Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.
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El reloj que nunca se detiene
La oscuridad se rasgó con el resplandor rojo de un temporizador que jamás debió aparecer allí. Victoria permanecía rígida, arma firme en la mano, respiración contenida. Mientras tanto, a su lado, Adrian dormía con una tranquilidad que rayaba en lo insultante. ¿Cómo podía descansar así cuando todo parecía venirse abajo a su alrededor? Ella dio un paso adelante; el frío del suelo de mármol le subía por las piernas hasta helarle la sangre, y apoyó el cañón justo contra la sien de su marido. Ni un temblor, ni una duda… sin embargo, esa calma extraña le inquietaba más que cualquier enemigo visible.
—Despierta, Adrian. Se te acabó el tiempo —susurró. El frío del acero tocó su piel, pero él solo balbuceó algo absurdo sobre ofertas de comida barata. Victoria apretó los dientes: la distancia entre ese hombre aparentemente inútil y todo lo que empezaba a ocurrir era tan grande que le mareaba. Justo entonces, aquel aparato antiguo sobre la mesita terminó su cuenta atrás: 00:00:00.
Un instante de silencio absoluto siguió después. Ni una brisa, ni un ruido lejano… como si el mundo entero hubiera dejado de latir.
Y en ese mismo segundo, el teléfono de Victoria vibró violentamente en su bolsillo. El susto fue tan fuerte que casi dispara sin querer. Atendió sin perderlo de vista:
—¡Victoria, se cayó todo! —gritó su asistente aterrorizado—. ¡El sistema entero de Miller colapsó de golpe! Se vierten a la luz todas sus cuentas ocultas, sobornos, tramas secretas… ¡destruido por completo!
Un escalofrío recorrió su espalda. Miró el teléfono extraño de él: cero en pantalla. Miró su propio reloj. No podía ser casualidad; encajaba demasiado bien para ser azar.
—¿Cómo llaman a lo que lo derribó todo? —preguntó con voz apenas audible.
—Le dicen “Cable Azul”. Nadie sabe bien qué es, pero pertenece a los códigos que creó su padre. Nadie más debía conocerlos…
Colgó con el corazón acelerado. Ese nombre era un secreto que parecía leyenda. Solo cabían dos explicaciones: o su padre había vuelto, o el hombre que fingía no saber ni encender una luz ocultaba algo mucho más grande. Buscó otra respuesta posible. No existía.
Lo sacudió con fuerza hasta despegarlo de la almohada.
—¡Despierta ya! ¡Miller está acabado justo cuando tu reloj llega al final! ¡Dime quién eres de verdad!
Abrió un ojo despacio, muy despacio, mirándola como si no entendiera nada en absoluto.
—¿Victoria…? ¿Ya es hora? ¿Pasó algo malo con la oferta de zapatos que esperaba? De verdad que si se me escapa…
—¡Basta de tonterías! —le interrumpió furiosa, sin mover el arma—. Usaron el código de mi padre para borrarlo todo del mapa. Coincidió al segundo contigo hablando solo con máquinas viejas. ¡Explícamelo ya!
Adrian suspiró cansado, se incorporó sin prisa ni miedo, como si el arma fuera algo sin importancia. Por un instante breve todo cambió a su alrededor: pareció más alto, más serio, con una mirada profunda que ocultaba mundos enteros. Ella retrocedió sin querer.
—Victoria… muchas veces creemos ver causas donde solo hay consecuencias —dijo con voz distinta, grave y firme—. Miller cayó porque estaba construido sobre mentiras. No por una alarma cualquiera.
—¿Fuiste tú? —preguntó ella, temblando—. ¿Eres tú quien ha estado moviendo todo desde dentro?
En un parpadeo volvió su sonrisa burlona y distraída de siempre.
—¿Yo? Si casi quemo la cocina la otra mañana intentando calentar agua… Solo quería no perderme una subasta rara que empieza justo ahora. Mira tú misma si no me crees —le enseñó la pantalla llena de anuncios sin sentido.
Le arrebató el aparato para revisarlo bien: parecía inocente, hasta que al deslizar el dedo una fracción vio pasar líneas rápidas de datos antes de volver a ocultarse. Casi nada. Casi invisible. Pero ella lo vio.
—Sigues mintiendo. Siempre escondiendo detrás de una broma —dijo con certeza.
—Todos guardamos secretos —respondió tranquilamente mientras se acomodaba para seguir durmiendo—. Tú el miedo a perder lo que cuida tu padre. Yo… bueno, yo guardo sobre todo ganas de descansar. Y baja ya eso, que disparar sin querer estropea cosas caras justo antes de reuniones difíciles.
Bajó el arma al fin. No porque creyera sus palabras, sino porque no tenía pruebas contra él. Y esa impotencia era lo peor de todo.
Iba hacia la puerta cuando el aparato de red en la esquina cambió de tono y de luz: del verde seguro pasó al naranja de alerta. Al mismo tiempo, todos los dispositivos encendieron solos. Un mensaje apareció idéntico en cada pantalla: sin remitente, sin texto… solo una nueva cuenta atrás.
05:59:59… 05:59:58…
—¿También es para tu compra esa hora? —preguntó ella con voz quebradiza.
No se giró, pero ella notó cómo se tensaba bajo las sábanas sin moverse.
—No… ese no termina nunca del todo, jefa…
Victoria salió cerrando con fuerza, pero esos números no se iban de su mente: seis horas para algo que llegaba sin avisar.
En cuanto quedó sola la habitación, Adrian abrió los ojos. Seguía bajando: 05:49:12… No necesitaba mirar para saberlo. Respiró lento y profundo, pero ya nada era casualidad: sabía qué venía, desde dónde y quién jugaba también su partida en otros sitios lejanos. En ciudades distintas, personas recibían la misma señal. En lugares cerrados sin ventanas, veían exactamente el mismo tiempo correr igual. Nadie sabía detenerlo ya.
—Lo difícil empieza ahora sí —susurró solo para la sombra—. Y esta vez no bastará con tropezar bien…