Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
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Capítulo 23
Capítulo 23 — De usted, señor Mondragón
—Buenas noches, señor Mondragón.
Damián levantó la vista del teléfono.
Estaban en la casita de Coyoacán, en la mesa de la cocina, y Valentina acababa de poner frente a él un plato de cena que no le tocaba preparar —doña Chole tenía el día libre—. Lo había llamado así muchas veces. Lo nuevo era el tono: ni timidez ni una sonrisa escondida, solo la cortesía distante que habría usado con un desconocido.
—¿Por qué me hablas así? —preguntó él.
—Señor Mondragón. —Valentina se sentó del otro lado de la mesa, muy derecha, y dobló las manos sobre el regazo—. Es su apellido, ¿no?
—Puedes decirme Damián. Lo sabes.
—Firmé muchas cosas.
Damián dejó el tenedor. La luz de la cocina le endureció la cara.
—¿Qué te pasa desde ayer?
Valentina lo había pensado toda la noche, en el cuarto de al lado, sin dormir, oyéndolo respirar del otro lado de la pared que ya no quería cruzar. No tenía pruebas de lo que había dicho la doctora. Pero no las necesitaba para sentir el frío. Bastaba con una pregunta metida en el pecho como una astilla: ¿y si la abuela se había enfermado a tiempo porque a alguien le convenía? ¿Y si todo, desde la primera noche, había sido un cálculo con ella adentro?
No podía preguntárselo. Si se lo preguntaba, él sabría lo que sabía, y ella perdería lo único que le quedaba, que era la ventaja de que él la creyera dócil.
Así que hizo lo único que podía hacer. Se alejó.
—Quiero volver a la residencia —dijo—. A los dormitorios de la escuela. Ya la abuela está mejor, ya no necesito estar cerca del hospital todo el tiempo. Y usted viaja mucho. La casa se queda sola.
—La casa se queda contigo.
—No quiero la casa, señor Mondragón.
Damián se echó para atrás en la silla. Cruzó los brazos. La miró largo, con esos ojos que sabían leer balances y personas con la misma frialdad, buscándole la grieta.
—¿Alguien te dijo algo —preguntó despacio—, o alguien te tocó algo?
—Nadie me tocó nada. —Valentina sostuvo la mirada—. Solo quiero mi espacio. Es todo.
—Tu espacio. —Damián soltó una risa sin ninguna gracia—. ¿Sabes qué? Igual tienes razón. Igual lo que necesitas es aire de verdad. Te mando al extranjero. Una academia en Europa, un año, dos. Danza pura, maestros de verdad, lejos de Paola, lejos de las redes, lejos de todo este circo. Firmo mañana.
A Valentina se le cerró la garganta. Sabía lo que era eso. No era un regalo. Era una jaula con mejor vista. Lejos de la abuela, lejos de Iker, lejos de cualquiera que pudiera ayudarla, dependiendo por completo del hombre que le pagaba el pasaje.
—No —dijo—. No me quiero ir del país.
—Ah. Entonces sí quieres la jaula, nada más que esta. —Damián se inclinó sobre la mesa—. Decídete, Valentina. Quieres irte a la residencia, quieres tu espacio, me hablas como si apenas me conocieras. Pero no quieres el país que yo te ofrezco ni la casa que te di. ¿Qué quieres?
—Quiero pagarle lo que le debo y quedar en paz.
El silencio se puso duro.
—El contrato lleva casi cinco meses —dijo Damián, y ahora la voz le salió lisa, sin nada tibio adentro—. Un año. Léelo otra vez antes de dormir, por si se te olvidó lo que cuesta romperlo. Se te olvida seguido lo que firmas.
Se levantó. Se abrochó el saco. En la puerta se detuvo, sin voltear del todo.
—A tu abuela le toca control el jueves —dijo—. Yo lo pago, como siempre. Que descanses, Valentina.
Y en el "como siempre" hubo, para ella, un cuchillo que él no sabía que estaba clavando —o que sí sabía. Ya no lograba distinguir cuál de las dos cosas la asustaba más.
Cuando el coche se fue, Valentina se quedó sola en la cocina con el plato de él intacto sobre la mesa. Recogió. Fregó. Y solo cuando el agua le corrió por las manos se permitió temblar un poco.
Después sacó su libreta de cuentas de abajo del colchón. Sumó otra vez, aunque se la sabía de memoria. Le faltaba muchísimo. Le faltaba una eternidad de telas aéreas, de clases de las siete, de noches sin dormir. Pero le faltaba menos que ayer, y eso era una cosa que él no podía quitarle.
—Voy a averiguar la verdad —le dijo a la libreta, en voz baja, como se le reza a algo—. Voy a saber si le tocó la abuela. Y me voy a ir. Aunque me cueste la vida entera pagarlo.
Cerró la libreta. Rezó un padrenuestro rápido, más por costumbre que por fe, y se metió a la cama fría del cuarto de al lado.
No sabía que, en la banqueta de enfrente, un hombre en un coche gris apuntaba en su propia libreta la hora exacta en que se apagó la luz.
* * *
En la Torre Imperial, Lino esperaba de pie con una carpeta bajo el brazo.
Damián entró aflojándose la corbata, se sirvió un trago que no se tomó, y se quedó frente al ventanal mirando la ciudad como quien mira algo que le pertenece y no lo consuela.
—Habla —dijo.
—Como usted ordenó, señor Mondragón. La tenemos vigilada desde anteayer. —Lino carraspeó—. Hay más de lo que pensábamos.
—Dime todo.
—La señorita Valentina ha estado dando clases en la Academia Armonía, de lunes a jueves, por hora, cobrando en efectivo. Los fines de semana que usted viajó, tomó trabajo de doble en un rodaje. Telas aéreas. Sin protección. Fueron tres días; de ahí los golpes. —Lino hizo una pausa—. Y consiguió los dos trabajos por el mismo contacto.
Damián no se volteó.
—¿Quién? —La voz no le cambió, pero se le quedó quieta, y esa quietud era peor.
—Antonio Belmonte. Toño. El de los castings. —Lino abrió la carpeta—. Lleva semanas hablando con él a escondidas. Empezó en la hacienda, el fin de semana de los caballos. Le pidió que le buscara papeles bien pagados y, específicamente, que se los agendara para cuando usted estuviera fuera del país.
El vaso, en la mano de Damián, giró despacio. No se rompió. Damián nunca rompía las cosas de golpe.
—Está juntando dinero —dijo él, y no era pregunta.
—Todo lo apunta en una libreta, señor. Cada peso. Nuestro hombre alcanzó a ver la portada. —Lino bajó un poco la voz—. Parece que lleva la cuenta de lo que usted ha gastado en ella. Como… como quien lleva una deuda.
Por primera vez en toda la noche, Damián se volteó.
Y Lino, que llevaba nueve años a su lado y le conocía cada gesto, no supo leer el que le vio en la cara: no era rabia, no del todo; no era dolor, no se lo permitía; era algo más peligroso que las dos cosas, la mirada de un hombre que descubre que la única persona que quiso retener ha estado, todo este tiempo, contando los barrotes con una lima entre los dedos.
—Quiere comprarse de vuelta —dijo Damián, casi para sí—. Cree que puede.
—¿Qué hacemos, señor?
Damián estiró la mano.
—La lista. Dámela.
Lino le entregó la carpeta.
Adentro estaba todo: cada día, cada hora, cada peso, cada llamada a Toño Belmonte, cada paso que Valentina había dado creyendo que nadie la miraba. Damián pasó las hojas una por una, despacio, bajo la luz del ventanal, con el nombre de ella repetido en cada renglón como un pulso.