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ESENCIA CARMESÍ

ESENCIA CARMESÍ

Status: En proceso
Genre:Magia / Completas
Popularitas:211
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.

Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?

Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

PRÓLOGO

Las dos llamas

París, diciembre de 2025.

Faltan tres semanas para Navidad. La ciudad se viste de luces doradas en los Campos Elíseos, de mercados navideños en Notre‑Dame, de niños riendo con copos de azúcar en los labios y familias que caminan abrazadas contra el frío. A nadie le importa el callejón estrecho y húmedo que se esconde detrás del Canal Saint‑Martin, donde la lluvia cae fina como agujas de hielo sobre los adoquines negros y el único olor que se respira es a café quemado, a orines viejos y a la ropa sucia que Elian Varela lleva puesta desde hace tres días.

Tiene diecisiete años. Tiene el pelo negro y revuelto que se le pega a la frente por el agua, los labios partidos por el frío y moretones morados y verdes en las costillas que le arden cada vez que respira hondo. Tiene cortes secos en los nudillos de haberse golpeado la pared cuando no aguantaba más, y una marca de mano entera en el cuello, morada y fea, que intenta ocultar levantando el cuello de la sudadera rota que fue de su padre antes de que se fuera. El tío Marcos se la ha dado esta tarde. Primero le gritó por haber dejado un plato sin lavar en el fregadero. Luego por haber mirado mal. Luego, simplemente, porque estaba borracho y aburrido y porque sabía que ninguno de los dos iba a defenderse: ni Elian, ni su madre.

Elian se apoya contra la pared fría de ladrillo y se aprieta las manos contra el pecho, tan fuerte que los nudillos se le ponen blancos. Siente ahí, debajo de la piel, debajo de los huesos, dos cosas que no entiende. Dos llamas que llevan meses latiendo dentro de él y que ya no se pueden apagar por mucho que él lo intente. No le ha contado nada a nadie. Ni a su madre. Ni a los pocos compañeros de clase que le hablan de vez en cuando. Ni siquiera a sí mismo, en voz alta, porque tiene miedo de que al nombrarlas se hagan más reales.

La primera llama es CÁLIDA.

Es roja, del mismo color que la sangre que le sale de la nariz cuando el tío lo golpea con el puño cerrado. Es suave, es lenta, es la parte de él que todavía quiere creer que algo puede estar bien. Es la voz que le dice: *arregla esto. Crea algo mejor. Haz que deje de doler*. Es la llama que, hace tres noches, le hizo brotar una pequeña flor carmesí en la palma de la mano mientras lloraba en silencio al lado de la cama de su madre, después de ver cómo el tío la empujaba contra la nevera. La flor duró tres segundos exactos. Tuvo pétalos perfectos, suaves como la seda, y olió a lluvia y a jazmín. Y luego se marchitó. Se convirtió en cenizas grises que se le cayeron entre los dedos, sin que él pudiera hacer nada para detenerlo. Porque el dolor siempre es más fuerte que cualquier cosa que él se atreva a desear. Porque no sirve para nada. Porque él no sirve para nada.

La segunda llama es FRÍA.

Es violeta oscuro, del mismo color que la noche más cerrada de invierno, cuando ni siquiera las estrellas se atreven a salir. No crea. No repara. No calma. Esa llama TOMA. Quita. Absorbe. Se traga la energía de todo lo que toca y la guarda dentro de él, como un veneno dulce que le da poder pero le va comiendo el alma poquito a poco. Es la voz que le susurra al oído cada vez que el tío le grita, cada vez que le levanta la mano: *solo quítale la fuerza. Solo un poco. Haz que no pueda volver a levantarse. Haz que deje de existir*. Es la llama que, ayer por la tarde, hizo que toda la luz del pasillo se apagara de golpe sin que él tocara ningún interruptor, solo con mirar la bombilla con rabia. Es la misma que dejó al tío sin aliento de golpe, jadeando y agarrándose del pecho, sin entender qué le pasaba, mientras Elian estaba parado al otro lado de la habitación con las manos cerradas y el corazón latiéndole desbocado.

Él ODIA esa llama violeta. Le da más miedo que los golpes del tío, más miedo que la oscuridad, más miedo que la idea de pasar toda su vida así. Pero cada día que pasa late más fuerte dentro de su pecho. Cada día cuesta más mantenerla cerrada. Cada día, la voz le susurra cosas más feas, más oscuras, más definitivas.

—No quiero esto —susurra a la lluvia, con la voz tan rota que casi no se oye—. Solo quiero que se acabe. Por favor. Que se acabe de una vez.

Mete una mano en el bolsillo del pantalón. Sus dedos rozan el metal frío y afilado de la navaja pequeña que robó hace una semana de la caja de herramientas del tío. La lleva encima desde entonces. Todavía no se ha atrevido a usarla. Pero sabe que está ahí. Sabe que, en algún momento, ya no habrá más fuerzas para aguantar. Sabe que un día muy pronto, la navaja dejará de ser solo un peso en el bolsillo para convertirse en la única salida que le quede.

A lo lejos, suena una sirena de policía. Se escuchan risas de gente que pasa por la calle principal, copas de vino que chocan, música de un restaurante cercano. Para todos los demás, París es hermosa. Es magia. Es la ciudad del amor y los sueños. Para Elian Varela es solo una jaula fría y grande donde nadie lo ve, donde nadie le importa, donde su madre lo quiere pero no lo puede proteger, donde su tío es el dueño de cada golpe, de cada grito, de cada pedazo de miedo que se le va quedando grabado en los huesos.

Cierra los ojos. Deja que la lluvia le moje toda la cara, que se le mezcle con las lágrimas que no se atreve a soltar delante de nadie. Y en ese momento, sin saber cómo, siente que no está solo.

Alza la vista.

Encima del tejado de la casa de enfrente, recortada contra el cielo gris y oscuro, hay una mujer. Lleva un abrigo negro largo que le llega hasta los tobillos, el pelo negro y revuelto que le cae por los hombros y unos ojos que brillan, incluso a esa distancia, de un violeta oscuro y profundo, IGUAL QUE LA LLAMA QUE ÉL LLEVA DENTRO. No se mueve. No habla. Solo lo mira. Y Elian entiende, de repente, con un frío que le baja por la espalda más helado que la lluvia: ELLA SABE. Sabe lo que lleva dentro. Sabe lo que es. Sabe que no es normal.

La mujer baja despacio del tejado, sin hacer ruido, como si el aire la sostuviera. Se acerca a la boca del callejón. No entra del todo. Se queda en la frontera entre la luz de la farola y la oscuridad donde está él. Huele a libros muy viejos, a lavanda silvestre y a algo que no puede nombrar: a magia antigua, a secretos de siglos, a poder que ha vivido mucho más tiempo que toda la ciudad junta. Es VESPERA. Él no sabe su nombre todavía. No sabe que lleva siglos cazando magos, robando poderes, sobreviviendo a todo y a todos. Solo sabe que, cuando ella habla, su voz le llega directo al pecho, como si le hablara desde dentro de su propia cabeza:

—Dos magias en un solo cuerpo, niño —dice ella, muy despacio, con una sonrisa pequeña y cruel en los labios—. Una da vida. Teje. Crea. Es la parte tonta, la que todavía cree en los finales felices. La otra… la otra se lo come todo. Absorbe. Destruye. Se hace más fuerte con cada dolor, con cada lágrima, con cada gota de sangre que derramas. Nadie en quinientos años ha logrado llevar las dos dentro sin romperse por la mitad. O aprendes a ser las dos al mismo tiempo… o ninguna te dejará salir vivo de esto.

Elian se queda paralizado contra la pared. Quiere preguntar quién es. Quiere preguntar qué le pasa. Quiere gritarle que se vaya, que lo deje en paz, que no quiere ningún poder, ninguna llama, ninguna magia. Solo quiere ser un chico normal. Solo quería una familia normal.

Pero cuando abre la boca para hablar, la mujer ya no está.

No hay huellas en el suelo mojado. No hay rastro de su perfume. Solo queda la lluvia. Solo quedan las dos llamas peleando dentro de su pecho, roja y violeta, caliente y fría, amor y odio, crear y destruir. Solo queda el pensamiento que ya no se atreve a decir en voz alta, pero que lo acompaña cada noche antes de dormir, cada vez que el tío levanta la mano, cada vez que su madre mira para otro lado con los ojos llenos de miedo: pronto no voy a aguantar más.

Mete la mano otra vez en el bolsillo. Vuelve a rozar el metal frío de la navaja.

Todavía no lo sabía, pero faltaban exactamente veintiún días para que decidiera dejar de existir.

Veintiún días para que el dolor fuera más fuerte que el miedo a morir.

Y veintiún días para que, en ese mismo callejón, en la noche más oscura de todas, apareciera un hombre de treinta y dos años con una cicatriz en la mandíbula, un abrigo de policía pesado y unos ojos que no le tenían miedo ni al rojo ni al violeta. Un hombre que no sería su príncipe azul. Que no lo salvaría de todo. Que cometería errores, que dudaría, que le gritaría y que le haría daño sin querer. Pero que, por primera vez en toda su vida, no se iría.

Elian Varela cierra los ojos otra vez.

La lluvia sigue cayendo.

París sigue brillando a lo lejos, ajena a su dolor.

Y dentro de su pecho, las dos llamas siguen latiendo.

Esperando.

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