Harold era un médico incapaz de concebir, tras su muerte descubre que ahora es Sayon, el esposo Omega de Lebrón Kambell que ha permanecido encerrado en una jaula de oro alejado de la civilización por ese Alfa, Lebrón.
Con la misión que le pidió el verdadero Sayon de recuperar y proteger a su hijo de cinco años, Dion, que es el verdadero protagonista de la novela, Sayon tendrá que idear un plan para escapar de su prisión de oro y salvar al hijo que Lebrón le arrebató al nacer ya que era el hijo de Sayon con otro hombre, otro Alfa al que Lebrón odiaba profundamente.
Y así Sayon inicia su escape de un Alfa dominante que no quiere soltarlo.
Y así inicia la historia de estos tres, un Alfa que se aferra a buenas y malas a un Omega, un Omega reencarnado que no quiere ser encerrado y un niño Omega que solo quiere a sus padres.
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Capitulo 4
Sin embargo, a pesar de todo el amor que aquellos dos ancianos le dieron, Dion nunca volvió a sonreír como un niño normal.
Tampoco volvió a buscar a sus padres. Algo dentro de él se había apagado para siempre; estaba vacío, no soñaba con nada y, sobre todo, no confiaba en nadie.
Los años pasaron y Dion continuó viviendo situaciones miserables, soportando humillaciones y descubriendo poco a poco la verdad sobre su origen. Finalmente, un hombre que decía ser su abuelo lo acogió y le entregó gran parte de su herencia.
Pero ni siquiera el dinero consiguió borrar las heridas que llevaba dentro.
Dion siempre había sido objeto de burlas y humillaciones. Cuando la gente lo veía, algunos murmuraban cosas a sus espaldas.
—Ahí está el hijo del adulterio de ese Omega promiscuo.
—Es una vergüenza que esté aquí.
—¿Cómo puede atreverse a aparecer después de lo que hizo su madre?.
—No tiene vergüenza. Es igual que ella.
Dion sabía que su madre había sido infiel a su esposo y que él había nacido como consecuencia de aquella relación.
Precisamente por eso había sido señalado durante toda su vida. Conocía la historia, aunque nunca había conocido a su padre, y, de cierta manera, había llegado a odiar a su propia madre por todo lo que había ocurrido.
En una ocasión, decidió intentar hablar con el antiguo esposo de su madre. Era un hombre temido, asquerosamente rico y relacionado, según los rumores, con la mafia. Vivía como un ermitaño, completamente alejado de todo el mundo, encerrado en una enorme mansión vacía, desprovista de cualquier rastro de calor humano.
Aquel hombre no tenía hijos. Estaba completamente solo en aquella casa, encerrado en aquella habitación y en sus propios recuerdos.
Dion quería hablar con él, quería preguntarle muchas cosas, pero había un problema: la propiedad estaba llena de perros realmente peligrosos.
Por eso decidió pedir ayuda a un hombre que había sido el antiguo asistente del ermitaño y que ahora dirigía todas sus empresas. Para bien o para mal, aquel hombre aceptó ayudarlo. Seguía siendo leal a su antiguo jefe a pesar de todo lo que había ocurrido y, de alguna manera, pensó que quizá conocer a Dion podría ayudarlo.
Así fue como Dion y el asistente llegaron hasta aquella casa.
El asistente calmó a los perros, animales que él mismo había criado junto a su antiguo empleador, y permitió que Dion continuara solo mientras él se quedaba atrás.
Todo estaba desolado. La casa parecía llevar años sin recibir una visita, cubierta de polvo y silencio, como si la falta de calor humano se hubiera quedado impregnada en cada rincón.
Dion recorrió los pasillos llamando al hombre, pero no obtuvo respuesta. Siguió buscando hasta encontrar una habitación cuya puerta estaba entreabierta. Entró lentamente y, aunque el lugar estaba oscuro, consiguió distinguir una figura sentada en la penumbra.
Era aquel Alfa.
Estaba sentado frente a la cama, inmóvil, mirándola sin siquiera pestañear, como si estuviera esperando que alguien regresara a ella. Parecía un hombre que había perdido algo hacía mucho tiempo y que, sin embargo, seguía esperando que aquello volviera.
Dion entró unos pasos más y lo llamó.
—¿Señor...?
El hombre levantó lentamente la cabeza.
Lo observó durante unos segundos y, de repente, como si hubiera visto un fantasma, se abalanzó sobre él.
Dion cayó al suelo mientras el Alfa lo sujetaba con fuerza, llamándolo por el nombre de su difunto esposo, la madre de Dion.
—¡Volviste...! ¡Volviste!
Dion intentó apartarlo, completamente aterrado, pero aquel hombre parecía estar en un mundo completamente ajeno a la realidad.
No veía a Dion. No veía al niño que tenía delante. Solo veía a la persona que había perdido.
Por poco ocurrió algo terrible si no hubiera sido por la intervención del asistente, que apareció en el último momento y consiguió sujetar a su jefe con dificultad.
—¡Dion, vete! ¡Ahora!
Dion no necesitó que se lo repitiera. Corrió fuera de la casa, olvidándose por completo de las preguntas que había ido a hacer. Solo quería alejarse de aquel lugar.
En su desesperada huida, uno de los perros alcanzó a morderle la mano, pero Dion ni siquiera se detuvo. Aunque la sangre comenzaba a correr por su piel, siguió corriendo, aturdido y asustado, mientras detrás de él aquel hombre continuaba gritando desesperadamente el nombre de su madre.
Aquel Alfa parecía obsesionado con algo que jamás volvería, con alguien que había perdido y que, de alguna manera, lo había destruido por completo.
De verdad que aquella novela era horrible.
¿Por qué la leía Aisha?
¿Dónde estaba el «vivieron felices y comieron perdices»?
¿Por qué tenía que sufrir tanto aquel pobre niño?
Después de aquel suceso, la historia apenas volvía a mencionar al Alfa. Algunos decían que había sido ingresado en un hospital psiquiátrico, mientras que otros aseguraban que simplemente había muerto. Nadie sabía realmente qué había sido de él.
Y así, el tiempo continuó pasando.
Dion creció llevando consigo todas aquellas heridas, intentando vivir mientras huía de los sentimientos que siempre había considerado una debilidad. Sin embargo, al final ocurrió algo que ni siquiera él pudo evitar.
Se enamoró.
Se enamoró de un chico.
Un Alfa.
El único problema era que aquel Alfa ya estaba comprometido con otro Omega.
acá me tiene padeciendo por más capitulos, no hay derecho