Una joven heredera de un imperio financiero y de la mafia, que ocultó su verdadera identidad por amor, sufre la pérdida de su bebé y el desprecio absoluto de su esposo y su suegra tras un atentado cruel. Renacida de las cenizas, regresa para ejecutar una venganza implacable, mientras se ve atrapada en un matrimonio concertado con un titán de los negocios tan arrogante y dominante como ella, uniendo dos mundos donde el poder se paga con sangre y orgullo.
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LAS REGLAS DEL JUEGO
El primer amanecer en la residencia San Román trajo consigo un sol frío que se filtraba a través de las cortinas automatizadas del ala máster. Verónica fue la primera en levantarse. A pesar del dolor residual que su cuerpo aún guardaba por la terrible caída, la disciplina de su entrenamiento y la sed de justicia eran motores mucho más potentes que cualquier cansancio.
Salió del amplio vestidor vistiendo un impecable traje ejecutivo de dos piezas en tono marfil, con una blusa de seda que acentuaba la elegancia de su figura. Se acomodó el cabello en un recogido tirante y sofisticado.
Al girar, se encontró con Isaías sentado en la orilla de la cama gigantesca. Llevaba únicamente los pantalones del traje puestos, dejando al descubierto su torso ancho, esculpido y atravesado por algunas cicatrices discretas que hablaban de un pasado tan turbio como el de su propia familia. El magnate la observaba en silencio, con los brazos apoyados en las rodillas y esa mirada indomable que parecía evaluar cada uno de sus movimientos.
—Veo que te levantaste temprano —comentó Isaías con su voz cavernosa de las mañanas, rasposa y profunda—. Pensé que las princesas de la mafia dormían hasta tarde.
Verónica ni se inmutó. Tomó su maletín de piel negra y se puso los anillos que la identificaban como la ejecutiva principal del Banco Nacional e Internacional.
—Tengo un imperio que reestructurar y una inmobiliaria que aplastar, Isaías —respondió ella con calma helada—. No tengo tiempo para perderlo entre las sábanas. A diferencia de otros, mi trabajo requiere cerebro y precisión.
Isaías dejó escapar un resoplido que casi parecía una risa ahogada, aunque su rostro se mantuvo serio. Se puso de pie en toda su imponente estatura de un metro noventa, reduciendo el espacio entre ellos en dos pasos rápidos. La sombra que proyectaba sobre ella era colosal, pero Verónica ni siquiera parpadeó.
—Hoy tenemos la primera reunión del directorio conjunto en la sede del Conglomerado San Román —dijo Isaías, inclinándose levemente hacia ella—. Los socios de la constructora y las graveras están acostumbrados a escucharme solo a mí. Si pretendes hacer valer tu famosa cláusula de igualdad, prepárate. Ninguno de esos hombres te va a sonreír por ser hermosa.
—Qué coincidencia —replicó Verónica, ajustándole la solapa del saco que descansaba sobre el sillón antes de lanzárselo al pecho con sutil desdén—. A mí no me interesa que me sonrían. Me interesa que obedezcan. Nos vemos en el auto, San Román.
Sin esperar respuesta, Verónica abandonó la recámara a paso firme. Isaías se quedó solo unos segundos, apretando el saco entre las manos mientras la comisura de sus labios se tensaba. Esa mujer era un dolor de cabeza fascinante.
Una hora más tarde, en el centro financiero de la capital, el imponente edificio del Conglomerado San Román abría sus puertas para la llegada de sus dos mayores accionistas. Los ejecutivos y accionistas menores ya estaban reunidos en la sala de juntas del último piso, un espacio acristalado con una mesa de caoba para treinta personas.
La puerta de la sala se abrió de par en par. Isaías entró primero, emanando la autoridad implacable que lo caracterizaba. Pero esta vez no venía solo. A su lado, caminando a la par con un ritmo perfecto y la barbilla en alto, iba Verónica.
Los murmullos no se hicieron esperar entre los hombres de negocios maduros que ocupaban las sillas.
—Señores —intervino Isaías, tomando la cabecera de la mesa y señalando el asiento contiguo, exactamente del mismo tamaño y jerarquía que el suyo—. Les presento a Verónica Comellas Bermúdez, mi esposa y, a partir de hoy, Copresidenta Ejecutiva de este Conglomerado y representante directa del grupo bancario Comellas.
Un hombre mayor, de cabello canoso y cara arrugada por la prepotencia —Don Ernesto, socio mayoritario de la rama de la constructora—, soltó una risita burlona mientras hojeaba los informes.
—Con todo respeto, Isaías —dijo el socio, mirando a Verónica con condescendencia—, sabemos que los Comellas tienen un peso financiero enorme, pero esta es una empresa de maquinaria pesada, graveras y licitaciones agresivas. Una mujer que acaba de salir de un matrimonio común y corriente no creo que tenga la capacidad para entender el flujo de caja de nuestras licitaciones...
El silencio en la sala se volvió helado. Isaías amagó con hablar, apretando los puños sobre la mesa para imponer su voz, pero Verónica levantó una mano con elegancia, deteniéndolo al instante.
Se apoyó sobre la mesa de caoba, inclinándose apenas hacia Don Ernesto con una mirada tan penetrante que el hombre borró de golpe su sonrisa.
—Don Ernesto —habló Verónica en un tono claro, profesional y mortalmente frío—. Conozco su expediente. Sé que en el último trimestre la división de maquinaria que usted supervisa registró un desvío del quince por ciento en sobrecostos de combustible y mantenimiento, camuflado en facturas fantasma emitidas a una pequeña constructora de segunda categoría... llamada Inmobiliaria Benítez.
Los presentes en la mesa ahogaron un jadeo colectivamente. El rostro de Don Ernesto se mudó de color, pasando de un tono rozagante a un blanco cadavérico.
—¿Q-qué está diciendo? —balbuceó el socio.
—Estoy diciendo que me gradué con honores en Economía y Finanzas, y que en menos de doce horas revisé los libros contables de este conglomerado —continuó Verónica sin elevar la voz, pero con una contundencia devastadora—. La empresa de mi exmarido, Reinaldo Benítez, ha estado subsistiendo gracias a los contratos menores que usted les filtraba por debajo de la mesa para inflar sus propios bolsillos. Hoy mismo esa licitación queda cancelada, sus cuentas personales entran en auditoría por el Banco Nacional y si vuelve a cuestionar mi capacidad ejecutiva, mi hermano Víctor se encargará personalmente de revisar sus archivos privados.
El pánico se apoderó de Don Ernesto, quien bajó la cabeza de inmediato, temblando visiblemente. Nadie en la sala se atrevió a emitir un solo murmullo.
Isaías observaba la escena desde su lugar. Por primera vez en muchos años, no tuvo que intervenir para imponer el control en su propio territorio. Verónica no solo había demostrado una brillantez intelectual impecable, sino que acababa de asestar el primer golpe silencioso contra Reinaldo Benítez, cortándole el suministro financiero sin que su exmarido supiera aún de dónde venía el impacto.
Isaías recargó la espalda en su sillón de piel. Una chispa de orgullo sombrío y un respeto genuino se encendió en sus ojos oscuros mientras miraba a su esposa.
—Como escucharon a la señora San Román —sentenció Isaías con su voz grave, haciendo retumbar el espacio—, las licitaciones a Inmobiliaria Benítez están muertas. Y el que tenga alguna duda sobre quién manda en este edificio... puede presentar su renuncia ahora mismo.
Verónica cruzó las manos sobre la mesa y miró a Isaías de reojo. Por un breve instante, las miradas de ambos se cruzaron, ya no con el desprecio de la noche anterior, sino con el reconocimiento implícito de dos depredadores que acababan de reclamar la misma caza. El juego de la venganza apenas comenzaba.