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AL DIABLO EL ARGUMENTO YO SOY MEHMET

AL DIABLO EL ARGUMENTO YO SOY MEHMET

Status: En proceso
Genre:Edad media / Traiciones y engaños
Popularitas:561
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

MARIO MILLER

Todo había sido meticulosamente planeado. La identidad que había elegido no era improvisada: era sólida, creíble, construida sobre cimientos profundos y cuidadosamente dispuestos. Yo era ahora Mario Miller, el hijo adoptivo del respetado comerciante Miller, un hombre de buena posición y amplias conexiones en la ciudad. Los documentos estaban en regla, las historias coincidían, los conocidos hablaban de mí como de alguien que siempre había estado allí. No habría preguntas incómodas, ni sospechas, ni miradas de desconfianza. Una nueva vida, limpia y sin sombras, esperaba por mí. Y con esa identidad, ningún camino se me cerraría. Todo estaba pensado hasta el más mínimo detalle.

La fiesta de debutantes era uno de los eventos más importantes del año en la alta sociedad veneciana. Luces doradas, música de violines que llenaba los salones amplios, vestidos de seda y encaje que se movían como olas de colores entre la multitud. Todo parecía brillante y perfecto, pero yo sabía que bajo esa fachada relucía también la crueldad de las apariencias. Recorrí el salón con calma, saludando aquí y allá, cumpliendo con mi papel, hasta que la vi. Estaba de pie cerca de una columna, sola, con una copa en la mano que apenas tocaba, y una belleza que destacaba sobre todas las demás, precisamente porque no intentaba competir con nadie. Era Cecilia. Vestía de un tono azul profundo que le sentaba maravillosamente, pero su postura era la de alguien que esperaba que terminara cuanto antes.

Me acerqué lentamente, y mientras lo hacía, escuché los murmullos cortantes que se filtraban entre la música:

—Es una bastarda, dicen…

—Nadie la ha sacado a bailar en toda la noche…

—¿Qué joven decente querría ser visto con ella?…

Sonreí para mis adentros. Perfecto, pensé. Nadie la reclama. Nadie la protege. Y eso la hacía mía para acercarme sin rivales.

Me detuve ante ella y le ofrecí mi mano con una sonrisa amable y segura.

—¿Me permitiría este baile, señorita?

Levantó la vista, sorprendida. Sus ojos brillaron con una mezcla de incredulidad y gratitud.

—¿Conmigo? —susurró—. Seguro hay muchas otras que…

—Yo no quiero bailar con ninguna otra —le dije suavemente—. Quiero bailar contigo.

Puso su mano en la mía y salimos al centro del salón. Mientras nos movíamos al ritmo lento de la música, le susurraba al oído palabras dulces, cumplidos sinceros sobre su belleza, sobre cómo se veía demasiado hermosa para estar sola en un rincón. Sus mejillas se sonrosaban cada vez más, y su sonrisa, tímida al principio, se volvió más confiada, más luminosa. Sentía cómo se relajaba entre mis brazos, cómo olvidaba los murmullos del resto del mundo. Bailamos varias veces, y entre baile y baile bebimos un poco más de vino, hasta que la atmósfera se volvió cálida, íntima, como si solo existiéramos nosotros dos en ese salón inmenso.

Más tarde, en la penumbra de un pasillo apartado, lejos de las miradas curiosas, la tomé entre mis brazos y la besé. No se apartó. Respondió al beso con una mezcla de timidez y anhelo, como si llevara mucho tiempo esperando que alguien la viera de verdad. La llevé suavemente hacia una habitación privada que ya había reservado con antelación, lejos del ruido y de las luces. Allí, entre sombras y respiraciones entrecortadas, la desnudé con lentitud y respeto, y nos fundimos el uno en el otro, sin prisa, sin miedo.

—Eres mía —le susurraba al oído, presa de la excitación que crecía entre nosotros—. Toda tú… mía…

Y ella gemía bajo mi cuerpo, entregándose sin reservas, respondiendo a cada caricia, a cada palabra, a cada momento de unión que parecía no tener fin. Nos amamos durante horas, perdiendo la noción del tiempo, hasta que la luz grisácea del amanecer empezó a filtrarse por las cortinas de la ventana.

Cuando despertó a mi lado a la mañana siguiente, abrió los ojos lentamente, miró a su alrededor y luego me miró a mí, con sorpresa y una pequeña dosis de incertidumbre empezando a asomar en su mirada. No le di tiempo a pensar, a arrepentirse, a cuestionar lo que habíamos vivido. La atraje hacia mí suavemente y la besé de nuevo, y una vez más la hice mía, despacio, con certeza. Esta vez no hubo timidez. No hubo dudas. No se resistió en absoluto. Se entregó completa a mí, abrazándome con fuerza, como si supiera en lo más profundo de su ser que, desde esa noche, ya no había vuelta atrás. Era mía. Y yo… yo la había conquistado no por la fuerza, sino por la única puerta que realmente importa: la de su propia voluntad.

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