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De las cenizas, me levanté

De las cenizas, me levanté

Status: Terminada
Genre:Mujer despreciada / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:367
Nilai: 5
nombre de autor: Rere ernie

Valentina Montero lleva siete años entregándole todo a su matrimonio. Vendió la herencia de sus padres, levantó una empresa desde la quiebra y renunció a su propia vida para que Andrés Fuentes alcanzara el éxito. Pero la noche en que él recibe el premio de Empresario del Año, en lugar de agradecerle, pronuncia el nombre de otra mujer frente a cientos de invitados. Minutos después, le entrega los papeles de divorcio ya firmados. Camila Gallardo, joven, ambiciosa y conectada con una de las familias más poderosas del mundo empresarial, ocupa ahora su lugar.

Sin hogar, sin familia y con la dignidad hecha pedazos, Valentina se niega a hundirse. Con la experiencia que ganó en años de trabajo invisible, consigue un puesto directivo en una de las corporaciones más importantes del país. Poco a poco, la mujer que todos descartaron empieza a brillar con luz propia. Y mientras ella asciende, la vida de quienes la humillaron comienza a desmoronarse: secretos enterrados salen a la luz, alianzas se quiebran y el arrepentimiento llega demasiado tarde.

En medio de su renacimiento, un hombre poderoso que la conoce desde mucho antes de que el mundo le diera la espalda empieza a demostrarle que el amor no siempre tiene que doler. Pero Valentina ha aprendido a desconfiar, y abrirle el corazón a alguien de nuevo es un riesgo que no sabe si está dispuesta a correr, sobre todo cuando las rivales que quieren verla destruida no se han dado por vencidas.

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Episode — 13.

Capítulo 13

Camila no le quitó los ojos de encima. Esperaba una respuesta, pero el hombre que tenía enfrente guardó silencio durante un buen rato.

Al fin, Andrés exhaló despacio.

—Camila, no me voy a arrepentir de casarme contigo.

Las palabras sonaron firmes. Sin embargo, Camila percibió algo que no encajaba. Andrés no había dicho que no se arrepentía de haberse divorciado de Valentina. Solo dijo que no se arrepentiría de casarse con ella. La diferencia era sutil, pero suficiente para revolverle las entrañas.

—Estás esquivando mi pregunta.

—No la estoy esquivando.

—Entonces respóndeme con claridad. —Camila dio otro paso hacia él; su expresión se había vuelto afilada—. ¿Empiezas a lamentar haber perdido a Valentina?

Andrés contempló la superficie del escritorio unos segundos antes de levantar la cabeza.

—Solo estoy entendiendo algo en lo que antes nunca me detuve a pensar.

Camila frunció el ceño y dejó escapar el aire entre los dientes.

—¿Qué quieres decir?

—Durante siete años, Valentina se ocupó de demasiadas cosas en mi vida. —Andrés habló con un tono neutro, como si se dirigiera a sí mismo. Tenía la mirada vacía, la mente extraviada en algún rincón del pasado—. Cada vez que se me desordenaba la agenda, ella me lo recordaba. Cuando me saltaba las comidas por culpa de alguna reunión, me enviaba almuerzo a la oficina. Si olvidaba un documento importante en casa, ya me lo había llevado antes de que yo me diera cuenta.

Soltó una risa hueca.

—Hasta la talla del traje que llevo puesto hoy... siempre la encargaba ella.

Camila apretó los puños; los dientes le rechinaron de contener la rabia.

—¿Me estás comparando con ella?

—No.

—¡Claro que sí! —La voz de Camila se elevó—. ¿Desde cuándo empezaste a recordar todas las bondades de esa mujer?

Andrés no respondió. Ni él mismo lo sabía con certeza. Quizás desde que llegaron los resultados del hospital. O quizás desde que vio a Valentina marcharse sin suplicar que la retuvieran.

Camila respiró hondo para sofocar la ira.

—Andrés, escúchame bien. Valentina estuvo a tu lado cuando todavía no eras nadie... lo reconozco. Pero las cosas cambiaron. El mundo de los negocios no se sostiene solo con lealtad. Necesitas redes de contacto, inversión y alianzas estratégicas. Todo eso lo tengo yo.

—Lo sé. —Andrés asintió con sequedad.

—Entonces deja de pensar en el pasado. —Camila le tomó la mano con fuerza, como si temiera que él se le escapara—. Vamos a casarnos. Vamos a formar una familia, a llevar tu empresa mucho más alto. Y también... vamos a tener hijos. No como cuando estabas con Valentina, porque esa mujer era estéril. Yo ya me hice estudios: el médico dijo que mi útero está en condiciones perfectas, así que seguro tendremos hijos pronto.

Las últimas palabras tensaron el cuerpo de Andrés de golpe. Los dedos se le cerraron sobre el muslo sin que lo advirtiera. La imagen de los resultados que lo declaraban infértil volvió a cruzarle la mente. Seguía guardando ese secreto bajo llave: ni siquiera Camila, su futura esposa, sabía nada.

No se atrevió a mirarla a los ojos, temeroso de que la mentira se le notara en la cara.

Bajó la vista hasta la mano de Camila, entrelazada con la suya. Por alguna razón, el contacto le resultó ajeno. Sin proponérselo, la imagen de Valentina reapareció.

Antes, cada vez que llegaba a casa agotado, Valentina no lo acribillaba a preguntas. Solo le ofrecía un vaso de agua tibia y decía: «Ve a ducharte primero. Después me cuentas, si quieres».

Ahora, eran justamente esos pequeños recuerdos los más difíciles de olvidar.

En la planta de operaciones del Grupo Valverde, Valentina encabezaba su primera reunión como gerente general. Frente a ella, una docena de jefes de división.

Abrió la computadora portátil y fue directo al punto.

—He revisado los informes operativos de los últimos tres meses. En términos generales, los resultados son buenos, pero hay procesos que siguen generando costos excesivos sin mejorar la productividad.

En el proyector aparecieron varias gráficas.

—El sistema de distribución entre almacenes sigue usando las mismas rutas sin importar que el volumen de mercancía haya variado. Como consecuencia, los costos logísticos subieron casi un dieciocho por ciento respecto al periodo anterior.

Los jefes de división se miraron entre sí. No esperaban que una mujer con apenas unos días en el puesto hubiera detectado el problema.

—Propongo redistribuir las rutas de envío en función de la zona y el volumen real. La simulación que elaboré demuestra que la empresa puede ahorrar hasta un once por ciento mensual en costos operativos.

Un gerente de mayor antigüedad levantó la mano.

—Señora Montero, ¿calculó el impacto en los tiempos de entrega?

—Sí. —Valentina cambió de diapositiva—. Con este esquema, los tiempos de entrega se reducen en promedio un doce por ciento.

Cada dato estaba respaldado; no hubo una sola afirmación sin sustento. Varios asistentes comenzaron a asentir.

—La propuesta es muy interesante.

—Estoy de acuerdo.

—Podemos arrancar una prueba piloto de inmediato.

La reunión que se esperaba de dos horas terminó en sesenta minutos; todo fluyó con eficacia. Cuando los participantes salieron, uno de los empleados le susurró a su compañero:

—Con razón el señor Valverde la nombró gerente general directamente.

—Sí, piensa rapidísimo.

—Y explica todo de una forma que se entiende a la primera.

Sin que nadie lo notara, desde detrás del vidrio de su despacho en el piso superior, Santiago había seguido la reunión a través del monitor conectado a la sala de presentaciones.

Su asistente estaba de pie a un costado.

—Señor, resulta que su evaluación era correcta.

Santiago mantuvo la vista en la pantalla.

—No estoy probando que yo tenía razón. Solo me aseguro de que alguien competente no pierda su oportunidad por culpa de su pasado.

Apagó el monitor.

—A partir del próximo mes, incluya a la señora Montero en la evaluación de todas las subsidiarias.

La asistente se sorprendió levemente.

—Ese es un proyecto que normalmente usted supervisa de forma directa.

—Precisamente por eso. Quiero saber hasta dónde llega su capacidad.

—Entendido.

Por la tarde, Andrés acababa de salir de una reunión cuando su secretario volvió a acercársele.

—Señor, hay algo que probablemente le convenga saber.

—¿Qué?

—El Grupo Valverde anunció hoy el nombramiento de su nueva gerente general de la División de Operaciones.

—¿Y?

El secretario le tendió una tableta.

—Su nombre es... Valentina Montero.

La mano que ya se estiraba para tomar el dispositivo se detuvo en el aire. Sin perder un segundo más, Andrés se lo arrebató. En la pantalla apareció la foto de Valentina con un blazer blanco y una sonrisa profesional, acompañada de un breve comunicado sobre su nuevo cargo.

Debajo de la nota, decenas de empresarios le enviaban felicitaciones. Algunos elogiaban su trayectoria; otros mencionaban que el Grupo Valverde había conseguido a una profesional de primer nivel.

Andrés lo leyó todo sin parpadear, y un peso creciente se le fue acumulando en el pecho. Llevaba apenas unos días fuera de la empresa y de la casa de los Fuentes... y Valentina no se había derrumbado. Al contrario: esa mujer estaba volviendo a brillar.

Él había asumido que Valentina era una empleada común dentro de la compañía de Santiago. Pero la realidad era otra: ocupaba la gerencia general de Operaciones, un puesto estratégico al que solo se accede con capacidad y experiencia sólidas.

Un miedo genuino lo invadió. Miedo de que algún día Valentina dejara de necesitarlo para cualquier cosa. Y más que eso: miedo de que la mujer que siempre había estado a su sombra alcanzara el punto en que el nombre de Andrés Fuentes dejara de significar algo para ella.

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