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Vendida Al Rey Dragón

Vendida Al Rey Dragón

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Dragones
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalia Hache

Isabela es vendida en matrimonio por su padre, al rey de los dragones, luego de qué su reino cayera en una profunda ruina. Su pueblo se moría de hambre y de frio, así que a la princesa del norte deberá elegir entre traicionar todo lo que conoce, o entregarse al hombre que la compró y salvar a su pueblo de la extinción.

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Capítulo 13

—¿Y qué harás con tu amante? —preguntó Isabela, con los ojos fijos en el espejo de obsidiana mientras con un movimiento brusco retiraba el tocado y los pasadores de metal que sujetaban su larga melena negra, dejándola caer como una cascada oscura sobre sus hombros.

Malakor, que la había seguido de cerca, se inclinó ligeramente sobre el respaldo de la silla del tocador, observándola a través del reflejo con una sonrisa insolente y provocadora.

—¿Acaso la reina está celosa? —bromeó el rey, con un tono socarrón que raspaba en el silencio de la estancia—. Solo llevas un día en Asgardia y ya estás preguntando por la cama de otra mujer.

Las palabras fueron como un chispazo en un depósito de pólvora. Isabela se levantó de golpe de la silla, girándose con tanta velocidad que el vestido ceremonial rozó el mueble, y lo encaró cara a cara, con el pecho agitado y los ojos chispeando de pura furia.

—¿Acaso crees que me importas? ¡Claro que no estoy celosa! —espetó ella, con la voz temblando de indignación, negándose a permitir que la tratara como a una chiquilla encaprichada—. Solo quiero saber si tendré que lidiar con esa víbora cada vez que camine por tus pasillos.

Malakor no retrocedió ni un centímetro. Su sonrisa se ensanchó, convirtiéndose en una mueca peligrosa y retadora mientras cruzaba los brazos sobre su pecho musculoso.

—Entonces no te importará que me la coja en mis aposentos esta misma noche, ¿verdad? —soltó él con total brusquedad, cruzando la línea con una provocación deliberada y fría.

El aire pareció congelarse en la habitación. Pero Isabela, lejos de achicarse o apartar la mirada, soltó una risa seca, cortante y cargada de un desafío tan cínico como el suyo.

—No, en absoluto —respondió ella con una frialdad impecable, elevando la barbilla—. Sí a ti no te importa que yo baje al Gran Salón y me acueste con cualquiera de tus comandantes guerreros.

En una fracción de segundo, la diversión en el rostro de Malakor se desvaneció, reemplazada por una oscuridad tan densa y brutal que hizo que la temperatura en la habitación pareciera descender de golpe.

Antes de que Isabela pudiera parpadear, una mano pesada y de dedos implacables se cerró alrededor de su brazo con una fuerza aplastante, inmovilizándola al instante. El rey tiró de ella hacia su cuerpo con violencia, obligándola a arquearse contra su pecho mientras su mirada ámbar ardía con un fuego asesino.

—No te atrevas —siseó Malakor con una voz tan baja, ronca y cargada de una posesividad animal que resonó directamente en los huesos de la princesa—. No volverás a pronunciar una estupidez semejante. Eres mi reina, Isabela. Nadie más te tocará, y tú no pondrás un solo pie en la cama de ningún maldito guerrero de mi horda. ¿Te ha quedado claro?

Isabela contuvo el aliento por una fracción de segundo ante la abrumadora presión de sus dedos, pero el orgullo y la furia que corrían por sus venas eran más fuertes que el miedo. Lejos de temblar, fijó sus ojos en los de él con una intensidad helada, devolviéndole la mirada con la misma fiereza.

—¿Y tú qué esperabas, Malakor? —respondió ella, con una voz afilada como el hielo de su tierra, retorciéndose levemente en su agarre para demostrar que no se iba a doblegar—. ¿Creíste que ibas a jugar a tener una esposa fiel mientras mantienes a tus amantes esperando en las sombras? Las reglas del juego las ponemos los dos, o ninguna de las dos.

El aire entre ambos crujía con electricidad estática. Malakor la observó con una fijeza animal, respirando con fuerza, con el pecho colosal contraído por una furia posesiva que amenazaba con desbordarse. La idea misma de que otro hombre rozara siquiera la piel de la princesa encendía un fuego salvaje y primitivo en sus entrañas, un celo oscuro que jamás había experimentado con ninguna otra mujer de su imperio.

—No hay juego, Isabela —siseó el rey dragón, acercando su rostro al de ella hasta que sus labios rozaron peligrosamente su piel, en un susurro áspero y cargado de advertencia—. En Asgardia, lo que es mío, no se comparte. Yanara dejará de pisar mis aposentos, no porque me importe lo que pienses, sino porque ahora tú ocupas el centro de este nido. Pero maldita sea la hora en que vuelvas a amenazar con entregarle tu cuerpo a otro.

Isabela sintió que un escalofrío le recorría la espalda, no de miedo, sino por la abrumadora intensidad de su presencia. A pesar de las cadenas invisibles que la ataban a ese trono de fuego, sabía que acababa de trazar una línea que ni el propio rey se atrevería a cruzar de la misma manera.

—Entonces cumple tu palabra, rey dragón —replicó ella, con la mandíbula tensa, sin apartar la mirada ni un solo milímetro—. Porque si descubro que esa mujer sigue merodeando donde no debe, no necesitaré la ayuda de tus guerreros para encargarme de ella.

Malakor soltó una exhalación brusca, una mezcla de ira y una extraña, retorcida fascinación. Por primera vez en su vida de conquistas y sangre, una mujer no solo le había plantado cara, sino que le había exigido exclusividad bajo sus propias condiciones.

Lentamente, la tensión en su mano se relajó, aunque sus dedos no la soltaron del todo; en su lugar, deslizó la palma caliente por la curva de su brazo hasta entrelazar su tacto con firmeza, arrastrándola hacia el centro de la estancia con un paso dominante.

—Que comience la corte, entonces —murmuró Malakor con una sonrisa peligrosa, mientras la empujaba suavemente hacia el borde de la cama, sin apartar de ella los ojos de fuego—. Veamos cuánto tiempo eres capaz de sostener este incendio sin quemarte las manos.

—Tengo hambre —soltó Isabela de pronto, alejándose de él con rapidez y dando dos pasos hacia atrás para poner distancia entre el calor sofocante de su cuerpo y el suyo.

Malakor se detuvo en seco. Parpadeó una vez, procesando el cambio radical de tono en medio de una discusión cargada de tensión y amenaza, y de inmediato se echó a reír. Fue una carcajada profunda y genuina que retumbó en las paredes de piedra de la habitación, rompiendo por completo la atmósfera de peligro. La miró de reojo, negando con la cabeza con una diversión evidente.

—Eres virgen, ¿verdad? —preguntó él de la nada, con una franqueza descarada que hizo que la sangre de Isabela corriera directo a sus mejillas.

Isabela sintió que el calor le quemaba el rostro, pero se apresuró a enmascararlo con una mueca de desdén.

—Eso no te importa en absoluto, no es asunto tuyo —espetó ella cruzándose de brazos.

Malakor dio un paso lento hacia ella, observándola con una perspicacia burlona que la descolocó por completo.

—Está claro que lo eres —continuó él, ignorando su advertencia mientras analizaba cada detalle de su postura defensiva—. Una princesa que vivía encerrada en un castillo de hielo bajo las estrictas órdenes de su padre, donde ningún príncipe o duque jamás se atrevió a poner los ojos sobre ella... ¿Qué más se podía esperar de ti?

Los ojos de Isabela se abrieron de par en par, centelleando de rabia ante la intromisión y el tono despectivo con el que reducía su pasado.

—¿Acaso te estás burlando de mí, Malakor? —preguntó ella, apretando los dientes y dando un paso al frente con los puños cerrados.

—No, no me burlo... solo constato los hechos —respondió el rey con una sonrisa torcida, cruzando la estancia con paso firme—. Pero ya veremos cuánto tiempo más te dura ese orgullo y te vas a resistir.

Pasó por su lado con la arrogancia de quien sabe que lleva todas las de ganar, rozando con el hombro el de la princesa antes de detenerse a medio camino de la puerta principal. Giró levemente el rostro, lanzándole una última mirada cargada de un magnetismo imposible de ignorar.

—Ven a comer si de verdad tienes hambre, alteza —añadió él con voz ronca—. O tendré que recordarte que en este nido las presas no se alimentan solas.

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Flæka Caviedez
Ayyyyy que no se la tomé
Nena
Uf!!! De una se la soltó
Natalia Vasquez
tantas pruebas que le pone Malakor a Isabela😂😂😂😂🤔🤔🤔🤔🤔🤔👏👏👏👏👏quieres una reina o es una competidora 😂😂😂😂😂.
Natalia Vasquez
uppppps valla ese hombre va al punto 😂😂😂😂🤔🤔🤔🤔🤔🤔👏👏👏👏.
Afrodita Hada♥️
🫶🫶🫶🫶🫶🫶🫶♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
Natalia Vasquez
ambos son orgullosos y mandones😂😂😂😂😂.
Natalia Vasquez
se quedó mamando la otra pendeja, toma pa que lleves 😂😂😂😂👏👏👏👏👏🤔🤔🤔🤔.
Yolanda Plazola Arroyo: jajajaja y si valla babosada pará que se entretenga 😂😂
total 1 replies
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