Lyanne Vesper siempre fue considerada la hija dócil de la poderosa Casa Vesper. Dulce, obediente y sin ambición. Una señorita incapaz de hacer daño. Pero todos estaban equivocados.
Lyanne no se volvió mala por culpa del mundo. Nació así. Desde niña aprendió a esconder sus colmillos detrás de una sonrisa inocente y a convertir las debilidades ajenas en armas.
Cuando el heredero Kaelen la toma como esposa mientras continúa obsesionado con Wynne, Lyanne comprende que el amor nunca será su moneda de cambio. Si no puede tener su corazón, tendrá algo mucho más valioso: el poder.
Entre intrigas, traiciones, venenos, guerras entre clanes y una lucha por el Trono de la Luna, Lyanne moverá cada pieza sin que nadie descubra quién está detrás.
Porque cuando todos creen estar jugando contra ella…
ya han perdido.
Y Lyanne solo sonríe.
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EL CABALLO DESBOCADO Y LA TRAMPA
Tres días después de la boda, la corte se reunía en la explanada de entrenamiento para la ceremonia de bendición de los corceles de guerra. El sol caía a plomo sobre la piedra blanca, y el olor a sudor de caballos, polvo y flores de luna se mezclaba en el aire. Yo permanecía de pie junto al estrado, vestida de azul profundo con el emblema de Vesper bordado en plata, las manos entrelazadas con aparente calma. A mi lado, Kaelen miraba hacia la pista, impaciente. Y entre él y yo… Wynne. No tenía derecho a estar allí, pero él la había llevado. La gente murmuraba, baja, como un río subterráneo.
—Es una tontería que te quedes aquí —le dijo él, bajando la voz solo para ella—. El sol te sienta mal. Podrías retirarte a la sombra.
—No sin ti —respondió ella, con una sonrisa dulce que no llegó a sus ojos—. Donde estés tú, estaré yo.
Yo no dije nada. No miré. Mis dedos acariciaron por un instante el pequeño amuleto de hueso que llevaba escondido bajo el cuello del vestido: un fragmento de raíz de sombraveloz, una hierba que irrita el olfato de los caballos y los vuelve incontrolables. Nadie lo sabía. Nadie lo había visto.
—Que pasen los corceles —ordenó el anciano jefe de los establos.
El primero en entrar fue Fuego Negro, el semental favorito de Kaelen: alto, musculoso, de pelaje como la medianoche, considerado el más noble y tranquilo de la manada. Caminó con paso firme hasta el centro de la explanada. Todo iba bien. Demasiado bien.
Entonces… moví la mano, apenas un gesto, como si me arreglara el cabello. El amuleto se deslizó entre mis dedos y cayó al suelo, justo cuando el viento sopló hacia el caballo.
Fuego Negro alzó la cabeza de golpe. Sus ollares se dilataron. Un relincho agudo y aterrorizado rasgó el aire.
—¡¡Cuidado!! —gritó alguien.
El animal se encabritó con violencia, sus casos golpeando el vacío, y se lanzó hacia adelante, desbocado, con los ojos en blanco y espuma en el belfo. La gente gritó y se apartó. Kaelen dio un paso al frente, dispuesto a contenerlo, pero el caballo iba demasiado rápido, directo hacia él.
—¡Kaelen! —gritó Wynne.
Y entonces ocurrió. Ella se lanzó hacia él, sin pensarlo, sin medir el peligro, y se interpuso en su camino. El hombro del animal la golpeó de lleno y salió despedida contra el suelo de piedra con un golpe seco y terrible.
—¡Wynne! —Kaelen se arrodilló a su lado de inmediato, olvidando todo, olvidando que yo estaba allí, olvidando que era su esposa—. ¡Llamad a los sanadores! ¡Ahora!
El caos estalló. Los guardias sujetaron al caballo, que seguía relinchando y pataleando. Los ancianos se levantaron alarmados. Yo me acerqué despacio, con el corazón latiéndome con fuerza, pero no de miedo: de la satisfacción fría y perfecta de quien ve caer la ficha exacta en el lugar justo.
Me arrodillé junto a ellos, con voz temblorosa y llena de angustia:
—¡Por la luna… está herida! —Levanté la vista hacia los presentes, con lágrimas en los ojos que nadie supo si eran de verdad o de actuación—. ¡Qué valiente! Se interpuso sin dudar para salvar al Alfa. ¡Nadie podría haber hecho más!
Las palabras cayeron como semillas en tierra fértil.
—¡Es una heroína! —se oyó un grito entre la multitud.
—¡Arriesgó la vida por él! —dijo otro.
—¡Qué mujer tan leal!
Kaelen me miró un instante, confundido de que yo alabara a la mujer que ocupaba mi lugar, y luego volvió a ella, con una ternura que me habría destrozado si yo aún tuviera corazón para sentir celos.
—No te muevas, mi vida —le susurró, tomándola entre sus brazos—. Estás a salvo. Nadie te hará daño.
Wynne abrió los ojos lentamente, con el rostro pálido y una mueca de dolor. Su brazo izquierdo colgaba en un ángulo antinatural.
—No importa… —murmuró, mirándolo a él—. Mientras estés bien… no me importa nada.
La adoración en la mirada de Kaelen era absoluta. Se giró hacia los presentes, con voz tronante:
—¡Escuchad todos! —La habitación entera calló—. Esta mujer dio su sangre por mí. A partir de hoy, nadie la tratará como una extraña. Se le dará el honor de una princesa. Quien la insulte, me insulta a mí. Quien la hiera, me hiere a mí.
—¡Viva la señora Wynne! —gritaron algunos guardias.
Yo me puse de pie despacio. Alguien me tomó por el brazo: era Elara, con los ojos muy abiertos.
—Señorita… —susurró—. El caballo… ¿vos…?
—Shhh —la interrumpí sin mover los labios, con una media sonrisa que no llegó a mis ojos—. El caballo se asustó. Eso es todo. Un accidente. Nadie puede probar lo contrario. Y mira qué hermoso resultado: todos la aman. Todos la veneran. Cuanto más alto la suban… más fuerte será el golpe cuando caiga.
—Pero… ¿y si os descubren?
—No me descubrirán —respondí, mirando cómo Kaelen la cargaba en brazos como si fuera de cristal—. Porque nadie sospecha de la esposa dulce y comprensiva. Nadie sospecha de Lyanne Vesper. Y eso, Elara, es mi mayor ventaja.
Caminé detrás de ellos, manteniendo la cabeza erguida, mientras los murmullos me rodeaban. “Qué noble es la esposa”, decían algunos. “Acepta con humildad lo que le han hecho”. “Es demasiado buena para este lugar”.
Exacto. Que lo crean. Que piensen que soy débil, que soy bondadosa, que no tengo colmillos. Mientras ellos miran la flor… no ven la raíz que se traga el suelo entero.
Esa noche, mientras la ciudadela celebraba a la heroína y Kaelen no se apartaba de su lecho ni un instante, yo estaba sentada junto a mi ventana, limpiando el amuleto de raíz de sombraveloz con un paño de seda. Elara entró con una lámpara.
—Dicen que su brazo sanará, pero quedará débil para siempre —dijo suavemente—. El Alfa no se mueve de su lado. No ha venido a buscaros ni una vez.
—No lo hará —respondí, guardando el amuleto en una caja de madera, bien escondida—. Ahora ella es la víctima. La mártir. La mujer que dio todo por él. Y yo… yo soy la esposa que espera en silencio. Dos papeles. Dos máscaras. Y yo tengo la paciencia para esperar a que la suya se caiga.
—¿Y si nunca se cae?
Cerré la caja con un clic suave y me levanté, mirando la luna llena que brillaba con fuerza sobre los tejados.
—Todo se cae, Elara. Lo que sube, baja. Y lo que se construye sobre mentiras… se derrumba solo con soplar. Yo solo aceleré el proceso. —Me giré hacia ella con una sonrisa fría y segura—. Ella ganó el día de hoy. Que lo disfrute. Porque a partir de ahora, cada paso que dé hacia arriba… lo estaré guiando yo. Y cuando llegue a la cima… yo misma la empujaré al vacío.
Apagué la lámpara. La oscuridad me abrazó como una vieja amiga.
—Descansa, Elara. La actuación de mañana requiere que esté descansada. Tengo que visitar a la heroína. Llevarle flores. Desearle una pronta recuperación. Ser la esposa perfecta.
—¿Y ella? ¿Os dejará entrar?
—No tendrá opción —respondí, acostándome y cerrando los ojos—. Porque si me rechaza delante de todos, mostrará su verdadero rostro. Y eso… es lo que yo quiero que haga. Que se muestre tal como es. Sin máscaras. Sin heroísmo. Solo una mujer celosa y cruel. Y entonces… todos verán quién es la verdadera loba.