Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 15
Capítulo 15: Sal
Alegra sabía que no debía entrar al estudio.
Lo sabía porque Héctor se lo había dicho el primer día. Lo sabía porque cada fibra de su sentido profesional se lo repetía. Lo sabía porque la última vez que había visto a Alejandro pintar —aquella primera noche, con los ojos oscurecidos y la puerta entreabierta— algo en su mirada le había dicho que ese espacio era sagrado. Inviolable. Un cuarto cerrado dentro de un hombre cerrado.
Y sin embargo.
Y sin embargo, el jueves a las nueve y media de la noche, la puerta del estudio estaba abierta.
No completamente abierta. Quince centímetros, como aquella primera vez. Lo suficiente para que el olor saliera como una ola: pintura, trementina, madera húmeda. Pero esta noche era distinto. Más denso. Más urgente. Como si alguien hubiera abierto todos los frascos al mismo tiempo y los estuviera usando con la desesperación de quien pelea contra el reloj.
Alegra se había quedado tarde terminando las minutas de una junta maratónica. El piso estaba desierto. Las luces del pasillo, apagadas. Solo el resplandor azul de su monitor y, detrás del cristal, la lámpara del escritorio de Alejandro.
Y la luz del estudio.
Debería haberse ido. Eran las nueve y media. Las minutas podían esperar. Don Felipe la estaba esperando en el estacionamiento —porque ahora Don Felipe siempre la esperaba, por instrucciones de un hombre que se negaba a admitir que le importaba si ella llegaba segura a casa—.
Pero el sonido la detuvo.
El susurro suave y rítmico de otras noches había desaparecido. Ahora el pincel golpeaba el papel: un trazo, otro, otro; rápidos, cortos, violentos. Una respiración entrecortada traducida en color.
Y entre los golpes, un silencio que pesaba.
Alegra se acercó a la puerta de la oficina. Estaba abierta —él nunca la dejaba abierta—. Cruzó el despacho. Sus zapatos no hicieron ruido sobre la alfombra. La puerta del estudio, esos quince centímetros de rendija, la esperaba como una invitación que nadie había extendido.
No entres. No es tu lugar. No es tu derecho. Vete a casa.
Se asomó.
Lo que vio le quitó el aire.
El estudio era un desastre. Papel por todas partes: en la mesa, en el suelo, pegado en la pared con cinta, arrugado en las esquinas. Frascos de pintura abiertos —azul, ocre, rojo, negro— con salpicaduras en la superficie de la mesa como gotas de sangre de colores. Pinceles usados en un vaso con agua turbia. El olor era tan espeso que Alegra podía saborearlo en la lengua.
Y en el centro de todo, Alejandro.
De pie. Sin saco. Sin corbata. Las mangas de la camisa enrolladas más arriba de los codos, dejando ver los antebrazos tensos, las venas marcadas bajo la piel. Pintura en las manos. Pintura en los nudillos. Una línea de azul oscuro le subía por el antebrazo derecho como un río que buscaba su cauce.
Pintaba de pie, inclinado sobre la mesa, con el pincel en la mano derecha y la izquierda apoyada en el borde con fuerza suficiente para que los nudillos se le pusieran blancos. Su respiración era audible: lenta, medida, controlada. Pero el control era el de un hombre que está conteniendo algo enorme con pura fuerza de voluntad, como quien sostiene una puerta contra una tormenta.
Cada trazo golpeaba el papel con urgencia. Líneas cortas, repetidas, obsesivas. El mismo movimiento una y otra vez. Curvas. Hoyuelos. La línea de una mandíbula. El arco de unos labios entreabiertos. Todo fragmentado, superpuesto, mientras intentaba capturar algo que se le escapaba cada vez que lo pintaba.
Los papeles del suelo tenían lo mismo. Decenas de variaciones del mismo rostro. El mismo rostro que ella había encontrado en la basura. El mismo rostro que llevaba semanas guardado en su bolsillo sin descifrar.
Pero ahora, viéndolos todos juntos —en la pared, en la mesa, en el suelo—, algo se movió en la periferia de su comprensión. Un reconocimiento que todavía no llegaba del todo pero que le puso la piel de gallina.
Alejandro hundió el pincel en el frasco de azul. Lo sacó goteando. Levantó la mano.
Se detuvo.
El pincel quedó suspendido sobre el papel. Una gota de pintura cayó y se expandió como una estrella en la superficie blanca. Él no la corrigió. Se quedó inmóvil, con la mano en el aire, mirando el papel con una expresión que Alegra no le había visto nunca.
La concentración se le había podrido en hambre.
Un hambre que no tenía nada que ver con comida. Un hambre que le oscurecía los ojos y le apretaba la mandíbula y le tensaba cada músculo del cuerpo como un arco a punto de soltar la flecha.
Alegra dejó de respirar.
Y él la sintió.
Como la primera vez. Antes de verla, antes de oírla, la sintió. Un cambio en el aire. Una presencia en el umbral que alteró la presión del cuarto como la puerta de un avión que se abre en pleno vuelo.
Se volvió despacio.
Sus ojos.
Dios, sus ojos.
Las pupilas se habían comido el iris y vuelto negros aquellos ojos que Alegra llevaba ocho semanas catalogando. Más profundos. Más hambrientos. La atravesaron con la intensidad de un cuchillo caliente en mantequilla.
El pincel goteaba en su mano. La pintura azul le caía por los dedos, por la muñeca, manchándole el antebrazo con líneas que parecían venas abiertas.
—Sal.
Una palabra. Una sílaba. Pronunciada con la voz más baja que Alegra le había oído: tan baja que era casi un susurro, tan controlada que temblaba en los bordes como una cuerda de guitarra a punto de reventarse.
Sonó a advertencia, aunque debajo había un ruego.
Sal. Antes de que pase algo que no puedo controlar.
Alegra no se movió.
No porque fuera valiente. No porque quisiera desafiarlo. Sino porque sus piernas habían dejado de obedecerle. Porque la forma en que él la miraba —con esos ojos oscurecidos, con ese pincel goteando, con la pintura corriéndole por la piel como si su cuerpo entero estuviera sangrando color— le había desconectado algo entre el cerebro y las rodillas.
—Señor Montero, yo...
—Sal. —Más bajo. Casi inaudible. Y esta vez, ella escuchó lo que él no dijo: por favor.
Se movió. Un paso atrás. Dos. El umbral la recibió como una frontera que no debería haber cruzado. La puerta se cerró entre ellos, y el sonido del cerrojo fue como un disparo en el silencio del piso dieciocho.
Alegra se quedó en el pasillo.
No se recargó en la pared como la primera vez. Se quedó de pie, con las manos temblando y el corazón golpeándole las costillas como si quisiera salir a buscarlo.
¿Qué fue eso?
Conocía la respuesta. La había conocido desde la primera noche, cuando sus ojos oscurecidos la encontraron en el umbral y algo primitivo, algo anterior al lenguaje y a la razón, le dijo exactamente lo que esos ojos significaban.
Pero admitirlo era otra cosa.
No estaba enojado. No estaba irritado. No me dijo "sal" porque le molestara mi presencia. Me dijo "sal" porque mi presencia lo...
No terminó el pensamiento. No se atrevió.
Se fue. Caminó al elevador. Bajó dieciocho pisos. Se subió al auto de Don Felipe, que la esperaba con la paciencia infinita de los hombres buenos.
—¿Todo bien, señorita?
—Sí, Don Felipe. Todo bien.
No era cierto. Nada estaba bien. Todo estaba al revés, como un cuadro colgado de cabeza que de pronto revela otra imagen.
En el estudio, Alejandro Montero soltó el pincel. Le temblaban las manos. No de frío —sus manos siempre estaban frías, pero esto era diferente—. De algo que no tenía nombre en su vocabulario controlado y preciso.
Se miró las manos. Azul hasta las muñecas. Ocre en los nudillos. Un rastro de rojo en el pulgar que parecía sangre.
Miró los papeles. Docenas de ellos. El mismo rostro. Los mismos hoyuelos. La misma sonrisa que no había pedido permiso para instalarse en su cabeza y que llevaba semanas pintando como un exorcismo que no funcionaba.
Cerró los ojos. Su respiración se normalizó. El control regresó, tímido, débil, como un animal maltratado que vuelve porque no tiene adónde más ir.
Abrió los ojos.
Tomó todos los papeles de la pared. Los de la mesa. Los del suelo. Los apiló boca abajo, como siempre. Los guardó en el cajón que cerraba con llave, donde vivían los demás. El cajón ya casi no cerraba.
Se lavó las manos. El agua azul corrió por el lavabo como si el cielo se estuviera destiñendo.
Se puso el saco. Se ató la corbata. Se miró al espejo. La máscara estaba en su lugar. Cada pieza donde debía estar.
Pero debajo de la máscara, en el lugar donde guardaba las cosas que nadie veía, un pensamiento se repetía con la insistencia de un latido:
Si no se hubiera ido, no habría podido parar.
Apagó la luz del estudio. Cerró con llave. Dos vueltas.
Y mientras Don Felipe lo llevaba a casa —porque el chofer había vuelto después de dejar a Alegra, como todas las noches, como si llevarla a ella primero fuera parte del protocolo aunque nadie lo hubiera establecido—, Alejandro Montero miraba la ciudad pasar por la ventanilla y se preguntaba cuántos milímetros de control le quedaban.
Y cuántos necesitaría cuando finalmente se terminaran.