EL PRECIO DE DESEARTE
Valeria jamás imaginó que una noche pudiera cambiar su vida para siempre.
Adrián apareció cuando ella más necesitaba respuestas… y menos podía permitirse confiar en alguien.
Él guarda un secreto.
Ella esconde un pasado.
Y entre ambos nace una atracción tan intensa como peligrosa.
Pero cuando el deseo se mezcla con mentiras, nadie sale ileso.
Porque enamorarse de Adrián no será su mayor error.
Será descubrir por qué él la eligió.
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LA HABITACIÓN QUE NUNCA EXISTIÓ
El polvo todavía flotaba en el aire.
Valeria permanecía frente a la puerta de hierro.
El número 7 parecía observarla.
Durante años había soñado con aquella habitación sin comprender por qué.
Ahora estaba frente a ella.
Y, por primera vez, tenía la oportunidad de entrar.
Adrián se acercó.
—¿Estás preparada?
Valeria negó lentamente.
—No.
Él tomó su mano.
—Entonces entraremos juntos.
Isabel los observó.
Una tristeza profunda apareció en sus ojos.
—Antes de abrirla, hay algo que deben saber.
Nicolás se volvió hacia ella.
—Isabel...
—Ya no puedo seguir callando.
Valeria la miró.
—¿Qué?
Isabel señaló la puerta.
—Esta habitación no pertenecía a tu padre.
Valeria frunció el ceño.
—Entonces, ¿a quién?
—A Alejandro.
Adrián levantó la mirada.
—¿A mi padre?
Isabel asintió.
—Él la construyó después de descubrir que la organización estaba infiltrando instituciones enteras.
—¿Y qué guardaba aquí?
—La prueba de que estaba trabajando contra ellos.
Adrián apretó la mandíbula.
—Entonces mi padre nunca fue uno de ellos.
—No.
Isabel lo miró directamente.
—Alejandro arriesgó su vida durante años para destruirlos desde dentro.
Adrián cerró los ojos.
Toda su vida había cargado con las dudas sobre su padre.
Ahora empezaba a comprender.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Porque si lo sabías, te convertías en un objetivo.
Valeria miró a Isabel.
—¿Y mi padre?
—Julián era quien guardaba las pruebas.
Nicolás agregó:
—Y tú eras la última pieza.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Yo?
Isabel asintió.
—Tu padre descubrió que alguien dentro de la organización había creado un sistema para borrar personas de los registros oficiales.
—Por eso dijiste que fabricaban identidades.
—Sí.
—¿Y yo?
Isabel tomó aire.
—Tú fuiste incluida en ese sistema cuando eras una niña.
Valeria se quedó inmóvil.
—¿Me borraron?
—De ciertos registros.
—¿Por qué?
—Para que nadie pudiera encontrarte.
Adrián acarició su mano.
—Y funcionó.
Isabel lo miró.
—Durante muchos años.
Un ruido lejano interrumpió la conversación.
Nicolás miró hacia el túnel.
—Tenemos que entrar.
Adrián introdujo la llave en la cerradura.
Giró.
Un mecanismo antiguo comenzó a moverse.
La puerta se abrió.
Dentro había una habitación mucho más grande de lo que esperaban.
Estanterías llenas de documentos.
Cajas.
Fotografías.
Un viejo escritorio.
Y en la pared del fondo, una enorme fotografía.
Alejandro.
Julián.
Isabel.
Elena.
Gabriel.
Y un sexto hombre.
Valeria se acercó.
—Él.
El hombre del anillo.
Pero esta vez su rostro era visible.
Valeria sintió un escalofrío.
—Es el mismo.
Adrián observó la fotografía.
—¿Quién es?
Isabel respondió:
—Su nombre es Mauricio Ferrer.
Valeria la miró.
—¿Ferrer?
Isabel bajó la mirada.
—Era mi esposo.
Valeria dejó de respirar.
—¿Qué?
Nicolás palideció.
—Isabel...
—Ya no tiene sentido ocultarlo.
Valeria miró nuevamente la fotografía.
—¿Ese hombre era mi padre?
Isabel negó rápidamente.
—No.
Valeria sintió alivio y confusión al mismo tiempo.
—Entonces, ¿qué era para ti?
—Mi esposo antes de conocer a Julián.
El silencio fue absoluto.
Isabel continuó:
—Mauricio entró en mi vida cuando yo era muy joven. Durante años creí que lo amaba.
—¿Y después?
—Descubrí quién era realmente.
Valeria miró el anillo.
—Él era parte de la organización.
—Sí.
—¿Y Julián lo sabía?
—Lo descubrió demasiado tarde.
Adrián observó una carpeta sobre el escritorio.
—Aquí hay algo.
La abrió.
Dentro había documentos con fechas.
Nombres.
Transferencias.
Y una fotografía de Mauricio junto a varios hombres.
Pero había algo más.
Una hoja escrita a mano por Alejandro.
Adrián comenzó a leer.
—“Si alguien encuentra esta habitación, significa que Mauricio descubrió nuestra infiltración.”
Isabel cerró los ojos.
—Alejandro sabía que lo estaban siguiendo.
Adrián continuó:
—“No confíen en Gabriel.”
Valeria miró a Isabel.
—¿Entonces Gabriel estaba involucrado?
—No como ellos.
—Pero Alejandro escribió que no confiaran en él.
Isabel respondió:
—Porque Gabriel tenía sus propios intereses.
Adrián siguió leyendo.
La siguiente frase lo hizo detenerse.
—“La persona que verdaderamente controla esta operación no aparece en ningún documento.”
Nicolás se acercó.
—Eso confirma lo que te dije.
—¿Qué?
—Mauricio no era el máximo responsable.
Valeria sintió que el misterio volvía a cerrarse sobre ellos.
—Entonces, ¿quién está detrás?
Nadie respondió.
Adrián pasó la página.
Había una última anotación.
“Si Alejandro desaparece, busquen a Isabel.”
Isabel se llevó una mano a la boca.
—No...
Valeria la miró.
—¿Qué significa?
Isabel negó con la cabeza.
—Significa que Alejandro sabía que iba a desaparecer.
Adrián levantó la mirada.
—¿Desaparecer?
Isabel asintió lentamente.
—No murió aquella noche.
Adrián se quedó completamente quieto.
—¿Cómo lo sabes?
Isabel lo miró.
—Porque yo lo vi después.
Valeria abrió los ojos.
—¿Cuándo?
—Dos días después de la muerte de tu padre.
Adrián dio un paso hacia ella.
—¿Dónde?
Isabel respiró profundamente.
—En un lugar donde jamás pensé encontrarlo.
—¿Dónde?
Antes de que pudiera responder, un teléfono comenzó a sonar.
Todos se quedaron inmóviles.
El sonido provenía de un viejo teléfono sobre el escritorio.
Nicolás lo miró.
—Eso no debería funcionar.
Adrián levantó el auricular.
—¿Sí?
Silencio.
Después una voz.
Una voz que Valeria reconoció.
La misma voz que había escuchado aquella noche.
La misma que había pronunciado su nombre desde el otro lado de la puerta.
—Adrián.
Él palideció.
—¿Quién eres?
La voz respondió:
—Pregúntale a Isabel dónde vio por última vez a Alejandro.
Adrián miró a Isabel.
—¿Dónde?
Ella estaba llorando.
La voz continuó:
—Porque si ella te dice la verdad, sabrás por qué tu padre sigue vivo.
La llamada terminó.
Valeria sintió que el corazón se le detenía.
—¿Sigue vivo?
Isabel levantó lentamente la mirada.
—Sí.
Adrián dejó caer el teléfono.
Y por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, el hombre que todos habían dado por desaparecido dejó de ser un recuerdo.
Alejandro estaba vivo.