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Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

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Capítulo 13

Capítulo 13 — Le gusta el rosa

Amelia recién entonces reaccionó. Su carita fina y blanca se tiñó al instante de dos manchas de rubor. Se apartó, tímida, del abrazo del hombre y carraspeó.

—Este… me acordé de golpe de que no compré juego de sábanas, así que traje uno mío para que uses por ahora.

Adrián miró el juego de sábanas que ella traía en las manos y guardó silencio unos segundos.

¡Era rosa!

—Está sin estrenar —dijo Amelia, creyendo que al no tomarlo le daba asco—. Si no, compramos otro después.

—No hace falta, sirve este. —Adrián lo recibió y sonrió, resignado—. Nunca había usado un juego de sábanas rosa.

—¿Eh?

Solo entonces Amelia cayó en la cuenta. Un hombre tan varonil durmiendo entre sábanas rosas era una imagen algo discordante.

—Úsalo esta noche; mañana te compro otro.

Adrián asintió.

—No te preocupes. Ya compraremos cuando haya tiempo.

—Entonces tú acomoda, que yo sigo con la comida. —Y desapareció rápido por la puerta, dándose palmaditas en las mejillas encendidas.

Adrián se quedó mirando su silueta, pensativo. El rubor en la cara de Amelia, y esos ojos limpios con un brillo de estrellas, le trajeron a la memoria la primera vez que la vio. Dos años atrás, lo primero que le llamó la atención fueron esos ojos serenos y fríos, con una fuerza casi magnética, capaces de cautivar de una sola mirada. Por eso, aquel día en el aeropuerto, a través de esos hermosos ojos, la reconoció al instante.

...

Cuando Adrián terminó de acomodar y salió, ya le llegaba el aroma de la comida desde la cocina. Al parecer, la mujer sabía cocinar de verdad.

Se asomó a la puerta de la cocina y vio la silueta atareada de Amelia. Se había recogido la larga cabellera con una pinza, dejando al descubierto un cuello blanco y esbelto. Se había puesto ropa de casa, y un delantal rosa le ceñía la cintura fina. La luz cálida y suave la envolvía, irradiando una serenidad tibia.

De pronto, Adrián tuvo la sensación de que aquello era un hogar, y una calma extraña y confortable lo invadió. Su corazón, tantos años en calma chicha, se rizó de pronto en pequeñas olas.

Amelia apagó el fuego, se dio la vuelta y lo vio apoyado en el marco.

—Ya casi está.

—¿Te ayudo? —Adrián entró.

Amelia señaló dos platos ya listos.

—Lleva esos a la mesa.

Cuando terminaron de servir, Amelia se quitó el delantal y se sentó.

—No sé qué te gusta, así que hice cualquier cosa. Pruébalo.

Adrián miró los platos: costillas glaseadas con miel y ají, papas doradas al romero y res con verduras. Comida casera, de buena pinta. Tomó una costilla y se la llevó a la boca: sabrosa y ligera, nada grasosa. No llegaba al nivel de los cocineros de la mansión Guerrero, pero comparada con el rancho del ejército, sabía bastante bien.

—¿Y? —Amelia lo miraba, expectante.

Adrián tragó y sonrió apacible.

—Está muy bueno.

Amelia soltó el aire, aliviada, y bajó la cabeza a comer con una sonrisa.

—¿Cómo aprendiste a cocinar?

Adrián sentía curiosidad. Al fin y al cabo, ella también era una niña de familia; aunque no fueran inmensamente ricos, debería haber crecido sin tener que mover un dedo. Y, sin embargo, era de una independencia que, sin saber por qué, daba lástima.

Amelia calló un momento y luego respondió sin darle importancia:

—A veces, sin nada que hacer, aprendía con videos. Solo sé platos sencillos. Como nadie me cocinaba, aprendí a cocinarme yo.

Tenía una gran capacidad de adaptación: sabía disfrutar de una buena vida, pero también valerse por sí misma.

Adrián la observó un buen rato y de pronto dijo:

—De ahora en adelante, cuando tenga tiempo, yo te cocino.

Amelia se detuvo con el tenedor en el aire. Parecía que hacía mucho nadie le decía algo así, y en el tono de él había hasta un dejo de ternura. Desde que su madre se fue, salvo su abuela, nadie se había preocupado por si comía o no, ni le había ofrecido cocinarle. Quizá a todos les importaba lo alto que volaras, pero a nadie si estabas cansada.

Una corriente cálida le subió por dentro. Fuera cierto o no lo que él decía, lo tomó como una muestra de cariño. Murmuró un «ajá» y siguió comiendo. De ese matrimonio no esperaba gran cosa; a lo sumo, compartir la vida como compañeros de piso, así que no se tomó demasiado en serio las palabras de Adrián.

Comieron en silencio. Al terminar, Adrián recogió los platos por iniciativa propia. Uno cocinaba, el otro lavaba: una división justa. Amelia miró la figura alta del hombre fregando en la cocina y sonrió apenas. De pronto le pareció que esa vida no estaba nada mal.

Ordenó un poco la sala y fue a recoger la ropa que había tendido el día anterior, con la idea de darse un baño después. Iba caminando mientras acomodaba las prendas, sin notar que Adrián ya había terminado y la esperaba de pie en la sala.

—Amelia —la llamó.

—¿Sí? —Se detuvo y alzó la vista.

La mirada de Adrián se posó en sus manos, y sus finos labios se curvaron con picardía. Amelia siguió esa mirada hacia sus propias manos: llevaba dos prendas de ropa interior de encaje rosa.

La cara se le puso roja de golpe. Avergonzada, cubrió deprisa la ropa interior con el resto de las prendas y lo fulminó con la mirada.

—Es de mala educación mirar.

Adrián no pudo contener la risa y preguntó, imperturbable:

—¿Te gusta mucho el rosa?

Las sábanas eran rosas, el delantal era rosa, y hasta la ropa interior. Una mujer de aire frío y sereno, y con tanto corazón de niña.

La pregunta la desconcertó un segundo. Por sus ojos cruzó veloz algo extraño, que enseguida ocultó. Resopló.

—¿Qué tiene de raro que a una chica le guste el rosa?

Adrián solo sonrió sin más, sin contradecirla, lo que equivalía a darle la razón. Sacó una tarjeta bancaria y se la tendió.

—Ahí hay algo de dinero, para los gastos de la casa. Cada mes te iré depositando; compra lo que haga falta.

Amelia no la rechazó. Tomó la tarjeta.

—Bien, que sea el fondo común. Yo también depositaré todos los meses, y con esa tarjeta pagamos los gastos compartidos.

Aunque no le faltaba dinero, si Adrián se ofrecía a cubrir gastos, dividirlos a partes iguales era lo justo.

Adrián no lo había pensado tanto; no tenía idea de cuánto costaba mantener una casa. En realidad, quería darle dinero a Amelia, pero como no podía hacerlo de frente, se le ocurrió ese método. Nunca imaginó que ella lo dividiría con tanta claridad. Sintió, sin saber bien por qué, una molestia difícil de nombrar.

—Ajá. Como quieras —respondió, indiferente.

Y, dando media vuelta, se metió en su cuarto.

Amelia parpadeó.

—…¿Se enojó?

Si hacía un momento estaban de lo más bien. ¿Por qué se enojaba?

Negó con la cabeza. El corazón de un hombre era un pozo sin fondo; imposible de entender.

El primer día de casada terminó así, tranquilo y sin sobresaltos. Sin sospechar siquiera que el hombre malhumorado que acababa de encerrarse en el cuarto de al lado era, en realidad, el heredero más rico de toda la ciudad.

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Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
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