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Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:100
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.

Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.

Hasta que un día dejó de aguantar.

Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.

Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

¿Se habrá ido Valentina? ¿Estará furiosa? ¿Les habrá pasado algo a los niños? Andrés sintió miedo de llegar a una casa vacía.

Pero unos segundos después se escuchó una risa menuda desde el cuarto de Santiago. Luego la voz de Mateo gritando algo ininteligible.

Andrés soltó el aire de golpe, aliviado. La tensión en los hombros cedió un poco. Caminó hasta la habitación de Santiago y abrió la puerta despacio.

Una escena cálida lo recibió de inmediato. Valentina estaba sentada en el piso, sobre la alfombra, recargada en la cama. El cabello todavía un poco húmedo, seguramente acababa de bañarse con Mateo.

Detrás de ella, Santiago la abrazaba del cuello con fuerza mientras se reía con picardía. Mientras tanto, Mateo jalaba la mano de su madre con la cara arrugada de indignación.

—¡No, Santiago! ¡Mami es de Mateo! —protestó el pequeño con toda su energía.

—¡No quiero! —respondió Santiago apretando más el abrazo—. ¡Mami también es mía!

—¡De Mateo!

—¡De Santiago!

Mateo terminó parándose de rodillas para arrebatarle el abrazo a Valentina. Ella solo podía reírse bajito mientras intentaba separarlos.

—Ya, ya... Mami es de los dos.

Pero Santiago siguió provocando a su hermano:

—¡No! Mami me quiere más a mí.

Mateo chilló ofendido:

—¡Mami quele a Mateo!

—¡A mí!

—¡A Mateo!

Sus voces llenaron aquel cuarto pequeño con una calidez sencilla. Y lo más gracioso era que ninguno de los tres se había dado cuenta de que Andrés llevaba un rato parado en la puerta.

Andrés se quedó observándolos en silencio. Le invadió una tibieza en el pecho que no esperaba. La escena era de lo más simple, pero bastó para que el cansancio acumulado desde la mañana empezara a disiparse.

Fue entonces cuando lo entendió: esa casa se sentía viva por Valentina. Su esposa era el centro de la calidez en aquel hogar. Valentina hacía reír a los niños. Valentina convertía la casa en un lugar al que daban ganas de volver. Valentina era quien, sin hacer ruido, mantenía todo unido.

—Con razón nadie salió a recibirme —comentó Andrés por fin, sonriendo apenas—. Estaban peleándose por mami.

Valentina y los dos niños voltearon al mismo tiempo.

—¡Papi! —Santiago fue el primero en correr a abrazarlo.

Mateo no se quedó atrás. El pequeño se apresuró a abrazar las piernas de su padre entre risas.

Andrés soltó una carcajada breve y levantó a Mateo en brazos.

—Uy, cada día estás más pesado.

—¡Jeje! —Mateo le rodeó el cuello con sus bracitos.

Santiago se colgó del brazo de Andrés y empezó a contarle a toda velocidad lo que había hecho en la escuela ese día.

Y en medio de aquella escena cálida, Valentina solo los observaba en silencio. Le dolía el pecho. Porque en el fondo, Andrés no era un mal esposo.

Era cariñoso, responsable y adoraba a sus hijos.

Justamente por eso Valentina había aguantado todo ese tiempo. Porque cada vez que estaba a punto de rendirse, veía la ternura de Andrés con los niños.

Pero justamente eso lo hacía más doloroso todavía. Un hombre tan bueno como él, ¿por qué no era capaz de ponerle un alto a su propia familia?

Si tan solo fueras justo, mi amor..., pensó Valentina mientras contemplaba a su esposo con los niños. Tal vez yo sería la mujer más afortunada del mundo.

Pero la realidad no era tan bonita. Andrés siempre se ablandaba ante los suyos. Siempre sentía remordimiento de negarles algo. Y sin darse cuenta, eso iba destruyendo poco a poco su propio matrimonio.

—Mi amor...

La voz de Andrés sonó más suave que por la mañana. Se sentó al borde de la cama de Santiago con Mateo en el regazo. El niño empezó a jugar con los botones de la camisa de su padre entre risitas.

—¿Qué hay de cenar?

La pregunta sonaba de lo más normal. Cotidiana. La misma que Andrés hacía casi todos los días al llegar del trabajo.

Normalmente, Valentina habría contestado con una sonrisa: "Hice pollo en salsa, como pidieron los niños" o "Te preparé sopa, la que te gusta". A veces incluso tenía listo un bocadillo y un té caliente antes de que Andrés terminara de bañarse.

Pero esa noche fue diferente. Valentina no contestó de inmediato. Lo observó unos segundos con una mirada plana — ni enojada ni dulce. Y justo eso fue lo que empezó a incomodar a Andrés.

Entonces, con voz tranquila, Valentina soltó:

—Si quieres que cocine, son veinte dólares.

Andrés se quedó con la boca abierta.

—¿Qué?

De la impresión, casi dejó resbalarse a Mateo de sus piernas. El niño, ajeno a todo, se entretuvo jalando las agujetas de los zapatos de su padre.

—¿Cómo que tengo que pagar? —preguntó Andrés frunciendo el ceño.

Valentina se recargó con tranquilidad en la silla del escritorio de Santiago. Su expresión era de lo más serena. Como si lo que acababa de decir fuera la cosa más natural del mundo.

—Pues claro —respondió ligera—. A la cocinera de la fonda también le pagan por cocinar.

Andrés resopló.

—Pero yo ya compré los ingredientes —su tono empezó a sonar impaciente—. Tú solo tienes que cocinar.

Valentina sonrió apenas. Pero esa sonrisa le revolvió el estómago a Andrés. Porque no era la sonrisa dulce de siempre, sino la sonrisa de alguien que te está poniendo un espejo enfrente.

—Cocinar cansa, Andrés —dijo Valentina en voz baja, mirándolo directo a los ojos—. Requiere esfuerzo. Requiere tiempo.

Hizo una pausa breve.

—Y también creatividad para que la comida sepa bien.

Andrés abrió la boca, pero no le salió nada.

Mientras tanto, Santiago empezó a mirar a uno y otro, alternando entre sus padres. El niño era lo bastante grande para notar que algo no andaba bien entre ellos. Mateo también se quedó callado, aunque sin entender del todo.

—Además, la cena también es para todos, para nosotros —intentó Andrés, bajando la voz como si quisiera persuadirla.

Normalmente, eso bastaba para que Valentina se ablandara. Pero esta vez no funcionó. Valentina asintió apenas.

—Sí —su voz seguía calmada—. Pero eso no compensa el esfuerzo que me cuesta.

La frase dejó a Andrés sin respuesta. Por alguna razón, esas palabras sencillas le cayeron como una cachetada. Porque en todos esos años, él nunca se había puesto a calcular el cansancio de su mujer.

Andrés estaba acostumbrado a que todo apareciera hecho. La comida siempre en la mesa. La ropa siempre limpia, perfumada y doblada. La casa siempre impecable. Los niños siempre atendidos.

Hasta que olvidó que nada de eso ocurría solo. Detrás de todo estaba el cuerpo de Valentina. Su tiempo sacrificado. Sus horas de sueño recortadas. Pero él lo había dado por sentado.

Valentina se puso de pie despacio. El cabello largo le caía desordenado porque Mateo la había abrazado con todas sus fuerzas. Lo miró con una sonrisa pequeña.

—Si quieres ahorrar —dijo con naturalidad—, compra en la fonda de la esquina. Con tres o cuatro dólares también se llena uno.

Andrés se quedó absolutamente sin palabras. Solo podía mirar a su esposa sin poder creerlo. Normalmente, Valentina era incapaz de dejarlo pasar hambre. Incluso cuando peleaban, ella terminaba preparando algo a escondidas.

Pero ahora, Valentina había cambiado de verdad. No solo en lo que decía, sino en cómo se comportaba.

Y lo que más inquietó a Andrés fue que Valentina se veía completamente decidida. No había señales de que fuera a ceder como siempre.

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