Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 19
Capítulo 19 — La leona
Ese día en Panamá fue el más dulce que había tenido en meses, y por eso, ahora que sé cómo terminó, cuesta tanto contarlo.
Me llevó a comer al único restaurante de tres estrellas de la ciudad, uno de esos donde el pan vale lo que la despensa de mi casa en un mes. Pidió en tres idiomas sin despeinarse: al mesero en español, al sommelier en francés, al chef que salió a saludarlo en italiano. Yo, que fregaba pisos hacía dos semanas, no sabía ni cuál tenedor agarrar, y él, sin humillarme, sin mirarme siquiera, me fue acercando el correcto con un dedo cada vez que dudaba. Cuando vio que se me había enfriado la espalda por el aire acondicionado, se quitó el saco y me lo puso encima sin preguntar. Y cuando en la tarde, de tanto caminar entre aparadores donde compró para mí cosas que yo jamás me habría atrevido a tocar, se me reventó una ampolla en el talón por los zapatos nuevos, se agachó ahí mismo, en plena banqueta de lujo, me quitó el zapato y me pegó una curita que sacó no sé de dónde, con esos dedos que sabían de armas y de heridas.
—Listo —dijo—. Camina despacio.
—Gracias, Dan —se me escapó, y me sonó raro en la boca a plena luz, ese nombre que la noche anterior había sido secreto.
Él levantó la vista desde el suelo, todavía con mi zapato en la mano, y por un segundo no fue el Rey de nada. Fue nada más un hombre al que una mujer acababa de darle las gracias por una curita. Se guardó la sonrisa antes de que le creciera, pero yo la vi. Y yo, tonta, sentí que se me ablandaba el corazón. Tanto que empecé a tenerle miedo a eso más que a él. Porque los muros y las balas sabía cómo pelearlos. Contra la ternura no me habían enseñado defensa ninguna.
Por eso, en el avión de regreso, hice una última tontería de las mías. Todavía no me fiaba, todavía me guardaba las cartas, y quise medirlo. Le canté bajito, apoyada en su hombro, un pedazo de una canción que en mi tierra se oye en todas las radios, La valiente, la de "te amo aunque camine sola por el callejón oscuro". Se la canté como si fuera una declaración, mirándolo a los ojos, poniéndole a la voz un temblor que no sentía. Una jugada más. Que creyera que se me había metido dentro.
Él no dijo nada. Me acarició el pelo. Y yo, satisfecha de mí, me acomodé en su regazo y me hice la dormida para no seguir hablando.
Estaba así, fingiendo dormir, cuando su teléfono sonó.
Y sonó con La valiente. "Te amo aunque camine sola por el callejón oscuro", cantada por la radio, saliendo de su bolsillo, a todo volumen, en la cara.
Abrí los ojos. Él me miraba desde arriba con media sonrisa, la mano quieta en mi pelo.
—Bonita canción —dijo—. La puse de tono hace un rato. Para acordarme de lo mucho que me amas. —Se le afiló la sonrisa—. Cuando quieras engañarme, Ana, no uses una letra que cualquiera puede buscar en internet.
Me incorporé de golpe, con la cara ardiendo. Me había vuelto a ver el juego entero, como siempre, y esta vez me lo restregó. La primera grieta del día dulce.
Y en Almanegra me esperaba lo peor.
Había cena esa noche en el Torreón. Recibíamos a una invitada de peso, la hermana de Dante —Ángela, aunque todos le decían Angie—, y a un socio suyo de Cartagena, un tal Elías, moreno, guapo, de sonrisa fácil, que se pasó la velada picándose con Ángela como dos que se odian de mentira. Ella lo llamaba "el pirata"; él la llamaba "licenciada" con toda la burla del mundo. Se lanzaban pullas por encima de la mesa mientras negociaban cifras que a mí me daban vértigo, y yo, que sé leer a la gente, pensé: estos dos van a acabar mal, o van a acabar juntos, que a veces es lo mismo.
A mí, en cambio, Dante me sentó a su lado. Pero no como a una esposa. Me sentó pegada a él, sin silla propia casi, como se tiene a un animal de compañía al que se le acaricia la cabeza para lucirlo. Y de rato en rato se inclinaba y me decía al oído, con esa voz baja que solo yo oía, cosas para achicarme: que me estuviera quietecita, que sonriera, que no abriera la boca si no me lo pedían, que aprendiera a estar entre gente decente. Delante de su hermana. Delante del invitado. La misma boca que en Panamá me había pedido permiso ahora me humillaba en susurros.
Se me revolvió la tripa —todavía enferma— y se me llenaron los ojos, pero no lloré. Se me subió, en cambio, la rabia vieja, la de pobre, la que me había subido en el estacionamiento de sus coches. Y decidí que si iba a hacerme quedar como una muerta de hambre sin modales, pues iba a hacerlo bien. Comí. Comí de todo, dos raciones, con las manos cuando quise, y bebí, copa tras copa del vino que costaba una fortuna, mirándolo a los ojos mientras tragaba, retándolo. "¿Querías una que no sabe estar? Aquí la tienes." Ángela me miró desde el otro lado de la mesa con una ceja levantada y algo que no era desprecio. Casi respeto.
Antes de la cena había pasado otra cosa que yo no había sabido leer.
En el vestidor, mientras me arreglaban, él había entrado con una caja. Adentro había un broche: una leona tallada en una sola piedra, entera, magnífica, con la melena como llamas y una aguja larga y afilada por detrás. Me lo acercó al pecho, me lo prendió él mismo sobre el vestido, se echó atrás a mirarme… y después, despacio, lo desprendió otra vez.
—Todavía no —dijo, guardándolo en el bolsillo del pecho—. Aún no la mereces.
Y me mandó poner otro broche, uno cualquiera. Yo no entendí. Entendería mucho después lo que era esa leona, y a quién se le pone, y por qué no era todavía para mí. Esa noche solo sentí el desprecio.
La cosa estalló al volver a la Casa de las Orquídeas.
Yo venía envenenada de humillación y de vino; él, de yo no sé qué, de que su juguete le hubiera salido respondón delante de los suyos. Nos gritamos. Le eché en cara la cena, el oído, la leona que no merecía; le dije que me tratara como a una perra o me tratara como a una persona, pero que se decidiera. Le hablé de usted otra vez, a propósito, para clavárselo: "usted", "señor", devolviéndole a golpes la distancia que en Panamá habíamos borrado. Y él, que no soporta que le devuelvan la distancia, sacó del bolsillo la leona —para prendérmela por la fuerza, creo, para demostrarme quién decidía si la merecía o no— y me agarró del hombro.
No sé si me quiso empujar o solo apartar. Nunca lo supe, y creo que él tampoco. Fue un instante, un descontrol, la mano que se cierra más fuerte de lo que quiere. Me estrelló contra el filo del tocador con la leona entre los dos, y la aguja larga y afilada de aquel broche se me hundió en el pecho.
Sentí el frío primero. Después el ardor. Bajé la vista y vi la mancha roja crecer sobre la tela clara, la cabeza de la leona hundida en mí como si me estuviera mordiendo de verdad. Me faltó el aire. El cuarto se me fue de lado.
Lo último que vi antes de que se me apagara todo fue su cara.
Nunca, ni cuando le saqué la bala, ni cuando le apunté con la pistola vacía, ni cuando me humillaba en susurros, le había visto esa cara. Se le fue el color de golpe. Abrió la boca y no le salió nada. El hombre que movía fronteras, el Rey sin corona, se quedó blanco y mudo mirándose las manos, que tenían mi sangre, entendiendo por primera vez, de verdad, que me la había hecho él.
Alcancé a despertar un poco después, tirada en la cama, con Delia rezando y él a un metro, sin atreverse a tocarme. Y en cuanto pude respirar, con el pecho ardiendo, hice lo único que me quedaba: pelear. Le grité que se fuera, que no me tocara, que tarde o temprano me iba a matar y para qué esperar. Me solté de las manos de Delia, me levanté como pude y me subí al alféizar de la ventana del segundo piso, con la noche negra abajo y el viento frío en la sangre.
—Un paso más y salto —le dije, temblando, agarrada al marco—. Prefiero decidirlo yo.
Vi el terror puro en su cara. Él, que no le teme a nada, le tenía pánico a dos cosas que yo apenas empezaba a entender: a las alturas y a perderme. Se quedó clavado, con las manos extendidas, hablándome bajito por primera vez en su vida, como se le habla a alguien al borde de un puente.
—No —dijo—. Ana, no. Baja. Baja y hago lo que quieras.
Me resbaló el pie en la piedra.
No sé si fue el mareo, la sangre o la fiebre. Perdí el equilibrio hacia afuera, hacia el vacío, y grité. Y él cruzó el cuarto de un salto y me agarró de la muñeca en el aire, con medio cuerpo suyo también colgando, y me arrancó de la caída de un tirón que me dejó el brazo morado una semana.
Caímos los dos al piso, enredados, él abrazándome tan fuerte que me hacía más daño en el pecho herido, temblando —temblando él—, repitiéndome al oído cosas sin orden mientras la mancha roja seguía creciendo y a mí se me volvía a ir el mundo.
—No te mueras —lo oí decir, con una voz que no era la suya, la voz rota de un hombre que no sabía rezar y estaba rezando—. Ana, no te atrevas a morirte.