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Mía, aunque huyas

Mía, aunque huyas

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Elección equivocada / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:593
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.

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Capítulo 11

Capítulo 11: Los cuatro señores

Bajé la escalera agarrada del barandal, un escalón a la vez, con el vestido de algodón verde hasta los tobillos para que nadie viera lo que traía debajo.

En la sala olía a fruta madura y a metal. Sobre la mesa de centro había un frutero con mangos, tres fajos de dólares apilados como ladrillos, una daga con el mango de hueso y una bolsita de terciopelo abierta de la que se había salido algo que brillaba. Bruno estaba tirado en el sillón con una camisa de seda color vino, el pendiente de bala plateada colgándole del cuello, y lanzaba al aire una piedra del tamaño de un huevo de paloma. La atrapaba sin mirar.

—¿Ya despertó la cuñadita? —Lanzó la piedra otra vez—. Mi primo fue al norte a matar gente. Estos días yo cuido la casa.

Lo dijo como quien avisa que el señor fue al mercado.

—Buenos días, señor Bruno.

—Bruno. —La piedra cayó en su palma—. Siéntate, que se te nota que te duele estar de pie. —Me miró de arriba abajo, sin prisa—. Pareces de azúcar, y tienes al cactus comiendo de tu mano. No lo entiendo, pero lo respeto.

De azúcar. Lo único que yo sabía hacer en esa casa era recibir nalgadas y decir perdón. Me senté en la orilla del otro sillón y me quedé mirando la daga.

—A ver, cuñadita. —Dejó la piedra sobre los dólares como un pisapapeles—. Te voy a dar la clase que nadie te ha dado, porque mi primo no explica y a Teo le pagan por no hablar.

Metió dos dedos en el vaso de agua que tenía a un lado y dibujó sobre el vidrio de la mesa un círculo grande.

—Esto es Tierra Bruma. Donde se tocan tres fronteras y no manda ninguna. —Un punto en el centro, con el dedo mojado—. Aquí estás tú. Y aquí mandamos nosotros: el Lobo. Custodia y logística. Piedras, oro, cuadros. Lo que vale mucho y tiene que llegar entero. —Me miró de reojo—. Tu hombre.

Se me subió el calor a la cara y él lo vio y no dijo nada, lo cual fue peor.

Otro círculo, arriba.

—El norte. El Buitre. Genaro Arizmendi. Polvo, mercenarios, plata que no se acaba y una cabeza que no le sirve. Quiso que mi primo le moviera su mercancía por nuestros caminos. Mi primo le dijo que no. Desde entonces nos odia. —Se secó el dedo en el pantalón—. Por eso está allá arriba mi primo ahorita: por una carga que se le atoró al Buitre en el río, y él jura que fuimos nosotros.

—¿Y fueron?

—Si mi primo hubiera tocado esa lancha, se habría hundido. Con todo y gente. —Volvió a mojar el dedo—. Nosotros no cargamos polvo, cuñadita. Grábatelo.

Un tercer círculo, a la izquierda.

—El oeste. La Cobra. Ernesto Duarte, coronel de no sé qué ejército que ya no existe. Vende información. Es el guante blanco de un dinero que viene de muy lejos y no quiere ensuciarse. —El dedo se detuvo—. Y abajo, fuera del mapa, en Panamá: la Fénix. Fernanda Lasso. Bancos, cuentas, dinero que entra sucio y sale planchado. No tiene ni un soldado. Y aun así los otros tres la tratan de usted.

Cuatro círculos de agua secándose en el vidrio. Yo, un punto en el centro de uno.

—Los cuatro señores —dijo Bruno, y se recostó—. Ahora escucha bien, porque esto sí te lo digo en serio: ni pienses en huir. Fuera de mi primo, caer con cualquiera de los otros tres es mil veces peor que morir. Sobre todo la Cobra. —Se tocó el pendiente—. Le gusta hacer especímenes con muchachas como tú.

—Ya, deja de asustarla.

La voz venía de la puerta. Anya entró sin que nadie la anunciara, con la bata blanca abierta sobre el uniforme verde, y dejó caer una carpeta sobre la mesa. Tapó los dólares, tapó la daga, tapó el diamante. Solo quedaron los mangos.

—¿Ya puedes caminar? —me preguntó, sin saludar a Bruno—. Te llevo a pasear.

—Te la presto —dijo Bruno, y volvió a buscar su piedra debajo de la carpeta.

El jardín de atrás empezaba en un estanque con la orilla de piedra y el agua tan quieta que parecía aceite. Dentro se movían unas sombras naranjas del tamaño de mi antebrazo.

—Cada pez de estos vale una casa —dijo Anya, con las manos en los bolsillos de la bata—. No es idea del Lobo. Tiene un amigo brujo que le dijo que la casa tenía la energía mal y que un estanque la calmaba. Y el Lobo, que no cree en nada, mandó cavar el estanque.

Más allá, pegado al muro, había un invernadero de vidrio empañado por dentro. Se veían manchas oscuras contra el cristal, como flores de un color que no existe.

—Ese es de Bruno. No te acerques. —Anya ni lo miró—. El abono de sus rosas es… especial.

No pregunté. En esa casa ya había aprendido que las palabras que no se explican son las que más pesan.

Anya me acomodó un mechón detrás de la oreja con dedos que olían a jabón de hospital, me levantó la barbilla para verme la cara al sol y después me pasó el brazo por los hombros como si lleváramos años caminando así. Me puse tiesa. No era el olor de él, ni sus manos; era algo intermedio, ni hombre ni mujer, que no sabía dónde poner. Pero no me soltó, y a los tres pasos descubrí que yo tampoco quería que me soltara.

Cruzamos una reja hacia donde el pasto se volvía grava y la grava, tierra: un galpón de lámina, camionetas negras en fila, hombres con chalecos que dejaron de hablar al vernos.

Entonces llegaron las pickups. Cuatro, embarradas hasta el techo, con un frenazo que levantó polvo. De la primera bajó una montaña de carne con la cabeza rapada y un chaleco táctico con manchas oscuras, ya secas, en el pecho. Los hombres del galpón se enderezaron solos.

Él me vio antes de acabar de bajar.

—¿Y de dónde salió esta vieja?

Tenía la voz de un motor. Anya no se movió.

—Chacal. ¿Ya limpiaste el oeste?

—Unas ratas. Nada. —No me quitaba los ojos de encima—. ¿Tu nueva, doctora?

—Es del Lobo.

Escupió a un lado.

—El jefe nunca trae a nadie. En todos estos años. —Dio un paso hacia mí—. ¿Qué le hizo esta para engancharlo? Seguro es espía. Trae micrófonos hasta en la panza.

Levantó la mano. Una mano que me habría tapado la cara entera.

Anya sacó algo de la bata con un movimiento tan corto que casi no lo vi: una barra negra, y en la punta, un chasquido azul. Se la puso al Chacal en medio de la frente.

—¿Lo que es del Lobo lo tocas tú? —Su voz no había cambiado de tono—. Sin su permiso, hasta una mosca que se le pare encima es delito de muerte.

El Chacal miró la punta de la barra, bizco. Yo no sabía entonces lo que pesaba el apellido Sarmiento en ese lugar, pero lo vi en la forma en que bajó la mano: despacio, como quien suelta algo que quema.

—Ya, doctora. Ya.

Se giró hacia mí. De cerca olía a gasolina y a otra cosa, dulzona, que preferí no reconocer.

—Óyeme bien, vieja. Si traicionas al jefe, o le pasas un dato a la Cobra, te desuello y hago una lámpara con tu piel.

Me temblaron las rodillas, pero Anya seguía con el brazo en mis hombros y no me dejó caer.

—Anda a bañarte, Chacal —dijo—. Hueles a lo que mataste.

Él gruñó algo, chasqueó los dedos y sus hombres se fueron detrás de él. Uno volteó a mirarme dos veces.

Anya me llevó hasta el borde de la pista de helicópteros, donde se acababa el cemento y empezaba la selva, y señaló con la barbilla una línea azul de montañas, muy lejos.

—¿Ves esa sierra? La cruzas, caminas doscientos kilómetros, y estás en México.

Se me abrió algo en el pecho. Doscientos kilómetros. Se camina, se camina. La sierra era una línea y las líneas se cruzan.

—Esos doscientos kilómetros de selva —siguió Anya, con la misma voz— tienen por lo menos tres mil minas. Solo la gente del Lobo conoce el camino. Y si te pierdes hacia tierra de los otros, vas a pensar que esto era el paraíso.

La línea azul siguió ahí. Solo que ya no era una línea.

"Afuera solo hay muerte. Yo te doy dolor, y también te doy vida." Lo oí con su voz, exacto, y lo peor no fue oírlo. Lo peor fue que una parte de mí lo agradeció. Que sentí alivio de tener una pared donde recargarme, aunque la pared fuera él. Otra parte, más chiquita, con la voz de mi mamá cuando me regañaba, dijo: eres una persona, Sol. No una mascota. No te acostumbres.

Me quedé entre las dos voces, mirando la sierra, hasta que Anya me jaló del hombro.

El pabellón médico era el edificio gris de tres pisos. Subimos hasta arriba. El tercer piso olía a formol y a incienso, y el pasillo terminaba en una sala larga con vitrinas del piso al techo.

Había escarabajos del tamaño de una mano, ordenados por color; mariposas azules como platos, clavadas con alfileres; una serpiente enrollada en un frasco, con la boca abierta. Y frascos, muchos frascos, con cosas que flotaban.

—Si te hiciera espécimen —dijo Anya detrás de mí, muy cerca—, congelando ese miedo que traes en la cara, serías la joya de mi colección.

Di un paso atrás y mi espalda pegó contra algo de vidrio. Volteé. A diez centímetros de mi nariz, en un frasco de boca ancha, flotaba un corazón. Humano. Con sus tubos cortados y la carne color de carne.

Grité. Las piernas se me doblaron y Anya me atrapó por la cintura antes de que llegara al piso, y se rio con la cara metida en mi pelo.

—Es broma, conejita. Bueno, el corazón no. Es de uno que pisó una mina. Lo uso para enseñar.

Me sostuvo así, con las dos manos en mi cintura, más tiempo del que hacía falta para que yo volviera a pararme sola. Después me llevó a su oficina, alfombra persa e incienso, y sirvió té de una tetera que tenía en una parrilla. Me puso la taza entre las manos. Soplé.

Anya se sentó frente a mí y se quedó mirándome la boca, enrojecida por el vapor, con la cabeza ladeada, como cuando miraba sus vitrinas.

—Oye, conejita —dijo—. El Lobo… ¿te ha besado?

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