Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.
NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6
Capítulo 6 — La serpiente bajo el vestido
La marcha nupcial empezó a sonar y a mí se me olvidó cómo se respiraba.
Mi padre me ofreció el brazo. Ricardo Paredes, tieso dentro de su esmoquin alquilado, con esa sonrisa de escaparate que reservaba para la gente que le convenía. Apoyé la mano en su codo y sentí que no me sostenía a mí, sino a la fachada.
—Camina derecha —me murmuró sin mover los labios—. Que hoy nos miran los que importan.
*Sí, papá. Que nadie note que estás vendiendo a una hija para tapar las deudas de la otra.*
En la primera fila alcancé a ver a mi madrastra, Marisol, con un pañuelo en la mano fingiendo emoción de suegra buena. A su lado, Daniela, envuelta en un vestido que costaba más que mi ajuar entero, me miraba con esa sonrisita que yo conocía de toda la vida: la de la que sabe que salió ganando. Ellas no perdían nada hoy. Yo lo perdía todo, y encima tenía que hacerlo sonriendo.
Avancé. El pasillo central de la iglesia principal de San Martín se estiraba interminable, alfombra roja, cirios, cientos de cabezas volteándose a la vez como girasoles hacia el sol. Cada paso sobre esos tacones era una pequeña proeza, la cola del vestido pesándome atrás como una condena de tela. Y al fondo, junto al altar, estaba él.
Damián.
Traje blanco impecable, la espalda recta, el mentón levantado con esa arrogancia natural que a otros les cuesta una vida ensayar. La luz de los vitrales le caía encima como si el cielo también estuviera de su lado. Y por un instante —un instante que juro que no pedí— el corazón me dio un vuelco tonto, involuntario, de colegiala.
*Basta. Ese hombre no te mira a ti. Ese hombre mira su reloj.*
Y era verdad. Sus ojos se posaron en mí un segundo, me recorrieron de arriba abajo con la misma emoción con que se revisa un envío, y volvieron al frente.
Llegué al altar. Ricardo puso mi mano sobre la de Damián y se retiró aliviado, como quien entrega un paquete y ya no responde por el contenido.
El sacerdote abrió el misal. Empezó con lo de los designios, la unión, el amor que todo lo puede. Yo asentía en los tiempos correctos, con la boca seca. A mi lado, Damián era una estatua de hielo perfumado.
Y entonces sentí algo.
Un roce. En el tobillo. Frío, escamoso, deslizándose despacio hacia arriba por mi pierna, por debajo de la enorme cola del vestido.
Se me heló la sangre.
*No. No, no, no. Eso no. Cualquier cosa menos eso.*
Le tengo terror a las serpientes. Un terror animal, de esos que no razonan, que te nacen del hueso. Y algo largo y frío me trepaba por la pantorrilla en plena ceremonia, delante de Dios y de medio San Martín.
Bajé la vista. Debajo del borde del vestido asomó una carita conocida. Toñito. Escondido bajo la cola como en una cueva, con los cachetes inflados de risa contenida y, en la mano, una serpiente de goma que me paseaba por la piel con una lentitud de verdugo.
Grité.
Grité como no había gritado nunca. Un alarido que rebotó en las bóvedas de la iglesia, que apagó al órgano, que hizo que el sacerdote soltara el misal. Salté. Pataleé. Sacudí el vestido con las dos manos, frenética, brincando sobre los tacones más altos que me había puesto en la vida, tratando de espantar de mi cuerpo esa cosa que ni siquiera era real y que a mí me parecía la muerte misma.
—¡Quítenmela! ¡Quítenmela! —chillé.
Los tacones. La cola. Metros y metros de tul enredándoseme en los pies. Perdí el equilibrio. El mundo se ladeó. Manoteé el aire buscando algo, cualquier cosa, un brazo, una mano.
A mi lado, Damián se movió por fin. Estiró el brazo.
Y por medio segundo —Dios me perdone la estupidez— creí que me sostenía.
No.
Su mano pasó de largo, junto a mí, y se hundió bajo el vestido para agarrar a Toñito de la muñeca y sacarlo de un tirón, a salvo, lejos del peligro. De su niño. No de mí.
Yo caí.
Caí de lado, aparatosa, con un ruido sordo de cuerpo y de tela, la rodilla estrellándose contra el mármol frío del altar. El velo se me torció sobre la cara. El ramo salió rodando por el suelo perdiendo pétalos.
Y del fondo de la iglesia, de esos cientos de invitados de sociedad, subió un rumor que conozco de memoria porque me ha perseguido toda la vida: risitas ahogadas. Bocas tapadas con guantes. Cuchicheos.
*Ahí está. La hija fea de los Paredes. La que ni caminar puede.*
Doña Herminia se puso de pie en la primera fila, la figura más imponente de los Valcárcel, y descargó su bastón contra el piso con un golpe seco que retumbó en toda la nave.
—¡Qué vergüenza! —tronó su voz de cuchillo—. ¡Qué vergüenza para el apellido Valcárcel!
Busqué a mi padre entre la gente. Ricardo estaba lívido, blanco de rabia, y en sus labios apretados leí la maldición que no se atrevía a decir en voz alta. No preocupación. No un "hija, ¿te lastimaste?". Rabia. Vergüenza. Como si yo me hubiera tirado al piso a propósito para arruinarle el negocio.
Nadie se movió a ayudarme.
Ni una mano. Ni un alma en toda esa iglesia llena.
Levanté la cabeza desde el suelo, con el velo torcido y el pelo pegado a la frente por el sudor, y ahí estaba Damián, de pie, con Toñito acomodado en el brazo. El niño me sacaba la lengua por encima del hombro de su padre, triunfal.
Damián me miró.
Desde arriba. Con los ojos más fríos que le había visto nunca. Y su voz cayó sobre mí, tranquila, cortante, sin una gota de calor:
—Si hubieras aplastado al niño con esa caída, ¿qué habríamos hecho?
Eso fue todo.
No "¿estás bien?". No "¿te duele?". No un gesto, ni un amago de mano tendida. Solo el reproche por el peligro que había corrido su hijo mientras yo me deshacía el hueso contra el mármol.
Sentí la rodilla arder. Me llevé los dedos por debajo del vestido y los saqué manchados de rojo. Un hilo de sangre me bajaba por la espinilla y empapaba el borde blanco del tul.
*Así que este es. El hombre con el que voy a pasar el resto de mi vida.*
Algo se me rompió por dentro, en silencio, sin ruido, mucho más hondo que la rodilla.
*No importa cuánto te esfuerces, Renata. Nunca vas a estar a la altura. Ese fue siempre el veredicto, ¿no? En tu casa, en la calle, y ahora también aquí.*
Por un segundo la tentación de quedarme en el suelo, de hundirme en el mármol y dejar que se rieran hasta cansarse, fue casi dulce. Rendirse pesa menos que seguir de pie. Lo sé porque lo pensé, ahí abajo, con la sangre corriéndome por la pierna.
Pero no lloré. No les di eso.
Apoyé las palmas en el mármol helado. Junté las piernas enredadas. Y me levanté sola, centímetro a centímetro, con toda la dignidad que me quedaba, que no era mucha, pero era mía y no pensaba regalársela a nadie de los que estaban mirando.
Me sacudí la falda. Me acomodé el velo con manos que casi no temblaban. Enderecé la espalda como me lo había pedido mi padre, aunque ahora lo hacía por otra razón, una que él nunca entendería.
*Que me miren. Que se rían. Ya me levanté. Y sigo de pie.*
El sacerdote carraspeó, incómodo, sin saber muy bien cómo se retoma una ceremonia después de semejante circo. Miró a Damián. Me miró a mí, con el vestido manchado y la sangre corriéndome por la pierna. Y decidió que lo mejor era seguir, terminar cuanto antes, sacarnos a todos de esa pesadilla.
Recogió el misal del suelo. Se aclaró la garganta. La iglesia entera contuvo el aliento; hasta las risitas se apagaron.
A mi lado, Damián dejó a Toñito de nuevo en el suelo, junto a él, y volvió a ponerse su máscara de estatua, como si nada, como si su esposa no acabara de sangrar a sus pies.
El sacerdote se volvió hacia mí. Abrió la boca.
Y en el silencio absoluto de aquella iglesia, con el vestido sucio, la rodilla latiéndome y cientos de ojos clavados en mí, escuché la pregunta que iba a sellar el resto de mi vida:
—¿Acepta usted a Damián Augusto Valcárcel Errázuriz como su legítimo esposo?