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Una noche equivocada: el magnate se volvió adicto a mí

Una noche equivocada: el magnate se volvió adicto a mí

Status: Terminada
Genre:CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Amor a primera vista / Elección equivocada / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:10.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.

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Capítulo 16

Capítulo 16: El sabor de la traición

No dormí bien esa noche.

Di vueltas y vueltas en la cama, con Damián roncando quedito a mi lado, mientras a mí me pasaba una y otra vez la misma película: Roxana encima de mi jefe, y Damián asintiendo con la cabeza a lo lejos. Tú me cubres. Se me revolvía el estómago. No entendía cómo un hombre que hacía una hora me había curado el vientre con las manos calientes podía, con la misma tranquilidad, hacerle segunda a un traidor. Como si fueran dos personas metidas en un mismo cuerpo: el que me cuidaba a mí y el que no movía un dedo por nadie más.

Al amanecer seguía con esa piedra en el pecho.

Al día siguiente llegué a la nave de producción de Velatech con la cabeza pesada y el asco todavía atorado en la garganta. Entre el ruido de las máquinas y el olor a solvente, traté de hacer mi trabajo de siempre —cotizaciones, seguimiento de pedidos, firmar entradas de material—, pero la imagen de Roxana encima de mi jefe se me repetía sola.

Y como si el día quisiera ponerme a prueba, ahí estaba el Prieto.

El Prieto —Onésimo, le decían el Prieto, capataz de la nave, bajito, lenguaraz, con esa labia de albañil que cree que a toda mujer le hace gracia— se me arrimó con su charola de bromas subidas de tono.

—Oiga, güerita. ¿Y usté tiene novio o nomás nos ilusiona? —Se recargó en la mesa—. ¿Es de las serias o de las que se dejan querer?

Meses atrás me habría puesto roja y me habría quedado callada. Ya no.

—Soy de las que le rompen la charola en la cabeza al que se pasa de listo —le dije, sin levantar la vista de mi hoja—. ¿Le sigo explicando o ya con eso?

Se rió, picado, medio ofendido y medio encantado.

—Uy, brava la muchacha.

—Brava y ocupada. Con permiso.

No alcanzó a contestarme. Una voz seca cortó el aire de la nave:

—Onésimo. ¿No tiene trabajo? Porque yo le puedo conseguir más.

Renata León. La dueña. La licenciada León, que casi nunca bajaba a piso, plantada ahí con su traje sastre impecable, mirando al Prieto con un frío de metal. El hombre se enderezó como resorte, farfulló un "sí, licenciada, ya voy", y se replegó a sus máquinas con la cola entre las patas.

Renata me miró a mí. Una mirada larga, evaluadora.

—Tú eres Sofía. La de compras. —No era pregunta—. Ven, acompáñame a comer.

—————

En el comedor de charolas, entre el ruido de cubiertos y el vapor de los guisos, Renata me habló sin rodeos.

—No bajé a la nave por casualidad —dijo, partiendo una tortilla—. Fabián me comentó quién eras. La novia de Godoy. —Me clavó los ojos—. Grupo Godoy es mi cliente más grande, Sofía. Que tú y yo nos llevemos bien me conviene. Te lo digo de frente porque no me gustan las medias verdades.

Me quedé pasmada de tanta franqueza. Esa lucidez sin culpa, esa manera de decir "me convienes" sin que sonara feo, me impresionó más que cualquier halago.

—Pero eso es después —siguió, bajando la voz—. Ahorita hay otra cosa. Vamos a mi oficina.

—————

Cerró la puerta. Cerró las persianas. Y la mujer de acero se sentó frente a mí y se le quebró algo en la cara.

—Hace tiempo que sospecho que Fabián me engaña —dijo, quedito—. No tengo pruebas. Tengo un detalle. Una cosa de nosotros, de la cama, un gesto que él me hacía siempre y que dejó de hacerme sin darse cuenta. Los hombres creen que uno no nota esas cosas. —Apretó los labios—. Ese cambio lo delata más que un labial en el cuello.

Me miró a los ojos.

—Tú viste algo. Anoche. ¿Verdad? Y me lo quieres decir. —Puso la mano abierta sobre la mesa—. No te voy a juzgar por hablar, Sofía. Al revés.

Me debatí. Oí en la cabeza a Alondra —no te metas— y a Damián —no es tu asunto—. Pero pudo más otra cosa. La decencia. La idea de esta mujer sonriéndole a un hombre que se reía de ella en un privado.

—Lo vi con Roxana Belmonte —dije—. En un bar. Ella… sobre sus piernas. Damián lo confirmó. Es su amante, licenciada. Desde hace tiempo, parece.

Renata no gritó. No aventó nada. Se quedó muy quieta, con la vista fija en un punto de la ventana, y se le fueron llenando los ojos despacio, en silencio, mientras la mano apretaba el pañuelo hasta blanquearle los nudillos. Lloró sin ruido, con una dignidad que me partió el alma.

—Con Roxana —murmuró, y su voz se rompió no de tristeza sino de algo más hondo—. ¿Sabes qué es lo que duele, Sofía? No que me engañe. Los hombres engañan, es viejo el cuento. Lo que duele es con quién. Roxana. Esa mujer de la que él y yo nos burlábamos en las cenas. La que despreciábamos juntos. Me cambió por la que despreciábamos juntos.

Era un dolor de orgullo. De clase. De traición pura. Ese era el sabor: no el de perder a un hombre, sino el de descubrir que el hombre nunca fue lo que decía ser.

—Yo lo escogí, Sofía —siguió, con la voz rota pero sin subirla—. De entre muchos, lo escogí a él porque parecía el bueno. El decente. El que no. Y resulta que el "no" era el peor de todos, porque el "no" tenía cara de sí. —Se apretó el pañuelo contra la boca—. ¿Sabes lo que es descubrir que el hombre con el que hiciste un hijo nunca existió? Que era un personaje. Una máscara que se ponía en las mañanas para el mundo y para mí, y que se quitaba en un privado con esa… con esa.

Me acerqué y la abracé. Y lloré con ella, sin saber bien por qué, quizá por todas las mujeres a las que alguna vez alguien les mintió con la cara de bueno. Quizá por mi mamá, que se había pasado la vida sirviéndole a mi papá y a mi hermano sin que nadie le preguntara nunca qué quería ella. Quizá por Sandra, aunque a Sandra todavía no la había visto de nuevo. Por todas.

Y me acordé, de repente, de una frase que Damián me había soltado alguna noche —"¿de veras crees que todos quieren probar el sabor de la traición?"— y sospeché por primera vez que él también lo había probado, que ese hielo suyo venía de una herida que yo no conocía. Que a lo mejor, si él se encogía de hombros ante lo de Fabián, no era por frío, sino por costra. Porque a él ya lo habían quemado ahí.

Renata se separó primero. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Se paró. Y frente al reflejo del ventanal se retocó el saco, se acomodó el pelo, se pasó el labial con pulso firme.

Y cuando se volvió hacia mí, ya no era la misma. Los ojos secos, la barbilla arriba, algo de acero donde hacía un minuto había habido llanto.

—No voy a hacer un escándalo —dijo—. El escándalo es de las tontas. El que grita, pierde. —Guardó el pañuelo—. Te voy a pedir un favor, Sofía. Hazte amiga de Roxana. Poquito. Y déjale caer, como sin querer, que oíste que Fabián ya anda con otra. Una más joven. Más nueva.

—Licenciada, yo…

Sonrió apenas. Una sonrisa que daba escalofríos y respeto al mismo tiempo.

—No voy a llorar delante de él. Voy a recuperar todo lo que es mío. —Me miró—. Y tú me vas a ayudar, Sofía.

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Ely Mercado
Kevin quiso otra torta ya mordida🙄
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