mansión Kivilcim.

—Muchas gracias.

Nermin tomó su equipaje.

—Permítame.

—No, no. Yo puedo llevarlo.

—Aquí todos tenemos un trabajo, señorita Denmet.

La joven sonrió.

—Entonces supongo que tendré que acostumbrarme.

Nermin la observó durante unos segundos.

—Creo que será usted quien nos obligue a acostumbrarnos a muchas cosas.

Denmet no comprendió el comentario.

—¿Qué quiere decir?

—Nada.

Nermin abrió la puerta.

—Entre.

Denmet cruzó el umbral.

Y por primera vez sintió que su vida estaba a punto de cambiar.

El interior de la mansión era elegante, pero extrañamente silencioso.

Demasiado silencioso.

Denmet caminó detrás de Nermin observándolo todo.

Un enorme salón.

Escaleras de mármol.

Pinturas antiguas.

Y retratos.

Muchos retratos.

Pero uno llamó especialmente su atención.

Era el retrato de una mujer joven.

Hermosa.

De largos cabellos oscuros.

Sus ojos parecían mirar directamente a Denmet.

—¿Quién es? —preguntó.

Nermin se detuvo.

Durante un instante, su expresión cambió.

—La señora Fraize.

Denmet volvió a mirar el retrato.

—La esposa del señor Kivilcim.

—Lo era.

El tono de Nermin hizo que Denmet comprendiera que había dicho algo que no debía.

—Lo siento. No quería...

—No tiene que disculparse.

Pero sí tenía que tener cuidado.

Eso era lo que Nermin no dijo.

Denmet siguió caminando.

Sin embargo, mientras se alejaba, volvió la mirada hacia el retrato.

No sabía por qué.

Pero aquellos ojos le produjeron una extraña sensación.

Como si aquella mujer tuviera algo que decirle.

 

La cocina era enorme.

Denmet abrió los ojos sorprendida.

—Esto es maravilloso.

Nermin sonrió.

—Sabía que le gustaría.

Denmet recorrió la estancia observando cada detalle.

Los hornos.

Las superficies de trabajo.

Los utensilios.

Todo estaba perfectamente organizado.

—¿Aquí cocinaré?

—Junto al resto del personal.

—¿Y quién decide el menú?

—Hasta ahora, el señor Güner.

Denmet dejó de sonreír.

—¿Él?

—Sí.

—¿El señor Kivilcim sabe de gastronomía?

—El señor Kivilcim sabe exactamente lo que quiere.

La respuesta fue suficiente.

Denmet decidió no hacer más preguntas.

—La chef principal llegará dentro de unos minutos —continuó Nermin—. Ella le explicará sus funciones.

—Entendido.

Nermin se dirigió hacia la puerta.

Pero antes de salir, se detuvo.

—Señorita Denmet.

—¿Sí?

—Hay algo que debe saber.

La joven la miró.

Nermin parecía dudar.

—El señor Güner no suele estar de buen humor.

—Creo que eso ya me lo imaginaba.

—No. No se lo imagina.

Denmet dejó de sonreír.

—¿Es tan difícil?

Nermin bajó la mirada.

—El señor Kivilcim ha sufrido mucho.

Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire.

—Lo siento —dijo Denmet.

—No necesita sentirlo. Solo necesita recordar algo.

—¿Qué cosa?

Nermin la miró directamente.

—No intente salvarlo.

Denmet frunció el ceño.

—No entiendo.

—Ni siquiera lo conoce.

—Exactamente.

Nermin abrió la puerta.

—Es mejor que continúe siendo así.

La mujer salió.

Denmet quedó completamente sola.

Miró nuevamente alrededor.

Después sonrió.

—Bueno, parece que mi nuevo jefe es un encanto.

—Depende de a quién le pregunte.

Denmet dio un pequeño salto.

Se giró inmediatamente.

Un joven se encontraba apoyado contra el marco de la puerta.

Tenía una sonrisa divertida y una expresión despreocupada.

—¡Dios mío! —exclamó Denmet—. ¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—El suficiente para descubrir que hablas sola.

—No hablaba sola.

—Claro.

—¿Quién es usted?

El joven se acercó.

—Emre.

—¿Emre qué?

—Emre Kivilcim.

Denmet abrió los ojos.

—¿Usted es un Kivilcim?

—Depende del día.

—¿Cómo?

—A veces esta familia es demasiado complicada.

Denmet sonrió.

—Yo soy Denmet.

—Ya lo sé.

—¿También saben mi nombre?

—En esta casa todos saben todo.

Denmet sintió una ligera incomodidad.

—Eso no suena muy tranquilizador.

—Créeme. No lo es.

Emre la observó.

—Así que tú eres la nueva ayudante de cocina.

—Estudiante de gastronomía.

—Eso sonó ofensivo.

—Porque lo fue.

Emre soltó una carcajada.

—Me agradas.

—Apenas me conoce.

—Entonces todavía tengo tiempo de cambiar de opinión.

Denmet lo miró con falsa indignación.

—Qué amable.

—Gracias.

Antes de que pudiera responder, un fuerte ruido se escuchó desde el exterior.

Ambos guardaron silencio.

Emre miró hacia la puerta.

Su sonrisa desapareció.

—Ha llegado.

—¿Quién?

Emre volvió a mirarla.

—Mi hermano.

Denmet sintió que el corazón le latía un poco más rápido.

No sabía por qué.

Escuchó pasos.

Lentos.

Firmes.

Cada vez más cerca.

Nermin apareció en la puerta.

Su rostro estaba tenso.

—Emre.

—Ya me iba.

—El señor Güner quiere hablar contigo.

Emre levantó las manos.

—Por supuesto que quiere hablar conmigo.

Luego miró a Denmet.

—Bienvenida oficialmente a la familia más complicada del país.

—Eso no me tranquiliza.

—No debería.

Emre salió de la cocina.

Denmet quedó nuevamente sola.

Pero esta vez no estaba tranquila.

Unos segundos después escuchó una voz.

—¿Quién es ella?

La voz era grave.

Fría.

Autoritaria.

Denmet permaneció inmóvil.

Nermin tragó saliva.

—La nueva ayudante de cocina, señor.

—No pregunté qué hace aquí.

Denmet respiró profundamente.

Se giró lentamente.

Y entonces lo vio.

Güner Kivilcim estaba de pie en la entrada.

Por un instante, Denmet olvidó respirar.

Era más joven de lo que había imaginado.

Alto.

Elegante.

Vestido completamente de oscuro.

Su rostro era serio.

Sus ojos, intensos y oscuros, parecían esconder algo imposible de comprender.

Pero no era solamente su belleza lo que impresionaba.

Era la tristeza.

Había una profunda tristeza en sus ojos.

Una tristeza que no desaparecía ni siquiera detrás de aquella expresión de hielo.

—Me llamo Denmet —dijo finalmente.

Güner la observó en silencio.

Aquellos segundos parecieron eternos.

—No recuerdo haber autorizado una nueva contratación.

Denmet sintió que su nerviosismo desaparecía lentamente.

En su lugar apareció algo diferente.

Orgullo.

—Entonces debería hablar con la persona que me contrató.

Nermin abrió los ojos sorprendida.

Güner también.

Denmet comprendió inmediatamente que nadie solía responderle de aquella manera.

Pero ya era demasiado tarde para retroceder.

—¿Siempre responde así cuando acaba de conocer a alguien? —preguntó Güner.

—Solo cuando alguien me recibe de esa manera.

Nermin parecía a punto de sufrir un infarto.

—Señorita Denmet...

—No, Nermin.

Güner levantó una mano.

Su mirada no abandonaba a Denmet.

—Déjala.

El silencio regresó.

Güner caminó lentamente hacia ella.

Denmet intentó mantenerse tranquila.

Pero cada vez que él se acercaba, sentía que el aire se volvía más difícil de respirar.

Finalmente, quedó frente a ella.

—¿No tienes miedo de perder tu empleo el primer día?

Denmet levantó el rostro.

—Sí.

Güner arqueó una ceja.

—¿Entonces?

—Pero si voy a perderlo, prefiero que sea por ser sincera.

Por primera vez, algo cambió en el rostro de Güner.

No fue una sonrisa.

Todavía no.

Pero fue algo parecido a una sorpresa.

—Interesante.

Denmet sonrió.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Yo decidí tomarlo como uno.

Güner la observó unos segundos más.

Después miró a Nermin.

—Que se quede.

Denmet abrió los ojos.

—¿Eso significa que tengo el trabajo?

—Significa que tienes una oportunidad.

—Es suficiente.

Güner comenzó a caminar hacia la salida.

Pero antes de cruzar la puerta, se detuvo.

—Señorita Denmet.

—¿Sí?

—Una cosa más.

—Dígame.

Él giró ligeramente el rostro.

—No confundas mi paciencia con interés.

Denmet lo miró alejarse.

La puerta se cerró detrás de él.

Nermin soltó el aire que parecía haber estado conteniendo durante todo aquel tiempo.

—¿Qué ha hecho?

Denmet sonrió.

—¿Conseguir el trabajo?

—Nadie le habla así al señor Güner.

—Bueno.

Denmet tomó su delantal.

—Supongo que alguien tenía que ser el primero.

Pero mientras comenzaba a preparar los ingredientes para su primer día de trabajo, no podía dejar de pensar en aquellos ojos.

En aquella tristeza.

En aquel hombre que parecía haber decidido cerrar su corazón al mundo.

Y sin saberlo, Denmet Yilmaz acababa de cruzar una puerta de la que ya no sería capaz de regresar.

Porque aquella mañana había llegado a la mansión Kivilcim buscando un empleo.

No imaginaba que terminaría encontrando el amor.

Un amor intenso.

Prohibido.

Doloroso.

Un amor que le enseñaría que algunas personas no necesitan ser salvadas.

Solo necesitan encontrar a alguien dispuesto a quedarse.

Y Denmet todavía no lo sabía.

Pero acababa de conocer al hombre que cambiaría su vida.

Güner Kivilcim.

El hombre del que un día se enamoraría.

No de su dinero.

No de su poder.

Ni siquiera de su belleza.

Denmet se enamoraría de algo mucho más peligroso.

Se enamoraría de su dolor.

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