Tania lo tenía todo: un matrimonio envidiable, una casa perfecta y un amor que creía eterno. Hasta la noche en que descubrió a su esposo cenando con otra mujer.
Cualquiera habría gritado, llorado o suplicado. Tania no hizo ninguna de las tres cosas. Sonrió, guardó silencio y empezó a planear.
Lo que nadie sabía —ni su esposo infiel, ni la amante ambiciosa, ni la familia que la subestimó— era que detrás de la esposa sumisa se escondía una mente brillante capaz de construir un imperio desde las cenizas de su propio matrimonio. Con la ayuda de su mejor amiga y de un hombre misterioso que la admiraba desde las sombras, Tania inicia una transformación silenciosa que la llevará de ama de casa humillada a la mujer más poderosa de la industria.
Pero la venganza es solo el comienzo. Secretos de familia, traiciones corporativas, enemigos implacables y un amor inesperado pondrán a prueba su frialdad legendaria a lo largo de cinco temporadas de intriga, pasión y poder.
Porque la venganza más letal no es la que se grita. Es la que se sirve en silencio.
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Capítulo 22
—¿Qué condición? —preguntó Rey, alzando una ceja.
—Quiero que me hagas una promesa —declaró Luna, con la voz repentinamente seria, despojada por completo de su actitud arrogante—. Prométeme que vas a proteger a Tania, pase lo que pase. Protegerla de su esposo, de esa víbora, de cualquiera que intente hacerle daño.
—Y quiero que me prometas otra cosa —continuó Luna, inclinándose hacia adelante, con la mirada implacable—. Que no vas a quedarte otra vez de brazos cruzados, admirándola desde lejos. Si se presenta una oportunidad, tienes que dar el paso y hacerla feliz. ¡Tania merece un hombre mucho mejor que Diego!
Rey guardó silencio, procesando aquella condición tan inusual. Luna no pedía dinero ni un puesto de trabajo; pedía una promesa sincera por su mejor amiga. Renzo, a su lado, se sorprendió ante la audacia de Luna.
Rey la observó un instante y luego dejó vagar la mirada, pensando en Tania, luchando sola.
—Lo prometo —respondió Rey con voz firme, cargada de convicción—. Haré todo lo que esté en mis manos para asegurarme de que Tania esté a salvo y sea feliz.
—Perfecto, entonces —asintió Luna, satisfecha—. Tania es una mujer astuta; me quedé boquiabierta cuando supe que ya había diseñado todo un plan de venganza con tanto detalle.
—Aun así —prosiguió, suavizando el tono, con una preocupación honda que le brotaba de cada palabra—, es una mujer, Rey. Yo sé que Tania parece fuerte y resistente por fuera, pero por dentro es frágil. Se esfuerza por parecer inquebrantable porque, si ella se derrumba, ¿quién la va a sostener?
Rey escuchaba con atención, conmovido hasta lo más profundo.
—Tania ya no tiene a nadie, Rey —susurró Luna—. Pocos meses después de casarse con Diego, sus padres murieron en un accidente. El resto de su familia vive lejos, en otra ciudad, y cada quien tiene su propia vida.
El silencio se apoderó del café. Luna terminó relatando la infidelidad de Diego: cómo había metido a Farah en la casa y le había dicho a Tania que era su prima. Al oírlo, Renzo se quedó atónito, mientras Rey apretaba los puños por debajo de la mesa, la mandíbula tensa de rabia contenida.
—¿Y sabes qué, Rey? Tania se mantuvo serena —continuó Luna—. Sinceramente, yo no conocía esa faceta suya, pero también me da miedo. No quiero que Tania cargue con todo sola. Aunque su suegra está de su lado, igual me preocupo. Y mi consejo es que, si de verdad quieres ayudarla, lo hagas en silencio. No le rompas la concentración, Rey. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Rey asintió, la mirada encendida por una determinación ardiente, listo para desplegar su ayuda clandestina en favor de aquella mujer herida.
De pronto, el silencio fue interrumpido por un rugido estruendoso proveniente del estómago de Luna. Rey y Renzo voltearon hacia ella, ligeramente desconcertados.
Luna, con su desenfado característico, sin una pizca de vergüenza, esbozó una sonrisa socarrona.
—Oigan, tengo hambre. Hace mucho que no como rico en un café así de caro —clavó en Rey una mirada exigente.
—¡Tienes que invitarme un montón de comida rica, Rey! Eso es parte de nuestro pacto de alianza, ¿no?
Renzo, que ya había captado la dinámica peculiar del momento, actuó con rapidez sin esperar instrucciones de Rey. Llamó al mesero de inmediato.
—Por favor, tráiganos lo mejor del menú y algunas de sus especialidades de la casa.
Ordenaron abundante comida para Luna, Renzo y también para Rey. Mientras esperaban que sirvieran los platos, Luna se acordó de su mejor amiga.
—Oye, Rey —lo llamó Luna—. Pídanle comida para llevar también a Tania.
Rey sonrió con calidez, conmovido por la lealtad y el cariño que Luna le profesaba a Tania.
—Por supuesto.
—Pídanle un spaghetti aglio e olio y un jugo de fresa —añadió Luna, revelando la comida y la bebida favoritas de su amiga.
—Eso es lo que más le gusta.
Sin necesidad de que se lo pidieran, Renzo llamó al mesero y ordenó la comida para Tania.
—Empáquelo bien, por favor —le indicó Renzo al mesero, y luego se dirigió a Luna—. Enviaré un mensajero de la oficina para que lo lleve a nuestra empresa, a la oficina de la señora Tania en el piso de diseño, en la zona financiera, en Hartadinata Internacional S.A.
El silencio volvió a reinar mientras esperaban la comida, pero la atmósfera se sentía más cálida, impregnada de una amistad recién forjada en medio de un frío plan de venganza.
Veinte minutos después, todos los platos estaban servidos sobre la mesa. El aroma colmaba el café. Luna los contempló con ojos resplandecientes; su expresión se transformó en pura admiración ante la montaña de comida que tenía enfrente. Empezó a comer con apetito voraz, sin prestar la menor atención a Renzo ni a Rey, aunque lo hacía con modales, pese a la avidez.
Rey esbozó una sonrisa discreta al observarla. Ya lo sabía desde los tiempos de la universidad: Luna era una devoradora nata. Más de una vez las había visto a ella y a Tania en la cafetería del campus, y la mesa de ambas siempre estaba repleta de platos... que, desde luego, eran todos de Luna. Lo curioso era que, a pesar de todo lo que comía, Luna seguía siendo menuda.
Renzo, por su parte, miraba a Luna devorar cada bocado y solo atinaba a negar con la cabeza, divertido por el espectáculo.
De pronto, Luna detuvo el tenedor a medio camino. Alzó la vista y fulminó a Renzo con una mirada cortante.
—¿Por qué me mira así? —le espetó Luna, interrumpiendo su festín un instante—. ¿Es la primera vez que ve a una mujer que come mucho? No soy glotona, solo tengo... entusiasmo gastronómico.
Renzo dio un respingo, pillado in fraganti. El rostro se le encendió al instante y se puso nervioso. Desvió la mirada de Luna y fingió revisar su celular.
—No... no es nada —balbuceó Renzo—. Solo estaba... impresionado por su entusiasmo al comer.
Luna bufó, irritada, pero una sonrisa tenue le asomó en los labios. Retomó la comida con el mismo ímpetu, ahora con la satisfacción adicional de haber logrado que Renzo se pusiera colorado.
Siguió comiendo con apetito, aunque su mente estaba ahora ocupada por la curiosidad sobre la transformación de Rey.
—Ah, Rey —lo llamó entre bocados—. Un día de estos tienes que contarme cómo fue tu proceso de cambio para llegar a ser como eres ahora. No me lo puedo creer, en serio. Si no me hubieras enseñado esa foto tuya de antes, probablemente yo tampoco te habría reconocido, igual que Tania.
Rey sonrió levemente y desvió la mirada de Luna hacia la ventana del café. No porque no quisiera responder, sino porque la pregunta de Luna despertó una duda que le carcomía el corazón.
En vez de responderle a Luna, Rey planteó otra cosa. Su tono se volvió serio, los ojos fijos en ella.
—Si Tania se enterara de mi pasado, ¿crees que aún querría que me le acerque?
Luna dejó de comer. Lo miró con una expresión cargada de significado.
—Claro que sí —contestó Luna, convencida.
—Diego, que al principio no era absolutamente nadie, y aun así Tania lo aceptó. Ella jamás ha menospreciado a nadie, Rey.
—Pero tampoco te lances a la velocidad de un rayo. Con calma —Luna soltó una de sus sonrisas astutas—. Ahora mismo, lo que a ella le importa es hacérselas pagar a su marido. Por el momento, ayúdala en silencio, como puedas, usa tus contactos, haz lo que quieras, pero que Tania no se entere de nada.
Rey la escuchaba con atención absoluta.
—Básicamente, tienes que hacer las cosas igual que Tania —subrayó Luna, enfatizando el nombre "Tania" con toda la intención—. Con inteligencia, con un plan, y en silencio.
El silencio se apoderó del café. Renzo y Rey permanecieron callados, asimilando la astucia de Tania que Luna acababa de revelar.
—Mmm, la verdad es que ahora me siento entre fascinada y asustada de Tania —murmuró Luna, con un tono que mezclaba admiración y un ligero estremecimiento, al caer en cuenta de lo fuerte que era su amiga detrás de esa máscara de serenidad.
Retomaron la comida, pero el ambiente ya había cambiado. Amistad, secretos y un plan de venganza convergían ahora en aquella mesa del café, listos para ser ejecutados.
Continuará...