Alex siempre creyó que obedecer a su Alfa era su deber. Entregado al Clan Sabio para pagar una deuda, soportó humillaciones, desprecios y castigos, convencido de que algún día Fernando comprendería su valor. Pero después de recibir un golpe injusto, algo cambia.
Una voz aparece en su mente.
La Diosa Lectora conoce sus secretos, revela las mentiras del clan y le muestra futuros que podrían convertirse en realidad. Por primera vez, Alex descubre que su sufrimiento no fue casualidad y que su origen guarda un secreto capaz de cambiarlo todo.
Con cada verdad, el Omega deja atrás al joven sumiso que todos podían pisotear. Ya no obedecerá ciegamente, ni permitirá que otros decidan su destino.
Mientras Fernando descubre demasiado tarde lo que perdió y Alejandro le ofrece un camino diferente, Alex deberá elegir entre la venganza, el amor y la libertad.
Porque esta vez, el Omega elegirá su propio futuro.
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La marca rasgada
El fuego del altar fue sofocado a duras penas, dejando tras de sí una espesa cortina de humo negro y el olor amargo de la madera carbonizada. La majestuosa sala principal de la Casa Gonzales había quedado envuelta en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujido de las brasas que morían.
Fernando Gonzales avanzó entre los escombros, con los puños tan apretados que sus nudillos se tornaban blancos. Su mirada de alfa, normalmente fría y dominante, estaba inyectada en sangre por la furia y la incredulidad.
—¡Estás loco! —rugió Fernando, proyectando un pulso de feromonas tan denso y sofocante que los sirvientes más cercanos cayeron de rodillas, sujetándose la garganta—. ¡Alex, has perdido la razón! ¿Cómo te atreves a quemar las reliquias de Clara? ¡Ella era la verdadera Luna de este clan! ¡Tú solo eres una sombra, un sustituto indigno que tomé por caridad!
Alex sintió la presión del aire volverse pesada como el plomo. El instinto biológico de su cuerpo de omega pugnaba por hacerlo doblar las rodillas y agachar la cabeza. Sin embargo, en el fondo de su mente, una barriera dorada de luz comenzó a desplegarse, absorbiendo el impacto de la voz del alfa.
«Advertencia del Sistema: El sujeto Alfa está intentando suprimir al anfitrión mediante presión de feromonas. Activando campo de aislamiento biológico.»
«¡Qué patético!», la voz del Sistema resonó con un tono de profunda burla y desdén. «Un verdadero líder protege a los suyos, pero este tipo solo sabe usar su biología para pisotear a los débiles. ¡No le des el gusto de verte caer, Alex!»
Alex tomó un respiro profundo y, para sorpresa de todos los presentes, dio un paso al frente en lugar de colapsar. La compostura en su rostro pálido era la de alguien que ya no tenía nada que perder.
—¿Caridad? —preguntó Alex, y su voz, limpia y firme, cortó la tensión del salón—. ¿Llamas caridad a haberme traído a esta casa tras ser drogado y traicionado por mi propio clan? ¿Llamas caridad a haberme convertido en el sirviente sin paga que cuidó de tus tres cachorros mientras tú te lamentabas por un fantasma?
Doña Matilde, apoyándose fuertemente en su bastón, temblaba de indignación.
—¡Desagradecido! —gritó la anciana beta, señalándolo con un dedo tembloroso—. Si no fuera por la bondad de Fernando al darte un techo tras el escándalo, el Clan Alba te habría repudiado por completo. Deberías estar de rodillas pidiendo perdón por haber profanado el recuerdo de tu prima.
—El Clan Alba me vendió para salvar sus propias deudas —respondió Alex, girándose hacia la matriarca con una mirada helada que hizo retroceder a la anciana medio paso—. Y la Casa Gonzales me compró para tener un chivo expiatorio a quien culpar de sus desgracias. No le debo nada a ninguno de los dos.
Fernando dio un zarpazo al aire, acortando la distancia entre ellos hasta quedar a pocos centímetros del omega.
—Sigues siendo mi omega —siseó el alfa, sujetando con fuerza el rostro de Alex con una mano de hierro—. Llevas mi marca en la nuca. Mientras estés en este territorio, tus bienes, tu vida y tu voluntad me pertenecen. Si dices una sola palabra más de insolencia, te encerraré en las mazmorras del clan hasta que recuerdes cuál es tu lugar.
Alex sintió los dedos de Fernando apretarse contra su piel, pero en lugar de mostrar dolor, una sonrisa lenta y desafiante se dibujó en sus labios.
«Progreso de la Misión: 5.8%. Desbloqueando adelanto de recompensa del Sistema: Supresión de la Marca de Ligadura.»
«Escúchame, Alex», dijo el Sistema en su mente, esta vez con una serenidad calculadora. «El vínculo que este alfa cree tener sobre ti no es más que una cicatriz biológica. Es hora de mostrarle que las cadenas de la carne no significan nada cuando la mente es libre.»
Alex levantó la mano derecha. En un movimiento rápido e inesperado para todos, no intentó empujar a Fernando, sino que llevó sus propios dedos hacia el lado posterior de su cuello, justo donde la débil cicatriz de la marca de sumisión yacía grabada.
Con un rasgado seco y decidido, sus uñas clavaron la piel justo sobre el estigma.
—¡Alex! —exclamó Fernando, abriendo los ojos de par en par al ver la sangre brotar de inmediato sobre los dedos del omega.
Alex no emitió ni un solo gemido. Con la sangre tiñendo el cuello de su túnica blanca, miró directamente a los ojos del alfa.
—Esta marca... la pusiste con engaños mientras yo estaba inconsciente —dijo Alex con una frialdad que heló la sangre de los presentes—. Y hoy, yo mismo me desprendo de ella.
Con un tirón firme, desgarró el tejido cutáneo superficial que contenía los rastros del aura de Fernando. El hilo invisible de conexión biológica que los unía se rompió en mil pedazos. Fernando soltó una bocanada de aire, retrocediendo dos pasos mientras se llevaba una mano a la cabeza, sintiendo una punzada repentina de dolor por el rompimiento abrupto del vínculo unilateral.
El silencio en el salón era absoluto. Las sirvientas ahogaron gritos de horror, y los guardias del clan permanecían petrificados, incapaces de procesar que un omega hubiera sido capaz de auto-mutilar la marca de un alfa dominante sin colapsar por el dolor.
Alex se limpió la sangre de la mano con la manga de su ropa, manteniendo la cabeza erguida.
—Fernando Gonzales —declaró, mientras la luz dorada del panel del Sistema flotaba invisible para los demás, marcando un nuevo salto en su progreso—. A partir de este segundo, ya no hay vínculo que me ate a ti. Si quieres retenerme en este lugar, tendrás que hacerlo como a un prisionero de guerra, no como a tu esposo.