Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 7 — El plan devastador
Esa tarde Alya decidió salir de la casa por primera vez desde la revisión prenatal del día anterior. El clima estaba despejado, y sin saber bien por qué, se le antojó algo dulce.
Debe ser por el embarazo, pensó con una sonrisa discreta.
Le pidió al chofer que la llevara a una cafetería conocida que también vendía postres y repostería fina. El lugar no estaba demasiado lleno porque aún era hora de oficina.
Al cruzar la puerta, el aroma del café recién hecho y del pan caliente la envolvió de inmediato.
Alya caminó despacio hacia la vitrina de pasteles, mirando con curiosidad.
—Red velvet... cheesecake...
Los ojos le brillaron levemente.
Pero sus pasos se detuvieron en seco cuando escuchó una voz demasiado familiar desde un rincón de la cafetería.
—Hace mucho que no nos veíamos.
El cuerpo de Alya se tensó de golpe.
León.
Por reflejo giró la cabeza con lentitud.
Junto a la ventana, León estaba sentado frente a una mujer hermosa de cabello largo castaño oscuro. Llevaba un vestido blanco sencillo, pero su aura era elegante y delicada.
Y lo extraño era...
Su rostro le resultaba familiar.
Fragmentos de los recuerdos de Sabrina asaltaron la mente de Alya de pronto.
Vanessa.
La ex novia de León.
El corazón de Alya comenzó a latir más fuerte.
En la novela original, Vanessa había sido el primer amor de León. Se separaron porque ella se mudó al extranjero para seguir su carrera.
Y cuando Vanessa regresó...
La relación entre León y Sabrina se deterioró aún más.
Sin darse cuenta, Alya apretó con fuerza la caja de pasteles que tenía en la mano.
—Creí que seguías en París —comentó León con tono llano.
Vanessa esbozó una sonrisa leve.
—Volví hace dos semanas.
León asintió despacio.
La mirada de aquel hombre era notablemente más suave que cuando estaba con Sabrina.
Esa imagen le provocó a Alya una opresión sorda en el pecho.
No por celos.
Sino porque podía percibir los sentimientos residuales de Sabrina en ese cuerpo.
Aquella mujer realmente había amado a León.
Y ver al hombre que amaba contemplar a otra con esa calidez... era doloroso sin remedio.
—Supe que te casaste —dijo Vanessa con cautela.
León esbozó una sonrisa fina, vacía de emoción.
—Un matrimonio de circunstancias, nada más.
Alya se quedó helada.
Vanessa titubeó un instante antes de preguntar en voz baja:
—¿La amas?
Silencio.
León tomó su taza de café con parsimonia.
—No.
Esa respuesta escueta golpeó el pecho de Alya como un impacto seco.
Aunque ya conocía la respuesta...
Oírlo de su propia boca seguía doliendo.
Vanessa lo observó durante un largo momento.
—Entonces, ¿por qué sigues con ella?
León soltó una risa breve, carente de humor.
—Sabrina está embarazada.
—¿Y después de que nazca el bebé?
León guardó silencio unos segundos.
Después, con un tono sereno y gélido, pronunció:
—Voy a divorciarme de ella.
A Alya se le cortó la respiración.
Las manos le temblaron imperceptiblemente.
—El hijo se queda conmigo —agregó León sin alterar la voz—. La familia Ardián jamás permitiría que su heredero se lo lleven.
Cada palabra se clavaba como un cuchillo.
Alya agachó la cabeza con rapidez antes de que la descubrieran.
El pecho le ardía.
Entonces era cierto...
En los planes de León, Sabrina no era más que la mujer que daría a luz al heredero de los Ardián.
Después la descartarían sin más.
—¿Y Sabrina? —preguntó Vanessa en voz baja.
León mantuvo la frialdad al responder:
—Estará bien sin mí.
Alya casi soltó una risa amarga al escucharlo.
¿Bien?
En la novela original, Sabrina se consumía lentamente de depresión tras perder a su hijo.
Aquel hombre no tenía la menor idea de lo destruida que quedaría esa mujer.
O tal vez...
Simplemente no le importaba.
—¿Señora?
La voz de un mesero sacó a Alya de su trance.
León giró la cabeza por instinto.
Y en ese preciso instante sus miradas se cruzaron.
El tiempo pareció detenerse.
Los ojos de León reflejaron un destello de sorpresa.
—¿Sabrina?
Alya apartó el rostro de inmediato. Se esforzó por controlar su expresión, aunque el pecho aún le pulsaba de dolor.
Vanessa se sobresaltó al ver a la mujer embarazada de pie a pocos metros de su mesa.
León se puso en pie al instante.
—¿Qué haces aquí?
Alya apretó la caja de pasteles antes de forzar una sonrisa mínima.
—Solo vine a comprar unos pasteles.
La expresión de León se volvió indescifrable.
¿Cuánto tiempo llevaba Sabrina ahí?
¿Habría escuchado la conversación?
—¿Viniste sola? —insistió León.
—Sí.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos.
Vanessa se levantó despacio y le dedicó una sonrisa cortés.
—Hola, Sabrina.
Alya le devolvió una sonrisa tenue.
—Hola.
Aunque su rostro lucía sereno, la mente le hervía de caos.
Así que León realmente planeaba quitarle al bebé.
No.
No iba a permitir que eso sucediera.
Costara lo que costara.
—Me voy a casa —dijo Alya con voz queda.
León frunció el ceño.
—Espera, te llevo.
—No hace falta.
La brusquedad de la respuesta dejó a León ligeramente desconcertado.
Alya retrocedió un paso, llevándose la mano al vientre con suavidad.
Sus miradas se encontraron un segundo.
Pero esta vez...
Ya no había esperanza en los ojos de Sabrina, como solía haberla.
Solo una calma fría que a León le provocó una incomodidad repentina.
Alya salió de la cafetería sin volver la vista atrás.
Mientras tanto, León permaneció inmóvil, contemplando la espalda de su esposa.
Y por primera vez...
Aquel hombre sintió que algo comenzaba a escapársele de las manos.