NovelToon NovelToon
Mía, aunque huyas

Mía, aunque huyas

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Elección equivocada / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:502
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.

NovelToon tiene autorización de DulceSilencio para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12: ¿Te ha besado?

Me atraganté con el té.

Tosí con el líquido caliente bajándome por la barbilla, y Anya no se movió a ayudarme. Me miró ahogarme con la misma paciencia con que miraba sus frascos.

No. Nunca. Ni la primera noche, con la lluvia pegando en el vidrio, ni en el sótano. Había tenido su boca en mi cuello, en mi espalda, en la oreja, dando órdenes; en los labios, nunca. Se me habían hecho cosas que yo no sabía que se le podían hacer a un cuerpo, y ni una vez me había besado.

Me dio vergüenza. Y debajo de la vergüenza, una cosa más chiquita que no quise mirar de frente: como si me hubieran quitado algo que yo ni sabía que estaba esperando.

—No —dije, con la voz rasposa.

—Ya me lo imaginaba. —Anya dejó su taza—. El Lobo te tiene como su mascota. A una mascota la acaricias, la abrazas, la sientas en tus piernas, duerme en tu cama. Pero ¿quién besa a su mascota?

Miré el fondo de la taza. Un beso es de dos, a la misma altura. Y él no tenía nada que hacer a mi altura.

Anya se levantó y vino a sentarse en el brazo del sillón, tan cerca que su rodilla me tocaba el hombro.

—¿Has tenido novio?

—No.

—¿Te han besado? Alguien. Cualquiera.

—No. —Me ardían las orejas—. Ni de la mano me han agarrado.

—Ay, conejita.

Puso una mano en el respaldo, la otra en el brazo del sillón, y me quedé encerrada en el hueco. Su pulgar me tocó el labio de abajo, lo apretó un poquito, como quien prueba si una fruta está madura.

—¿No quieres saber qué se siente?

Su cara bajó.

La empujé con las dos manos, con toda la fuerza que tenía, y salté del sillón tan rápido que la rodilla me pegó contra la mesa de centro. Las tazas brincaron.

—¡No se puede! —Me salió a gritos—. ¡Yo soy del señor Salvatierra! Si usted quiere besarme tiene que pedirle permiso a él, si no… si no, me mata.

Anya se quedó un segundo con la cara donde yo la había dejado. Después se dobló de risa hasta tener que secarse los ojos.

—"Si usted quiere." Ahora me hablas de usted. —Tomó aire—. Te pregunté si el degenerado te ha besado, conejita, no si yo iba a besarte. Aunque estás para morderte, no me atrevo a quitarle la comida al Lobo. —Recogió su taza del piso—. Ya te domó bien.

Me quedé de pie, sobándome la rodilla, con las orejas ardiendo por otra razón.

—A ver, hablemos de trabajo. —Se sentó otra vez como si nada—. El Lobo me dijo que sabes conservación. Yo tengo cuatro vitrinas nuevas y las cosas están tiradas como las mandaron. Él va a estar en el norte varios días todavía. Ven mañana y me ayudas. —Levantó una mano—. No te estoy robando. Solo prestando.

Dije que sí. Por la pomada, por la paleta, por el brazo en los hombros frente al Chacal. Y porque, por primera vez desde el rancho, alguien me pedía algo que yo sabía hacer.

A la mañana siguiente subí a la sala de las vitrinas con guantes de nitrilo, unas pinzas largas y una Guía de insectos tropicales abierta sobre un banco. Mariposas en sobres de papel encerado, escarabajos en algodón, una mantis con forma de orquídea que busqué dos veces en la guía para creer que era un animal. Anya me dejó una escalera de tijera, dijo "acomódalas como quieras" y se fue a escribir a su mesa.

Como quiera. Nadie me había dicho eso en semanas.

Empecé por las azules. No eran de un solo azul: un índigo casi negro, un cobalto, un turquesa, un celeste de mediodía. Las fui subiendo a la vitrina alta de oscuro a claro, en diagonal, para que la luz de la ventana les pegara de izquierda a derecha y el color se moviera como una ola. Con los escarabajos hice círculos: los verdes metálicos afuera, los dorados adentro. La mantis a la altura de los ojos, sola, porque una mantis orquídea no se comparte con nadie.

Y se me fue el tiempo. Un ala se rompe si respiras fuerte, así que respiras suave. Se te olvida la cadera, se te olvidan las reglas, se te olvida el nombre de la casa. Estaba en el tercer peldaño, con una morpho en las pinzas, y me sorprendí sonriendo. Esa era yo. La de antes de la llamada de mi tío.

—Tiene algo —dijo Anya desde su mesa, sin levantar la vista—. No sé qué, pero tiene algo.

No supe a quién se lo decía hasta que oí la puerta.

No la oí abrirse. Oí que Anya se callaba. Me giré en la escalera con la mariposa todavía en las pinzas.

Él estaba en el marco de la puerta. Chamarra táctica negra, el pelo húmedo, y un olor que llegó hasta arriba de la escalera: selva mojada, humo, y otra cosa de hierro que yo ya conocía. Tenía un dedo levantado hacia Anya, cruzado sobre los labios.

Faltaban tres días para que volviera.

—¿Tan rápido, Lobo? —Anya recargó la barbilla en la mano—. ¿Miedo de que me coma a tu mascota? La tienes enjaulada todo el día. Qué desperdicio.

—Lo mío, yo decido cómo se usa.

Entonces me miró a mí. Fue como si la sala se hubiera vaciado de aire.

—Baja.

Se me fue la mano. El marco con la morpho cayó y se rompió contra el piso, y el pie se me resbaló del peldaño, y por un segundo estuve en el aire, a dos metros, con las pinzas todavía apretadas.

No llegué al piso. Me atrapó como se atrapa un costal: un brazo bajo las rodillas, otro en la espalda, sin una sacudida. Olía a sangre seca.

—¿Qué? —dijo, muy bajo, con la boca cerca de mi sien—. ¿No querías que volviera?

—Sí… sí quería, señor Salvatierra, es que…

Me apretó. Los brazos se cerraron un centímetro y se me acabó la frase.

—¿Tan cómoda estás aquí que se te olvidó de quién eres?

Se dio la vuelta conmigo en brazos y salió. Alcancé a ver a Anya por encima de su hombro. No dijo nada. Solo movió los labios, despacio, para que yo leyera: suerte esta noche.

* * *

Lucio Salvatierra había pasado cinco horas en una mesa del norte con gente que no le gustaba, para dejarle la mesa al Tercero y volar de noche. Era la primera vez en su vida que cerraba un trato perdiendo. Lo hizo porque en la Base había un hombre que olía a muerte y una muchacha que se desmayaba con un frasco, y porque el Chacal no sabía bajar la voz.

Había esperado encontrarla en un rincón de su cuarto, con las rodillas contra el pecho, esperando a que él volviera.

La encontró en el tercer peldaño de una escalera, en la casa de otra, riéndose sola frente a una fila de bichos muertos. Con esa cara. Una cara que él no le había visto nunca, en dos semanas de tenerla a la mano.

No dijo nada en la camioneta. Miraba el camino.

* * *

—A tu cuarto —dijo cuando se abrió la puerta de la Casona, y subió las escaleras sin voltear.

No bajó en toda la tarde. Me bañé, me puse el vestido de algodón verde claro y me recogí el pelo con el cepillo de dientes, porque las horquillas se me habían acabado. Me senté en la orilla de la cama. Me paré. Me volví a sentar.

Entró cuando ya se iba la luz. Camisa negra de casa, el pelo seco, sin la chamarra. Me miró de arriba abajo, se detuvo un segundo en el cepillo, y no dijo nada de eso.

—¿Ya descansaste?

—Sí, señor Salvatierra.

—Qué bien. —Se sentó en el sillón, con las piernas abiertas y las manos sueltas—. ¿Ya puedes ir al pabellón a trabajar? ¿Trepar a dos metros sin miedo de matarte? —Su voz no subió—. Yo no estoy, y tú te diviertes en casa ajena.

—Es que la doctora… ella me curó, y yo quería darle las gracias, y como ella dijo que usted había dicho que yo sabía de conservación…

—¿Y a mí?

Me callé.

—A mí, que te saqué del rancho. Que te salvé la vida. —Ladeó la cabeza—. ¿A mí cómo piensas agradecerme?

Se me iluminó la cara. Lo pensé de verdad, con toda la buena fe del mundo:

—¡Puedo ordenar los libros de la biblioteca!

Se rio. Fue una risa corta, por la nariz, sin nada de alegría adentro.

—La biblioteca no hace falta. —Se levantó—. Ya que te gusta ordenar, ordena el sótano. Y de paso repasa nuestras Reglas.

El sótano. El piso se me fue de abajo de los pies y no supe cómo, pero ya estaba de rodillas, con la frente casi en sus zapatos.

—No, se lo ruego, señor Salvatierra, no… Ya sé, ya sé. Regla dos. Salí sin permiso. Regla tres, no le dije. Perdón. No vuelvo a decidir nada sola, se lo juro, nada, ni ir a la cocina, se lo pregunto a usted, todo…

Me temblaba tanto la voz que las palabras se pegaban unas con otras. Él me dejó hablar hasta que se me acabaron.

Se quedó callado un rato. Sentí sus ojos en mi nuca, en la cadera, donde la pomada todavía olía.

—Rápido para pedir perdón —dijo por fin—. Pero no acepto palabras vacías. Esta vez, queda anotado. Y si vuelves a meter las manos en lo que no es mío, te corto los dedos. —Una pausa—. Hoy te quedas aquí, reflexionando sobre las Reglas. Si no reflexionas bien, no hace falta que sigas en esta casa.

Se fue. Apagó la luz al salir.

Me quedé de rodillas en el mismo lugar, porque no sabía si "aquí" quería decir el cuarto o ese punto exacto de la alfombra. Afuera se hizo de noche. Las rodillas empezaron a doler, luego a arder, luego dejaron de existir.

Alguien abrió la puerta y prendió la luz. Doña Meche, con una charola. Se detuvo en seco.

—Ay, niña. —Dejó la charola en la mesita. Huevo al vapor con camarones, todavía humeando—. El patrón dijo que reflexionaras, no que ayunaras. Si adelgazas es peor. Come.

Comí media taza de rodillas, con la cuchara temblándome. Ella no me dijo que me levantara, y yo no le pregunté. Al llevarse la charola apagó la luz otra vez, porque así la había dejado él.

Primera: obedecer las reglas de la casa. Segunda: no cruzar sin permiso. Tercera: no ocultar. Cuarta… Las repetí hasta que se me revolvieron. En algún momento el cuerpo decidió solo: me fui de lado sobre la alfombra, con las rodillas contra el pecho, y el cepillo se soltó del pelo y rodó a alguna parte.

No supe cuánto tiempo pasó.

Lo que me despertó a medias fueron unos pasos en el pasillo. Pasos que conocía. Se detuvieron frente a mi puerta. El reloj de la mesita marcaba las dos de la mañana.

La puerta se abrió sin hacer ruido.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play