Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 7
En el ala más alta y protegida del palacio, el despacho del emperador Vinicius era un santuario de sombras, maderas oscuras y pergaminos estratégicos. Las pesadas cortinas de terciopelo negro mantenían la estancia en una penumbra calculada, rota únicamente por el parpadeo de las velas sobre la gran mesa de roble.
Vinicius se encontraba de pie junto a los ventanales de cristal ahumado, apoyando el peso de su cuerpo sobre un bastón de marfil tallado. Su perfil duro y la mandíbula marcada se perfilaban con la tenue luz del atardecer. Contemplaba el horizonte de los dominios imperiales cuando dos golpes secos y reglamentarios resonaron en la puerta de roble macizo.
—Adelante —ordenó el emperador con su voz grave, profunda y cargada de una autoridad inquebrantable.
La puerta se abrió con total sigilo y por ella ingresó el general Kaelen, el comandante de la guardia real y mano derecha del emperador. Con paso firme y marcial, se detuvo a pocos pasos del escritorio e hizo una reverencia militar.
—Su majestad —saludó Kaelen con respeto, ajustando unos rollos de pergamino bajo el brazo—. He traído los nuevos planos topográficos actualizados de los territorios del norte y los reportes de las patrullas fronterizas que solicitó revisar antes del consejo de mañana.
Vinicius se giró lentamente, dirigiendo hacia su comandante una mirada en la que el ojo ámbar profundo y el azul brumoso brillaban con la fría intensidad de un estratega.
—Déjalos sobre el escritorio, Kaelen —indicó el emperador, avanzando con paso pausado hacia la mesa para tomar asiento en su sillón de respaldo alto.
El general obedeció de inmediato, desenrollando con cuidado los mapas sobre la madera oscura, señalando las líneas de fortificación y los puntos clave donde la tensión de las manadas vecinas exigía mayor vigilancia. Vinicius examinó los trazos con atención, haciendo preguntas precisas y dictando órdenes breves que Kaelen memorizaba al instante.
Tras unos minutos de revisión táctica, el comandante recogió los planos secundarios y se disponía a retirarse con una última venia, cuando el emperador levantó repentinamente la mano, deteniéndolo en seco.
Vinicius se quedó en silencio por un instante, frunciendo ligeramente el ceño. Durante las últimas horas, mientras lidiaba con los asuntos de estado, una extraña sensación había estado rondando en el fondo de su mente: una sutil perturbación en la atmósfera del palacio, un rastro invisible que sus agudos sentidos de alfa puro no lograban encajar del todo.
—Kaelen —la voz del emperador sonó más baja, cortante y calculadora—. Las rondas de la guardia en el ala residencial han reportado el ingreso de una nueva niñera para el heredero. El informe de la superintendente menciona que logró calmar al niño en cuestión de minutos, algo inusual tras tantas semanas de fracasos.
El comandante parpadeó, sorprendido de que un asunto del servicio doméstico hubiera llamado la atención del soberano, pero respondió con presteza:
—Así es, mi señor. Fue seleccionada esta mañana tras superar los filtros de la alta servidumbre.
Vinicius se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio, mientras la sombra de la duda cruzaba por su mirada heterocromática.
—Dime, comandante... ¿Quién es exactamente esa mujer y de dónde vino? Quiero saber cada detalle de su expediente antes de que caiga la noche.
El general Kaelen frunció ligeramente el ceño, procesando la orden directa de su emperador. No era habitual que Vinicius mostrara interés por los asuntos del personal doméstico, pero la naturaleza del heredero y la delicada seguridad de la familia real exigían un escrutinio implacable.
—Los registros de la intendencia y del comité de selección la catalogan como una joven llamada Elizabeth, proveniente de un pueblo lejano en los límites del territorio —informó Kaelen con tono profesional, manteniendo la postura firme—. Llegó a las puertas del palacio acompañada por Klarisa, una de nuestras empleadas de mayor confianza, tras haberse refugiado en su cabaña durante la tormenta de hace unos días.
Vinicius escuchó en completo silencio, sin apartar la vista de su comandante. Su ojo ámbar capturaba cada matiz de la estancia, mientras el azul brumoso parecía perderse en un cálculo interno.
—¿Una refugiada de la tormenta que, por azares del destino, aparece justo a tiempo para postularse y logra domesticar el temperamento del heredero en su primer intento? —inquirió el emperador, con un tono que no denotaba sospecha abierta, sino una fría y analítica incredulidad—. La coincidencia es demasiado perfecta, Kaelen. En este palacio, las casualidades suelen ser espadas ocultas.
—Puedo ordenar una investigación más exhaustiva sobre su pasado, mi señor —se ofreció de inmediato el general—. Verificaremos cada rincón de su lugar de origen y los registros de Klarisa.
—No de manera abierta —sentenció Vinicius levantando una mano para frenar la iniciativa—. Si se trata de una simple muchacha desafortunada, una investigación agresiva solo alertaría a quien no debe. Pero tampoco la perderemos de vista.
El emperador se recostó lentamente en su sillón, cruzando los dedos sobre la superficie de la mesa de roble mientras recordaba la extraña sensación de vacío energético que había percibido en los pasillos días atrás; una ausencia de rastro que desafiaba las leyes de su raza.
—Asegúrate de que la guardia duplique la discreción en las rondas cercanas al ala residencial —ordenó Vinicius con voz glacial—. Y encárgate de que sus movimientos con el príncipe sean observados de cerca. Si esa mujer oculta algo... quiero ser el primero en saber qué clase de juego está jugando bajo mi propio techo.
—Como ordene, su majestad —respondió Kaelen haciendo una reverencia marcial antes de girar sobre sus talones y retirarse del despacho con pasos silenciosos, dejando al emperador solo con sus sombras y sus crecientes sospechas.