Lyanne Vesper siempre fue considerada la hija dócil de la poderosa Casa Vesper. Dulce, obediente y sin ambición. Una señorita incapaz de hacer daño. Pero todos estaban equivocados.
Lyanne no se volvió mala por culpa del mundo. Nació así. Desde niña aprendió a esconder sus colmillos detrás de una sonrisa inocente y a convertir las debilidades ajenas en armas.
Cuando el heredero Kaelen la toma como esposa mientras continúa obsesionado con Wynne, Lyanne comprende que el amor nunca será su moneda de cambio. Si no puede tener su corazón, tendrá algo mucho más valioso: el poder.
Entre intrigas, traiciones, venenos, guerras entre clanes y una lucha por el Trono de la Luna, Lyanne moverá cada pieza sin que nadie descubra quién está detrás.
Porque cuando todos creen estar jugando contra ella…
ya han perdido.
Y Lyanne solo sonríe.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA LOBA QUE BAJA LA CABEZA
El silencio en el Gran Salón de la Ciudadela pesaba como plomo. A mi alrededor, todos los ojos me juzgaban. Se sentaban en sus tronos de piedra y madera oscura, los ancianos del clan, el Alfa Kaelen en lo más alto, y a su lado, ella: Wynne.
La mujer por la que todos estarían dispuestos a matarme hoy.
Me arrodillé sobre el frío mármol. No bajé la mirada por miedo —nunca he conocido el miedo—, sino porque el papel lo exigía. La dulce, dócil Lyanne Vesper. La segunda hija de la Casa Vesper, la que no compite, la que no levanta la voz, la que ni siquiera es capaz de lastimar a una mosca.
Qué equivocados estaban.
—¡Confiesa, Lyanne! —bramó el anciano Gareth, golpeando el brazo de su sillón con el puño—. ¡Tú ordenaste a estos hombres que calumniaran a la señora Wynne! ¡Que dijeran que ella envenenó el agua del manantial sagrado!
Levanté la vista lentamente, con las manos entrelazadas con aparente temblor. Mi voz salió suave, casi un susurro:
—Vuestra sierva sabe que hoy no escapará a la muerte. Pero solo pide un último favor… permítanme interrogar en persona a estos testigos. Solo unos momentos. Bajo vuestros ojos. Si hago trampas, que sea yo quien pague.
Kaelen, el Alfa heredero, se inclinó hacia adelante con el ceño fruncido. Sus ojos, de un dorado cálido que antes habría dicho hermoso, ahora solo me miraban con asco.
—¿Qué podrías ganar mintiendo ahora? —dijo con sequedad—. Concedido. Pero no te excedas.
Me levanté despacio y caminé hacia los tres hombres que estaban atados a los postes del centro del salón. Un herrero, una sirvienta y un cazador. Todos con la mirada perdida, todos temblando.
Me detuve frente al herrero. Su piel estaba manchada de hollín, sus manos enormes y callosas.
—Vosotros no teníais nada contra mí —dije, lo suficientemente baja para que solo ellos me oyeran, pero con una firmeza que los hizo estremecer—. Jamás os ofendí. ¿Por qué me calumniáis hoy?
El hombre tragó saliva, miró de reojo hacia el estrado, y luego bajó la cabeza:
—Fue… fue la señora Wynne. Ella nos ordenó decirlo. Nos dijo que si no hablábamos, haría daño a nuestras familias. Yo solo soy un herrero. ¿Qué sé de venenos? Ni siquiera conozco las hierbas que crecen más allá del muro. ¿Cómo iba a saber qué poner en el agua?
Sentí una satisfacción fría, limpia, recorrer mi pecho. Así que era así. Tan predecible. Tan torpe.
Miré a la sirvienta:
—¿Y tú? ¿También te amenazó?
—Me ofreció oro y un puesto en la torre norte —susurró la chica, con lágrimas en los ojos—. Pero luego dijo que si me retractaba… mataría a mi hermano pequeño. No tuve elección, señorita Lyanne. Lo siento.
Me volví hacia el estrado. Kaelen miraba a los tres con el ceño fruncido, confundido. Wynne, en cambio, se puso de pie de un salto, con las mejillas encendidas de furia:
—¡Mentís! ¡Todos vosotros! ¡Lyanne os ha hechizado! ¡Les ha dado alguna poción para que digan esas mentiras! —se giró hacia Kaelen, agarrándole del brazo—. ¡Alteza, no lo creáis! ¡Ella es la mentirosa! ¡Miradla, finge dulzura pero tiene el corazón negro!
—¿Poción? —repuse con calma, sin levantar la voz—. No he dado nada a nadie. Solo les pregunté la verdad. Si hablan así, es porque la verdad pesa más que el miedo que vosotros les metisteis.
—¡Guardias! —gritó Wynne—. ¡Tapadle la boca a esta loca! ¡Que se calle!
—¡ALTO! —La voz de Kaelen tronó en la sala. Se levantó, y la habitación entera contuvo el aliento—. Basta. Los tres testigos han sido coaccionados. Está claro.
Wynne palideció:
—Kaelen… no… no es lo que parece…
—No hoy, Wynne —dijo él, y aunque su tono era duro, vi cómo su mirada se ablandaba al mirarla. Siempre ella. Siempre la misma debilidad—. Lyanne queda libre. Pero esto no termina aquí.
Me incliné en una reverencia profunda, ocultando la sonrisa que me nacía en los labios.
—Gracias, alteza. Solo busco la verdad.
—Vete —dijo él con un gesto impaciente—. Retírate.
Salí del Gran Salón con paso lento, las manos entrelazadas delante de mí. Los guardias me abrieron paso, y mientras caminaba, escuché los murmullos a mi paso. “Qué dulce”, “Qué digna”, “No se merece esto”.
Nadie sabía que cada paso que daba era un paso hacia algo mucho más grande. Mucho más oscuro.
Al llegar al pasillo exterior, el aire fresco de la tarde me golpeó la cara. Mi fiel sirvienta, Elara, me esperaba en la sombra de una columna. Se acercó en cuanto estuvimos solas:
—Señorita… lo hicisteis. Los expusisteis. Pero… la señora Wynne no se quedará con los brazos cruzados. El Alfa la protegerá siempre.
Me detuve y miré hacia el bosque, donde las sombras empezaban a alargarse. Mi voz, ya sin la dulzura fingida, se volvió baja y firme:
—Claro que la protegerá. Él haría cualquier cosa por ella. Y eso, Elara, es su debilidad más grande.
—¿Qué planeáis?
Me toqué el pecho, justo sobre el corazón, y sonreí. Una sonrisa que no llegó a mis ojos.
—Nada todavía. Pero hoy le he mostrado a todos que no soy la muñeca de porcelana que creen. He sobrevivido a la primera prueba. Y te recuerdo… —la miré de reojo, con una frialdad que hizo estremecer a mi propia sirvienta—… nací mala, Elara. No me convertí en lo que soy. Lo llevo en la sangre. Y esta ciudadela… no está lista para la loba que tiene entre sus muros.
Caminé de nuevo, esta vez con la cabeza alta, sin ocultar nada.
Wynne creía que esto era una victoria suya por haber sido descubierta sin castigo. Kaelen creía que había hecho justicia. Los ancianos creían que la paz estaba a salvo.
Todos estaban equivocados. Esto apenas empezaba. Y cuando terminara… nadie se atrevería a subestimarme jamás.