es de terror, una creepypasta
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el bosque que nadie nombraba
El municipio de San Rafael, en el oriente antioqueño, era un lugar tranquilo. Sus calles empedradas, las casas de fachadas blancas con balcones de madera y el sonido constante del río hacían creer a cualquier visitante que aquel pueblo era el sitio perfecto para vivir. Sin embargo, los habitantes compartían una costumbre extraña: nadie hablaba del bosque que se extendía al norte del pueblo.
No era un lugar que apareciera en los folletos turísticos ni en las conversaciones cotidianas. Si algún forastero preguntaba por él, los ancianos simplemente cambiaban de tema. Los más jóvenes se limitaban a responder:
—Allá no hay nada que valga la pena.
Samuel Rojas, de veintidós años, siempre había pensado que aquello eran supersticiones de gente mayor.
Trabajaba como repartidor para una pequeña empresa de encomiendas y, cuando tenía tiempo libre, disfrutaba recorrer senderos con su cámara fotográfica. Le gustaba capturar paisajes poco conocidos y subirlos a internet.
Aquella mañana de octubre recibió un encargo diferente.
—Samuel —dijo su jefe mientras revisaba una libreta—. Un campesino pidió unas herramientas. Vive cerca del bosque del norte.
Samuel sonrió.
—¿Ese del que todos hablan como si estuviera embrujado?
Su jefe dejó de escribir.
—Solo entrega el paquete y regresa antes de que oscurezca.
Samuel soltó una risa.
—No se preocupe.
Sin imaginarlo, esa sería la última vez que sonreiría con tranquilidad.
El camino hacia la finca era largo y solitario. Conforme avanzaba en su motocicleta, las casas comenzaron a desaparecer hasta quedar rodeado únicamente por montañas cubiertas de niebla.
El aire era extraño.
No soplaba viento.
No cantaban los pájaros.
Ni siquiera se escuchaban insectos.
Todo parecía inmóvil.
Tras casi una hora llegó a la pequeña finca donde vivía don Ernesto, un hombre de unos setenta años con un sombrero viejo y un bastón de madera.
—Traigo su pedido.
El anciano lo recibió sin entusiasmo.
—Gracias.
Samuel observó la línea de árboles detrás de la casa.
—¿Ese es el famoso bosque?
Don Ernesto levantó lentamente la mirada.
—No entre.
Samuel sonrió.
—Solo quiero tomar unas fotografías.
—No entre.
Esta vez la voz del anciano fue mucho más seria.
Samuel notó algo extraño.
El hombre parecía realmente asustado.
—¿Por qué?
Don Ernesto tardó varios segundos en responder.
—Porque hay cosas que llevan mucho tiempo esperando que alguien las encuentre.
Samuel sintió un escalofrío, aunque intentó convencerse de que todo era parte de alguna vieja leyenda.
—Está bien. Me voy.
Sin embargo, mientras encendía nuevamente la motocicleta, la curiosidad pudo más que el sentido común.
Apenas recorrió unos cientos de metros, estacionó el vehículo junto al camino y tomó su mochila y su cámara.
—Solo diez minutos —se dijo.
Entró al bosque.
Los primeros metros parecían normales.
Árboles enormes.
Raíces cubiertas de musgo.
Hojas húmedas por la lluvia de la noche anterior.
Pero, cuanto más caminaba, más extraño se volvía el ambiente.
Su teléfono perdió la señal.
El reloj digital dejó de avanzar.
Las agujas permanecían inmóviles.
Samuel golpeó el reloj con el dedo.
Nada.
Entonces escuchó un sonido.
"Tac..."
Parecía una rama quebrándose.
Miró alrededor.
No había nadie.
Continuó caminando.
"Tac..."
Otra vez.
Ahora venía desde atrás.
Giró rápidamente.
Solo árboles.
Respiró hondo.
—Estoy imaginando cosas...
Sacó la cámara para distraerse.
Tomó varias fotografías del paisaje.
Cuando revisó las imágenes, sintió que la sangre abandonaba su rostro.
En la última fotografía aparecía una pequeña figura blanca detrás de un árbol.
Una niña.
O al menos eso parecía.
Vestía un antiguo vestido claro.
Pero donde debía estar su rostro solo había oscuridad.
Samuel levantó la vista de inmediato.
No había nadie.
Volvió a mirar la fotografía.
La figura seguía allí.
—Debe ser una sombra...
Intentó convencerse.
Guardó la cámara y decidió regresar.
Sin embargo, el camino por el que había entrado ya no estaba.
Solo veía árboles.
Todos iguales.
Un sudor frío comenzó a recorrerle la espalda.
Giró varias veces buscando alguna referencia.
Nada.
Era como si el bosque hubiera cambiado de lugar.
Entonces escuchó una voz.
Muy suave.
Como el susurro de una niña.
—Samuel...
Su corazón dio un vuelco.
No conocía a nadie allí.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
Después volvió a escucharla.
—Samuel...
Esta vez provenía de la derecha.
Avanzó unos pasos casi por instinto.
Apartó unas ramas.
Y la encontró.
Bajo las raíces de un enorme árbol sobresalía una pequeña mano de porcelana cubierta de tierra.
Samuel comenzó a retirar las hojas secas.
Poco a poco apareció una muñeca antigua.
Su vestido estaba desgastado.
Su piel de porcelana tenía varias grietas.
El cabello negro estaba enredado con raíces.
Pero lo que más llamó su atención fueron sus ojos.
Eran de un color ámbar intenso.
Parecían completamente reales.
Por un instante tuvo la extraña sensación de que acababan de parpadear.
Retrocedió.
—No puede ser...
Se agachó nuevamente y levantó la muñeca.
Estaba sorprendentemente tibia.
Como si hubiera permanecido bajo el sol durante horas.
En ese mismo instante, una ráfaga de viento atravesó el bosque.
La primera desde que había entrado.
Las copas de los árboles comenzaron a moverse violentamente.
A lo lejos se escuchó un sonido grave.
No era el rugido de un animal.
Parecía una risa.
Una risa profunda, imposible de identificar como humana.
Samuel sintió un impulso irracional de abandonar la muñeca.
Pero antes de poder hacerlo, una voz infantil habló muy cerca de su oído.
—Gracias... por encontrarme.
El joven soltó un grito y dejó caer la muñeca.
Cuando miró al suelo...
Ya no estaba.
Solo quedaba un pequeño agujero entre las raíces y unas diminutas huellas, como si unos pies de juguete hubieran caminado sobre la tierra húmeda.
Y, detrás de él, entre la niebla, algo comenzó a observarlo. Solo podía distinguir dos ojos de un brillante color ámbar, inmóviles, esperando pacientemente el momento adecuado para acercarse. El verdadero horror acababa de despertar.