Una venganza despiadada cambiaron el destino de Ania para siempre. Convertida en víctima de una inseminación artificial, se descubrió embarazada de un completo desconocido, sin comprender cómo la crueldad humana había llegado tan lejos.
Rechazada y repudiada por su familia, no tuvo más opción que huir hacia las sombras.
Años después, el tiempo ha borrado a la joven indefensa: Ania regresa transformada en una mujer inquebrantable, sin saber que el destino le tiene preparado es un giro inesperado, en su camino se cruzará con el del verdadero padre de sus gemelos, un hombre de un poder inimaginable que jurará hacer arder a quienes se atrevieron a lastimarla.
Jairo Velarde jamás imaginó que la sangre de su sangre corría por las venas de dos pequeños inocentes. Sin embargo, al caer rendido ante el misterio y la belleza de Ania, descubrirá una verdad tan impactante que sacudirá los cimientos de su vida.
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CAPITULO 11: Escape definitivo y divorcio
Margarita aguardaba en la congestionada sala de espera del aeropuerto internacional.
Tres agónicas horas más tarde, la silueta alta de Juan apareció entre la multitud, flanqueado por Ania y Pía.
“¡Nana!”, gritó Ania, olvidándose de la debilidad de su cuerpo, y corrió a estrellarse contra los brazos de la anciana.
Margarita la recibió con un abrazo apretado que olía a lavanda, pero enseguida la sostuvo por los hombros con fingida severidad “Niña... por Dios, no vuelvas a correr así en tu estado. Tienes que empezar a cuidar la vida de ese bebé que llevas dentro”
“Estoy embarazada, nana, no enferma” protestó Ania con un mohín divertido “Pero te prometo que en cuanto aterricemos en nuestro destino, lo primero que haré será buscar un obstetra”
Juan se acercó a ellas con paso rápido y, con una sonrisa sincera que transformó su semblante cansado, colocó una mano sobre el hombro de Pía “Margarita... quiero presentarte formalmente a mi otra hija, Pía”
La anciana entornó los ojos, confundida por la repentina revelación familiar.
“Es mi hija adoptiva, nana” aclaró Juan de inmediato, disipando cualquier duda.
Margarita, ruborizada por el malentendido, suavizó las facciones y le dedicó una sonrisa cálida a la joven “Mucho gusto, mi niña”
“¿Puedo... puedo llamarla nana yo también?”, preguntó Pía con timidez, con los ojos brillando por la emoción.
La anciana no respondió con palabras; simplemente abrió los brazos y la acogió en un abrazo protector que disolvió cualquier rastro de desconfianza.
Sin embargo, los minutos jugaban en su contra, Juan miró el gran reloj de la terminal y recuperó la rigidez de su postura “¿Conseguiste todo, Margarita?”
La nana, con un brillo de triunfo en los ojos, metió la mano en su delantal y extrajo con orgullo el sobre de manila “Aquí tienes los documentos de identidad y los pasaportes. Debemos apresurarnos... antes de que el diablo se dé cuenta”
Juan y Ania la miraron con genuina sorpresa; no sabían que la determinación de Margarita incluía exiliarse con ellos, pero la idea les llenó el pecho de una calidez que hacía mucho no sentían. Iban a estar juntos.
El emotivo reencuentro fue interrumpido por la aproximación de un hombre de traje impecable y maletín de cuero que caminaba con paso decidido hacia ellos.
“Con que al fin te decides a volar, viejo amigo...” articuló el recién llegado con una sonrisa de complicidad, era el abogado de confianza de Juan.
Juan se giró y sus ojos se iluminaron. Se estrecharon en un fuerte abrazo y se dieron un par de palmadas afectuosas en la espalda.
Rápidamente, Juan le presentó a sus hijas y a Margarita, explicando la urgencia de su situación.
“Bueno, Juan, me ha encantado conocer finalmente a las razones de tu lucha, pero el tiempo juega en nuestra contra” advirtió el abogado, mientras extraía del bolsillo de su gabardina tres pases de abordar de primera clase “Aquí tienes los tres boletos que me encargaste ayer por la noche”
“Un segundo... ¿Y la nana?”, intervino Ania, contando los pasajes con la mirada.
Juan se tensó por completo, una sombra de culpa cruzando su frente “Lo siento mucho, hija... no tenía idea de que Margarita vendría con nosotros en este vuelo. Dios mío, ¿qué hacemos ahora? Las listas de abordaje deben estar cerradas”
“No se preocupen por mí, muchachos” respondió la nana con una serenidad admirable, acariciando la mano de Ania “Váyanse ustedes tres primero. Yo los alcanzaré en el siguiente vuelo que encuentre disponible por la tarde”
Justo en ese crucial instante, una mujer joven que llevaba una maleta de mano se detuvo a escasos metros de ellos, luciendo visiblemente apenada.
“Disculpen... lamento importunarlos” intervino la joven con amabilidad “pero no pude evitar escuchar por casualidad que les hace falta un boleto de última hora. Verán, yo acabo de tener una emergencia familiar y me veo en la estricta necesidad de cancelar mi viaje de inmediato. Quizás... si vamos al mismo destino, podría traspasarle mi pasaje al portador ahora mismo en la ventanilla”
Juan revisó el destino que figuraba y, por obra del destino, coincidía de manera exacta con el refugio internacional que había planeado. El alivio le inundó las facciones.
“Señorita, me ha salvado la vida. Se lo compro ahora mismo” dijo Juan, con una emoción contenida que casi le quiebra la voz.
Tras una transacción rápida en el mostrador contiguo y el cambio de nombre reglamentario, la joven recibió el pago en efectivo y les dedicó una última mirada “Gracias a usted, señor. Que tengan un excelente viaje”
El altavoz de la terminal resonó con la última llamada de embarque para su vuelo.
Tras una rápida y emotiva despedida del abogado, quien prometió borrar cualquier rastro legal de su paradero en el país, los cuatro cruzaron el filtro de seguridad y caminaron por el túnel de abordaje.
Una vez instalados en los amplios asientos del avión, ocupando una fila completa, Ania se recostó en el hombro de su padre, sintiendo el ronroneo de las turbinas encenderse.
“Una nueva vida está por comenzar... ¿Verdad, papá?”, susurró, cerrando los ojos.
Juan depositó un tierno beso sobre su cabeza, rodeando también los hombros de Pía con el otro brazo, uniendo a sus dos hijas en un pacto silencioso de supervivencia.
“Sí, mi amor. Y si algún día la vida nos obliga a volver a esta ciudad, regresaremos siendo tan fuertes que nadie, absolutamente nadie, volverá a atreverse a tocarlas”
El avión aceleró por la pista y se elevó con fuerza, perdiéndose entre el espeso manto de nubes.
Abajo, las siluetas de los rascacielos y la sombra de los Carrillo se redujeron a la insignificancia de la distancia.
Desde el mirador de la autopista perimetral que bordeaba el aeropuerto, Ana observaba. El movimiento que terminó por desaparecer en la inmensidad azul.
Una lágrima solitaria, pesada y cargada de un rencor antiguo, rodó en silencio por su mejilla.
La puerta del vehículo se abrió de golpe. Roberto Carrillo subió al asiento del copiloto, con el rostro desencajado y la respiración agitada.
Había llegado minutos tarde; el registro de vuelos ya estaba fuera de su alcance “Hija...” la voz del viejo sonó inusualmente rota, cansada por la derrota.
Ana se limpió el rastro de humedad del rostro con un movimiento seco de la mano y fijó la vista en el frente, recuperando la máscara de hielo que su padre le había enseñado a usar.
“No te preocupes por ellos, padre” respondió con una indiferencia artificial “Esos muertos de hambre no valen la pena. Que se pudran en la miseria”
Roberto la miró de reojo y, por primera vez en el día, una sonrisa de cruel orgullo distendió sus facciones “Así me gusta, Ana. Esa es la sangre”
…….......
Horas más tarde, el silencio sepulcral envolvía la imponente oficina corporativa de Ana en el centro financiero de la ciudad.
El sonido del intercomunicador rompió la monotonía del ambiente.
“Señora Carrillo” anunció la voz de la secretaria “en la recepción se encuentra el abogado del señor Juan Gallegos. Solicita una audiencia urgente con usted”
Ana se tensó en su silla de piel, pero no tardó en recuperar la compostura. Sabía perfectamente a qué venía esa visita.
“Hazlo pasar de inmediato” dictaminó, con voz firme.
La puerta de roble se abrió y el elegante abogado que había despedido a Juan en el aeropuerto entró a la estancia, sosteniendo un portafolios negro.
Caminó con paso seguro y se detuvo frente al escritorio, manteniendo una distancia estrictamente profesional.
“Buenos días, señora Carrillo. Me presento ante usted en calidad de representante legal y apoderado absoluto de mi cliente, el señor Juan Gallegos” articuló el hombre con solemnidad, mientras extraía del portafolios un legajo de documentos oficiales “Vengo a hacerle entrega formal de los acuerdos definitivos para la disolución del vínculo matrimonial. El acta de divorcio”
Ana contempló los papeles sobre el escritorio como si se tratara de una declaración de guerra. Sin embargo, su orgullo desmedido y su prepotencia aristocrática le impidieron mostrar un solo ápice de debilidad o dolor ante un extraño.
Tomó una pluma estilográfica de oro, deslizó los folios hacia ella y estampó su firma en cada una de las páginas sin pronunciar una sola palabra, con una caligrafía firme y agresiva.
Lo que más le enfurecía, lo que le inyectaba un coraje hirviente en las venas, era constatar en las cláusulas que Juan no exigía ni un solo centavo de su fortuna, ni una sola propiedad, ni una sola de las acciones de los Carrillo. Se marchaba limpio, demostrándole que ella y su dinero no valían nada.
El abogado retiró los documentos firmados, los guardó en su portafolios y le dedicó una sobria inclinación de cabeza.
Estaba francamente sorprendido; había anticipado una batalla legal encarnizada con una mujer de esa reputación, y no esperaba que capitulara en un silencio tan gélido.
“Todo está en orden, señora Carrillo. Que tenga un buen día” concluyó el litigante, dándose la vuelta y abandonando el despacho con paso firme.
En la absoluta soledad de su enorme oficina, rodeada de lujos mudos, Ana se puso en pie y caminó hacia el minibar de cristal.
Se sirvió un trago generoso de whisky puro, observando los hielos chocar contra el cristal.
Levantó el vaso hacia el ventanal que mostraba la inmensidad de la ciudad y susurró para sí misma, con una voz que arrastraba una locura contenida “Por mi soledad...”
Dio un trago largo, sintiendo el alcohol quemarle la garganta, mientras una sonrisa retorcida y desprovista de cualquier rastro de humanidad se dibujaba en su rostro “Ya vendrán a mí... Se los juro que van a regresar de rodillas”
Elena y Antonia por andar humillando a Ania Juan Gallego les tendrá su buena sorpresa 😮😮
Orlando y Jairo la traición la tienen metida en su casa Olga la marioneta de Vidal será la involucrada en todo lo que hagan.
Vidal vil, asqueroso y manipulador y Rachel una putizorra, desnaturalizada y putizorra tener relaciones con ese monstruo que asco.