Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.
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El regalo maldito
La mañana después del baile, el sol no salió: llegó acompañado de música de cámara, tres pajes con libreas bordadas en oro, y una caja de terciopelo rojo tan grande que parecía contener el sol entero. Tony estaba desayunando pan con miel cuando Giulia entró conteniendo una sonrisa.
—Señora… la corte entera está en el pasillo. Traen un regalo. De parte de… la casa de Lucrezia.
Tony untó otro trozo de pan con calma.
—Qué amabilidad. ¿Y traen también la factura, la lista de condiciones y el contrato de alma incluido? Porque de ser así, pueden dejarlo sobre la mesa junto con el azúcar.
—No lo dicen, señora. Pero la caja pesa más que mi sentido común.
—Entonces entiendo —suspiró Tony, limpiándose las manos con una servilleta—. El clásico regalo de reconciliación. La joya maldita. El objeto que se supone que me matará, me envenenará, me pondrá un demonio dentro o me hará hablar en lenguas extranjeras antes del almuerzo. Tan predecible que ya puedo adivinar el brillo. Muy bien. Que pasen. Pero avísales: si la joya habla, respira o tiene ojos, la devuelvo. Sin excepciones.
Entraron. El paje mayor caminó primero con la solemnidad de quien porta las reliquias de un santo. Detrás, Lucrezia con una sonrisa tan dulce que dolía verla, y los cuatro nobles en segundo plano, observando con la atención de banqueros revisando una inversión.
—Antonia —dijo Lucrezia, con voz untuosa como mantequilla derretida—. He reflexionado. Somos familia. Y la familia debe unirse. Te traigo un obsequio. Una joya de familia, perteneciente a mi bisabuela. La llamada Luna Sangrienta. Se dice que… tiene poder. Que responde a quien la lleva. Que nadie puede resistirse a su brillo.
Abrió la caja.
El collar era espectacular. Un óvalo de piedra roja tan profunda que parecía tener su propia luz interna, engastado en oro antiguo, rodeado de rubios pequeños que brillaban con una intensidad nada natural. Y olía. Un aroma sutil, dulce, embriagador… y ligeramente venenoso.
La corte contenía el aliento. Según el guion, Tony debía sentir una atracción irresistible, acercarse hipnotizada, y en el momento en que tocara la piedra… ¡ZAS! Maldición, marca, hechizo, o acusación de robo futuro.
Tony se inclinó levemente. Miró el collar. Miró a Lucrezia. Y soltó una risa suave, educada, claramente divertida.
—¡Qué hermoso! —exclamó, con entusiasmo tan exagerado que casi sonaba a lástima—. ¡Es absolutamente… increíble! Nunca vi nada igual. De verdad, Lucrezia, tu generosidad es tan grande que casi me da vergüenza aceptarlo. Casi.
Lucrezia sonrió, satisfecha, tendiendo la caja.
—Póntelo, por favor. Que todos vean que estamos en paz.
—¡Por supuesto! —Tony alzó las manos, pero para tocarse el peinado, no la joya—. Me encantaría. De verdad que sí. Es que… ¿cómo decirlo con delicadeza? Es tan valioso. Tan antiguo. Tan… cargado de historia. Y de intenciones. Y de hechizos. Y de consecuencias. Me da miedo que al ponérmelo, sin querer, sin saber, pueda… ¿cómo lo llaman? ¿Activar algo? ¿Despertar un espíritu? ¿O quizás… simplemente envenenarme la piel?
Un silencio incómodo cayó sobre el grupo. Lucrezia palideció levemente.
—No entiendo a qué te refieres. Es solo una joya.
—¡Claro que lo es! —asintió Tony con fervor—. ¡Solo una joya! Con ese olor tan particular que tiene… a almendras amargas y a esperanzas rotas. Y ese brillo que cambia según quién la mira. Y esa leyenda tan específica de que "quien la lleve perderá la voluntad". Qué curioso. Justo lo que yo menos necesito ahora: perder la voluntad. Justo cuando estoy empezando a disfrutarla tanto.
Se acercó un paso más, sin tocarla, y habló con tono de confidencia amable:
—Escúchame, de verdad: te agradezco el gesto. Es tan… generoso. Tan… pensado. Pero creo que no me conviene. No porque no me guste. Sino porque me conozco. Soy muy torpe con las joyas. Se me caen. Se me pierden. Se me olvidan en lugares inoportunos. Y sería tan terrible que algo le pasara a algo tan… cargado de expectativas. Me sentiría culpable de por vida. Así que… ¿sabes qué sería mejor? Que te lo quedes tú. Tú la entiendes. Tú la cuidas. Tú… ya sabes cómo funciona. Yo solo soy una chica sencilla que prefiere el pan con miel a los objetos que respiran.
Cerró la caja con un clic suave, se la devolvió a las manos de Lucrezia con una sonrisa radiante, y añadió, dulce como la miel de su desayuno:
—Pero de verdad, gracias. Me hace muy feliz saber que te preocupas tanto por mi… bienestar. De verdad. Eres tan… considerada. Casi da pena no poder aceptarlo. Pero ya sabes cómo soy: tan terca. Tan difícil de hechizar. Qué lástima, ¿verdad?
Lucrezia se quedó con la caja en las manos, con la sonrisa congelada en el rostro como azúcar quemada. No podía enfadarse. No podía acusarla. Tony había sido amable. Exquisitamente amable. Demasiado amable. Tan amable que la había dejado en evidencia ante todos sin haber levantado la voz ni un milímetro.
—Yo… lo entiendo —alcanzó a decir, con voz quebradiza—. Quizás tengas razón. No es el momento.
—Quizás en otra ocasión —asintió Tony, compasiva—. Cuando no tenga prisa. Cuando pueda dedicarle el tiempo que se merece. Cuando… ya no me preocupe tanto mi salud. O mi libertad. Hasta entonces… guárdala bien. No vaya a ser que alguien más inocente la encuentre. Y sería una lástima desperdiciar tanto esfuerzo en alguien que no cae tan fácil.
Los cuatro nobles intercambiaron miradas. No de enfado. De asombro. Nadie hablaba así. Nadie devolvía una trampa tan perfecta con una sonrisa y una lección de buenas maneras. Tony no había usado espada. No había usado magia. Había usado la cortesía como arma. Y era más letal que cualquier veneno.
Cuando se marcharon, Lucrezia caminando rígida como un palo, la caja apretada contra el pecho como si ella misma temiera soltarla, Giulia estalló en risas en cuanto la puerta se cerró.
—¡Señora! ¡La cara que puso! ¡Parecía que se la había tragado entera y no sabía si digerirla o escupirla!
—Es lo que tiene la hipocresía —dijo Tony, sentándose de nuevo a su pan con miel—. Si la devuelves con la misma moneda, no pueden reclamar. Si les dices "gracias, es hermosa, pero no me fío ni un pelo de ti", te llaman grosera. Si les dices "¡qué maravilla, lástima que me pueda matar, adiós!", no tienen nada que decir. La cortesía es el escudo más impenetrable que existe. Nadie puede atacarte cuando solo estás siendo educada.
—¿Cree que lo intentarán de nuevo? —preguntó Giulia, recogiendo la cuchara.
—Por supuesto —respondió Tony, untando más miel—. La próxima vez será más sutil. Quizás no tenga forma de collar. Quizás tenga forma de consejo. De amistad. De ayuda. Pero vendrá. Porque la gente que regala objetos con "poder" siempre cree que el problema es el objeto. Nunca se les ocurre pensar que el problema soy yo. Que yo no necesito que la piedra brille. Yo ya brillo por mi cuenta. Y eso… eso es lo que más les molesta.
Miró por la ventana, donde la comitiva se alejaba por el patio, con Lucrezia caminando como si la caja pesara una tonelada.
—Pobre Luna Sangrienta —murmuró Tony, dando un mordisco al pan—. Qué lástima que su dueña crea que el poder está en la piedra y no en quien la sostiene. Si alguna vez aprende eso… tendré que tener cuidado. Hasta entonces… que siga regalando joyas. Yo seguiré devolviéndolas. Así es el juego: tú me das veneno envuelto en terciopelo, yo te doy gracias envueltas en ironía. Y nos vamos ambas felices. ¿Verdad?
En el pasillo, la sombra que siempre observaba se detuvo un instante. Y por primera vez, esa sombra soltó una risa. Baja, breve, y sincera. Luego se marchó.
Tony terminó su desayuno tranquila. Había ganado otra vez. No con espada, no con magia, no con el futuro. Con sentido común, buen gusto, y el don de decir exactamente lo que todos pensaban pero nadie se atrevía a pronunciar.
«Me dieron un regalo maldito», pensó, limpiándose los dedos. «Y yo les devolví la maldición con interés. Qué divertido. Si todos los enemigos fueran tan predecibles, hasta yo me aburriría. Pero claro… el aburrimiento es el lujo de quien no tiene una profecía esperando.»
Sonrió para sí misma. Y tomó otra rebanada de pan. El desayuno no se iba a comer solo.