A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.
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Capítulo 1
Capítulo 1. Lo que se oye detrás de una puerta
Llegué al hospital con la buena noticia caliente en el pecho, como quien lleva una brasa entre las manos y reza para que no se le apague antes de tiempo.
Había movido cielo, mar y contactos para conseguir la cita con el doctor Palencia, el mejor especialista en reproducción de todo el país, un hombre al que la gente esperaba meses. A mí me había costado tres años de intentos, dos de silencio y una llamada de madrugada a un exalumno de mi maestro. Pero lo tenía. Un sobre con la cita confirmada, y adentro, sin decírselo a nadie todavía, la esperanza de que a lo mejor no era yo la del problema. De que a lo mejor todavía había remedio.
Quería decírselo a Gustavo antes que a nadie. Subí al cuarto piso pensando en su cara, en cómo le brillaban los ojos las pocas veces que se le olvidaba fingir. Doña Carmen llevaba tres semanas internada y yo había pasado por ahí cada tarde con caldo, con estampitas de la Virgen, con esa terquedad de nuera que se cree que a fuerza de servir se gana un lugar.
La puerta del cuarto estaba entreabierta. Iba a empujarla cuando oí mi nombre. Y una nunca debería empujar una puerta detrás de la cual acaban de decir su nombre.
—Ya, Ernesto, no te enojes. —La voz de Gustavo, blanda, de niño consentido—. Regina anda en lo suyo. Nomás no le digan nada todavía.
—¿Y qué le vamos a decir? —Mi suegro, seco como siempre—. Trece años, Gustavo. Trece años y esta familia sigue sin un nieto. Nosotros no somos gente de mala entraña, pero hay cosas que la sangre no perdona.
—Es que a mí me da lástima. —Ahí fue doña Carmen, débil desde la cama, y sin embargo cada palabra me entró como aguja—. Buena muchacha, eso sí. Servicial. Pero una mujer que no puede darnos un hijo... ¿de qué nos sirve tanta bondad? Esa mujer está seca, hijo. Seca. No es culpa de nadie, pero así es.
Esperé. Esperé que Gustavo dijera algo. Que dijera "es mi esposa", que dijera "no hablen así de ella", cualquier cosa. Trece años pesan. Trece años tienen que valer una sola frase.
—Pues sí —dijo, y oí una risita que no era la suya, una risita fresca, joven—. Yo ya hice mi parte. Ni modo.
Y esa otra voz, la de la muchacha, dijo bajito, coqueta, sin saber que yo estaba del otro lado de tres centímetros de madera:
—Ay, amor, no seas malo.
Amor.
Me quedé quieta. No lloré. Es raro, pero no lloré. Sentí primero el frío, un frío que me subió por las plantas de los pies como si el piso del hospital se hubiera abierto. Luego se me cerró la garganta. Luego entendí, con una claridad horrible y limpia, que la brasa que traía en las manos se me había apagado hacía mucho y yo no me había dado cuenta.
Bajé por las escaleras porque no confié en el elevador, en quedarme encerrada en esa caja de espejos con mi propia cara. Salí a la calle. Era invierno y la noche caía temprano sobre la ciudad, ese cielo morado de diciembre que en la Ciudad de México se pone bonito justo cuando una lo quiere feo. Me doblé contra la pared de una jardinera y el estómago se me revolvió. Vomité bilis, agua, nada. Las arcadas me sacudían como si el cuerpo tratara de expulsar trece años de golpe.
—Tenga.
No lo oí llegar. Levanté la cara y había un hombre joven de pie frente a mí, alto, de traje oscuro sin corbata, con esa clase de elegancia que no se compra en ninguna tienda. Me tendía una botella de agua abierta y, en la otra mano, un pañuelo de tela, blanco, planchado, de los que ya nadie usa.
—¿Le llamo a alguien, señora? —Su voz era baja, cuidadosa, como si yo fuera algo que se pudiera quebrar.
—No. —Tomé el agua porque la garganta me ardía—. Estoy bien. Gracias, joven.
Me miró un segundo de más. Hubo algo en esa mirada, algo que en otro momento me habría hecho detenerme, una sensación tibia y confusa de haberlo visto antes, en otra vida, en otro invierno. Pero yo no tenía cabeza para misterios esa noche. Le devolví la botella, no el pañuelo —el pañuelo se me quedó apretado en el puño sin que yo lo decidiera—, y me fui. Sentí sus ojos en mi espalda hasta la esquina.
Tomé un cuarto en el primer hotel que encontré. No quería la casa, no todavía. Me tiré en la cama con los zapatos puestos y me quedé viendo el techo. A la media hora sonó el teléfono. Gustavo.
—¿Bueno? —contesté con una voz que ni yo me reconocí.
—Mi amor, ¿dónde andas? —Miel pura—. ¿Qué te dijo el especialista? ¿Cómo te fue?
—Bien —dije—. Me fue bien.
—¿Y? Cuéntame.
—Mañana te cuento, señor Rendón. —Se me salió el "señor Rendón" antes de pensarlo, y del otro lado hubo un silencio pequeño, extrañado, que no supo leer—. Estoy cansada.
Colgué.
Volví a la casa de Las Lomas ya entrada la noche, cuando calculé que no habría nadie. La muchacha del servicio me abrió y bajó los ojos, me esquivó como se esquiva a un enfermo contagioso. Ahí supe que ella sabía. Que todos sabían menos yo.
Subí. En el bote de basura del baño, sin ninguna vergüenza, sin siquiera el trabajo de esconderlo, había un preservativo usado. En mi habitación. En mi cama. El joyero de la cómoda estaba abierto, revuelto; faltaba el juego de esmeraldas que me había regalado mi maestro cuando me gradué. Alguien se lo había probado. Alguien joven, con las manos torpes, se lo había llevado puesto y lo había devuelto mal.
No grité. Me senté en la orilla de la cama y respiré. Y entonces las vi.
Sobre el tocador había un ramo de gardenias, blanquísimas, recién cortadas, perfumando el cuarto con esa dulzura que aturde. Y junto al ramo, una tarjeta pequeña, escrita a mano con una letra firme que yo llevaba trece años sin poder descifrar:
"Feliz cumpleaños. Sola, pero libre. El futuro es tuyo."
Era mi cumpleaños. Se me había olvidado. A Gustavo también, claro. Pero a él no —a quien fuera que llevaba trece años mandándome gardenias cada diciembre sin firma, sin nombre, sin pedir jamás nada a cambio—, a él no se le había olvidado. Trece años. Un fantasma cortés que sabía mi fecha mejor que mi marido.
Me dormí sin quererlo, vestida, con la tarjeta en la mano.
Y soñé.
Soñé con una mujer que era yo y no era yo, con mi cara y mis años pero más vieja, más gastada, criando con devoción a un hijo que le juraban suyo. Soñé que la engañaban, que la vaciaban, que le quitaban todo con una sonrisa. Soñé una fiesta —globos, mariachi, un pastel enorme— y era el cumpleaños del niño, y la festejada de verdad era otra mujer, la madre de sangre, y a la que yo era la habían dejado morir sola dentro de un coche, en una carretera oscura, las manos frías sobre el volante. Vi mi propia boca abrirse sin voz. Vi a Gustavo brindando.
Desperté de golpe, empapada en sudor helado, con el corazón golpeándome las costillas. Todavía era de noche. La tarjeta seguía en mi puño.
No lo entendí. No traté de entenderlo. Pero algo dentro de mí, algo más viejo que el miedo, se puso de pie y no se volvió a sentar.
Prendí la lámpara. Marqué el único número que quería marcar en el mundo.
—¿Bueno? —La voz de Jimena, pastosa de sueño—. Regina, son las cuatro de la mañana, comadre, ¿qué pasó?
—Me voy a divorciar —dije. La voz no me tembló—. Necesito que me representes. Hoy.
Hubo un silencio del otro lado. La conocía: era el silencio de Jimena poniéndose los lentes, sentándose en la cama, volviéndose de golpe la abogada más filosa de la ciudad.
—A ver. Respira. ¿Estás en tu casa?
—Sí.
—¿Estás segura?
—Como no he estado segura de nada en trece años.
La oí sonreír. La oí encender la lámpara del otro lado de la ciudad.
—Dame hasta mañana, comadre. Te tengo el borrador.