Valeria lo dio todo por su matrimonio. Durante siete años fue la esposa perfecta: cocinaba antes del amanecer, criaba sola a Luna, su pequeña hija, y trabajaba en las sombras para convertir el negocio de Andrés en un imperio. A cambio, recibió indiferencia, mentiras y la traición definitiva: descubrir que su esposo compartía cama con otra mujer mientras Luna lloraba esperando una promesa de cumpleaños que jamás se cumplió.
Lo que Andrés nunca supo es que Valeria no era una simple ama de casa. Detrás de su apariencia sumisa se escondía la presidenta y accionista mayoritaria de Grupo Valcárcel, uno de los conglomerados empresariales más poderosos de la ciudad. Una mujer capaz de destruir carreras, hundir fortunas y reescribir destinos con una sola llamada telefónica.
El divorcio fue solo el primer movimiento en un tablero que Andrés nunca vio venir.
Mientras él se hunde cada vez más —de empresario arrogante a chofer, de chofer a paralítico, de paralítico a indigente vendiendo globos en la calle—, Valeria asciende imparable. Y cuando Santiago, un misterioso CEO en silla de ruedas que esconde secretos tan profundos como los suyos, irrumpe en su vida con una determinación inquebrantable y un amor que viene desde la adolescencia, Valeria descubre que la venganza más dulce no es destruir al hombre que la traicionó, sino construir la vida que siempre mereció.
Pero en esta familia, las traiciones no terminan con el divorcio. Madrastras que envenenan, hermanastras que conspiran, amantes que ordenan asesinatos y secretos que pueden cambiarlo todo se interponen entre Valeria y la felicidad que está decidida a reclamar.
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Cap. 2
A las ocho de la noche en punto, los invitados empezaron a despedirse uno a uno porque la hora ya era avanzada. Ahora solo quedaban Valeria, Luna y un montón de regalos apilados en la sala. La vela con forma de número 6 sobre el pastel de castillo de chocolate seguía erguida e intacta, sin haber sido encendida. Luna se negaba una y otra vez a comenzar la ceremonia de soplar la vela.
—Anda, mi amor —la animó Valeria con una voz infinitamente suave, tratando de ocultar la opresión en su pecho—. Vamos a soplar la velita ahora, ¿sí? Ya es muy tarde, mi niña va a tener sueño.
Luna sacudió la cabeza con fuerza.
—¡Luna quiere esperar a papi!
—Cuando papi llegue, podemos poner la vela otra vez y soplarla de nuevo juntos, ¿va?
—¡No quiero! ¡Luna quiere soplar la vela con papi ahora! —Las lágrimas empezaron a acumularse en los bordes de sus ojos, haciendo que sus pupilas redondas brillaran con un destello desgarrador—. Papi le prometió a Luna con el meñique esta mañana, mami... Papi prometió...
Esas palabras tan simples que salieron de la boca de su pequeña fueron como un mazazo en el pecho de Valeria.
Dolió profundamente.
—Papi va a venir... —intentó consolarla Valeria.
—¿Papi es un mentiroso, mami?
—Mi amor, no digas eso. Papi está trabajando.
—¡Pero papi no ha venido! ¡Papi es un mentiroso! —Los labios de Luna temblaron violentamente. La decepción que había contenido desde la tarde finalmente estalló—. ¡Papi ya no quiere a Luna!
El corazón de Valeria fue como estrujado sin piedad hasta dejarla sin aire.
—Mi amor, nunca digas eso. Papi quiere muchísimo a Luna.
—¡Si papi me quisiera, por qué no vino a mi fiesta! ¡Por qué me dejó esperando sola! —El llanto de Luna estalló en un sollozo histérico. Arrojó la muñeca que tenía en la mano y se abrazó al cuello de Valeria con todas sus fuerzas—. Mami... Luna quiere a su papi... Luna quiere que papi venga ya...
Valeria estrechó el cuerpo de su hija entre sus brazos con toda el alma. Sus propias lágrimas ya flotaban al borde de los párpados, pero luchó con uñas y dientes para que no cayeran frente a la niña.
Tenía que ser fuerte. Por Luna. Siempre por Luna.
—Papi quiere a Luna. Papi va a volver...
—¡Mentira! ¡Papi es un mentiroso!
—No, mi niña...
—¡Papi rompió su promesa...!
El llanto desolador de la niña retumbó por toda la sala vacía, creando una atmósfera de dolor que habría desgarrado el corazón de cualquiera que la escuchara. Incluida Valeria, cuyas defensas empezaban a desmoronarse.
Con las manos temblorosas, Valeria finalmente alcanzó su celular sobre la mesa. La paciencia y la comprensión que siempre había ensalzado se derrumbaron de golpe, sustituidas por una rabia desbordante. Estaba decidida a exigirle una explicación a Andrés esa misma noche.
Valeria presionó el botón de llamada.
Primera llamada: el tono de espera sonó largo, pero nadie contestó.
Segunda llamada: rechazada de inmediato.
Tercera llamada: redirigida otra vez, sin respuesta.
La angustia empezó a consumir a Valeria. Mientras tanto, en su regazo, Luna seguía sollozando sin parar, escondiendo su carita mojada en el pecho de su madre.
—Mami... llama a papi otra vez... Luna quiere oír la voz de papi... —suplicó Luna entre hipidos.
—Sí, mi amor. Mami va a llamar otra vez —dijo Valeria tratando de calmarla.
Valeria marcó el número de su esposo una vez más. Esta vez, tras unos segundos de tono de espera, la llamada por fin conectó. Valeria soltó un suspiro de alivio.
—Andrés...
Desgraciadamente, la frase que Valeria tenía preparada se congeló en el aire. La lengua se le paralizó, porque la voz que se escuchó del otro lado no era la de Andrés. Era la voz de una mujer.
—¿Hola? ¿Quién habla? —preguntó la mujer al teléfono.
Valeria se quedó petrificada. Todos los huesos de su cuerpo se aflojaron de golpe. Durante varios segundos, olvidó cómo se respiraba.
—Disculpe... ¿este es el celular de Andrés? —preguntó Valeria, intentando estabilizar su voz.
La mujer al otro lado soltó una risita breve, un sonido despreocupado y fresco.
—Sí, claro. Este es el celular de Andrés. ¿Por qué?
—¿Podría hablar con el dueño del teléfono? —exigió Valeria. Sus dedos apretaban el celular hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Ay, perdón, ahorita no se puede. Andrés está bañándose —contestó la mujer sin la menor preocupación.
El mundo alrededor de Valeria pareció dejar de girar en ese instante. La cabeza le palpitó de dolor; el golpe de la realidad fue brutalmente doloroso.
¿Bañándose? A estas horas de la noche, pasadas las ocho, su esposo estaba en algún lugar bañándose, mientras otra mujer tenía en sus manos y se sentía con el derecho de contestar su celular personal.
—¿Hola? ¿Quién es? ¿Por qué se queda callada? —volvió a preguntar la mujer con tono desenfadado. Demasiado desenfadado, como si la persona que llamaba no valiera nada ni le importara en lo más mínimo.
Valeria se mordió el labio inferior con fuerza hasta que el sabor metálico de la sangre le tocó la lengua, intentando contener las lágrimas que de pronto pugnaban por salir de sus ojos.
—Soy su esposa.
Un silencio reptó durante unos segundos del otro lado.
Lejos de asustarse o sentirse culpable, la mujer volvió a soltar una risita que sonó a burla. Una risa que hizo que toda la sangre en el cuerpo de Valeria hirviera de furia.
—Ah, su esposa. Es que no tenía su nombre guardado —dijo la mujer—. ¿Quiere que le llame a Andrés? Espéreme, voy a tocarle la puerta del baño.
Se oyó el roce de tela y pasos del otro lado del teléfono. Y justo al segundo siguiente, la voz lejana de un hombre que Valeria conocía íntimamente desde hacía siete años se escuchó con claridad llamando desde la distancia.
—¿Quién llama, mi amor? —preguntó Andrés del otro lado, con una voz tan tierna y cariñosa que Valeria no había escuchado dentro de su casa en años.
El cuerpo de Valeria se paralizó como una estatua. La respiración se le atoró en la garganta, el pecho le dolía como si miles de agujas invisibles lo atravesaran. Mientras tanto, en su regazo, Luna seguía llorando abrazada a su oso de peluche, el desdichado regalo de cumpleaños.
La niña lloraba, anhelando la presencia de un padre que ni siquiera recordaba la promesa de meñique que le había hecho esa mañana. Un padre que fue capaz de cambiar la noche feliz de su hija por revolcarse en la cama de otra mujer.
Las lágrimas finalmente rodaron por las mejillas de Valeria, cayendo gota a gota sobre la frente de Luna.
Valeria no lloraba porque fuera débil o porque se hubiera dado por vencida. Lloraba porque esa noche, justo el día del sexto cumpleaños de su hija, acababa de comprender una verdad amarga. Su esposo no estaba ocupado trabajando por el futuro de la familia. Su esposo estaba entregando su cuerpo y su cariño a otra mujer allá afuera, mientras su propia hija lloraba hambrienta de amor en casa.
"Eres un desgraciado, Andrés. Cómo pudiste traicionarme así", pensó Valeria con el alma destrozada.
—¿H-hola, Valeria? Perdona, fue Romina, mi secretaria, la que contestó. ¿Qué pasa? —preguntó Andrés con voz evidentemente nerviosa por haber metido la pata al llamar "mi amor" a Romina.
—¿Tu secretaria? —Valeria sonrió con amargura.
¿Desde cuándo un jefe le hablaba a su subordinada con tanta ternura?