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Comprada por el rey sin corona

Comprada por el rey sin corona

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Romance oscuro
Popularitas:85
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.

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Capítulo 23

Capítulo 23 — Solo un juguete

Ganó él lo del baño, claro. Me cargó, esperó afuera con la puerta entreabierta para que yo no me sintiera encerrada con el agua, y me devolvió a la cama sin una palabra más. A veces pienso que aquel hombre solo sabía ser tierno a la fuerza, como quien planta un árbol a golpes.

A la mañana siguiente probó otra cosa, y esa no se la perdono tampoco.

Me llevó frente al espejo grande del vestidor, se me puso detrás, las manos en mis hombros, y me obligó a mirarme: despeinada, ojerosa, con la marca amarillenta de sus dedos en el cuello.

—Mírate —dijo, la voz de terciopelo, la peor—. Mira bien lo que eres y en dónde estás. Sin mí no eres nada, Ana. Ni casa, ni papeles, ni país. Dilo. Di que me perteneces.

Cerré los ojos. Eso era lo único que él no podía obligarme a hacer: mirarme con sus ojos. Giré la cara.

—No voy a decir eso —contesté—. Puede encerrarme, pero no voy a mirarme como usted quiere que me mire.

Y me aparté del espejo. No me tocó para retenerme. Se quedó ahí, dueño del reflejo vacío, y por un instante fue él quien pareció el que estaba solo en la jaula. Que conste: quererse hacer dueño hasta de cómo una se ve a sí misma es otra manera de la crueldad, más fina que el cinturón, pero crueldad. No pienso escribirla bonita solo porque no dejó marca.

El día lo arreglaron con lujo, como arreglaban todo. Me bajó a comer a un comedor que estaba debajo del mar —abajo de verdad, con paredes de cristal y el agua entera detrás, tiburones chicos, cardúmenes de plata pasando como suspiros— y ahí me sirvieron una mariscada que me quitó el aire. Pulpo, camarón, huachinango entero abierto en cruz, ostiones sobre hielo con su limón. Todo carísimo, todo perfecto, y todo, de golpe, me llevó a casa.

Porque en Veracruz, en el puerto, mi papá hacía huachinango a la talla los domingos, sobre las brasas, con su chile y su ajo, y mi mamá freía los camarones y peleaba conmigo por quién le echaba más limón a los ostiones. No teníamos nada de eso —el pulpo era de fiesta, cuando la pesca alcanzaba—, pero teníamos la mesa llena de gente y de ruido, y mi papá diciendo que ahorraba para mi boda, no para casarme lejos, no señor, sino para traerse un yerno a la casa, "un muchacho trabajador que se venga a vivir con nosotros y no me robe a mi hija". Ay, papá. Ahí estaba yo, comiendo el pulpo de fiesta todos los días, en una jaula de cristal bajo el mar, más lejos de esa mesa de lo que él jamás imaginó.

Y me acordé de una cosa que no había vuelto a pensar en meses: de mi mamá guardando las conchas de los ostiones en un balde para triturarlas y echárselas a las gallinas, "que nada se tira, mija, aquí todo sirve dos veces". En aquella casa bajo el mar no se guardaba nada, se tiraba todo, montañas de comida perfecta que iban a la basura mientras en mi puerto la gente medía el aceite. Comí despacio, saboreando y odiándome por saborear, porque cada bocado de aquel lujo me alejaba un poco más de la mesa ruidosa donde yo quería estar.

Se me llenaron los ojos. Bajé la cara para que el Rey no lo viera, pero él lo vio, porque él lo veía todo.

—¿No te gusta? —preguntó.

—Me gusta demasiado —dije—. Ese es el problema.

No entendió, o hizo como que no. Anotó algo por dentro, eso sí; lo supe por cómo se quedó mirando el plato del huachinango. Días después, sin que yo lo pidiera, empezó a aparecer huachinango a la talla en la mesa. Aquel hombre no sabía decir "me importas". Lo decía con un pescado.

En la tarde se soltó el cielo. Una tormenta tropical de esas que no acaban, ocho horas de agua golpeando los cristales, y como no se podía salir, mandó proyectar una película en la pared blanca del salón. Puso Titanic. No sé si por burla o por casualidad, pero puso la del barco que se hunde y los dos amantes que se sueltan la mano en el agua helada. Yo me hice bolita en un extremo del sillón; él se sentó en el otro, con un vaso, mirándome más a mí que a la pantalla.

Cuando ella lo suelta a él en el mar, murmuró, sin dramatismo, como quien afirma una ley de la física:

—Yo a ti no te suelto. Ni en el agua, ni muerto. Si un día te vas al fondo, me voy contigo. Juntos hasta la tumba, Ana. Eso no lo decides tú.

Me quedé fría. Y sin embargo, Dios me perdone, una parte tonta de mí se calentó, porque una cosa es que te encierren y otra que un hombre te diga, con esa calma de piedra, que prefiere ahogarse a soltarte. Está mal. Ya sé que está mal. Pero yo tenía veintiún años y llevaba meses sin que nadie me dijera que valía la pena morir a mi lado, aunque fuera dicho por el carcelero.

Probé mi última carta esa noche, la de siempre, la del nombre.

—Si tanto no me suelta —dije, cuidando el usted, cuidando la voz—, hágame su esposa. De verdad. Con papeles. Deme un lugar y me quedo.

Se rio. No fuerte. Una risa corta, de desprecio educado, que dolió más que un grito.

—¿Mi esposa? —Dejó el vaso—. Mi esposa tendría que amarme, primero. Hablar cuatro idiomas. Haberse educado donde se educa la gente que decide el mundo. Sentarse en una mesa con embajadores y no temblar. Aguantar a la prensa de tres continentes hurgándole el pasado sin despeinarse. —Me miró de arriba abajo, sin maldad, que era lo cruel, con la frialdad de quien tasa—. Tú no eres nada de eso. Tú solo puedes ser mi juguete, Ana. Mi cosa preferida. No aspires a más, porque no lo hay.

Lo dijo sin subir la voz, tasándome como se tasa una piedra: bonita, sí, pero de las que no entran en la corona. Y lo cruel no era el desprecio, sino la parte de razón que tenía. Yo no hablaba cuatro idiomas. Yo estudiaba veterinaria en una universidad pública, de las que se pagan con becas y con tamales que vende la mamá de una en el recreo. Yo, delante de un embajador, no sabría ni qué tenedor agarrar. En su mundo, todo eso era verdad. Lo que él no entendía —lo que ningún rico entiende— es que nada de eso mide a una persona, y que la mujer que él tiraba a "juguete" había salvado más vidas con sus manos, animales y hombres, que él con todo su imperio.

Debí odiarlo entero en ese momento. Y lo odié. Pero también, esa noche, decidí una cosa mía, callada, que no le debía a él: si él insistía en que yo era un juguete, yo iba a averiguar de una vez por todas hasta dónde llegaba mi mano en este juego. Estaba harta de que todo me pasara a mí. Quería, aunque fuera una vez, ser yo la que decidía cuándo y cómo.

Así que cuando él se acercó, esa noche, con la tormenta golpeando los cristales, no me hice piedra ni me fui por dentro a esperar que todo terminara. Me quedé. Y cuando su boca buscó la mía le planté la mano en el pecho.

—No me toques todavía.

Dante se quedó inmóvil. No le gustó; se le vio en la mandíbula. Pero retiró las manos.

—¿Quieres que me vaya?

Miré la puerta. Podía decir que sí. Él seguía siendo mi carcelero, la casa seguía cerrada, pero en ese cuarto y en ese instante me estaba dando una salida concreta. Necesitaba saber que existía antes de escoger lo contrario.

—No. Quiero que te quedes sentado ahí y hagas exactamente lo que te diga.

Se sentó en el borde de la cama. Un rey recibiendo órdenes de su juguete.

Me acerqué hasta quedar entre sus rodillas. Le aflojé el cuello de la camisa, botón por botón, sin apartar los ojos de los suyos. Dante intentó llevarme las manos a la cintura.

—He dicho que no me toques.

Las dejó caer. Obedeció tan rápido que el poder de la escena me subió a la cabeza como vino. Incliné la cara y le besé la garganta, justo donde le latía el pulso. Lo sentí estremecerse. Repetí el beso, esta vez abriendo un poco la boca, probando la piel con la lengua.

—Ana…

—Callado.

Su respiración se volvió más profunda. Yo podía sentir la tensión acumulándosele debajo de la ropa, la fuerza contenida de esas manos quietas a ambos lados del cuerpo. Le quité la camisa y recorrí con los dedos las cicatrices de su pecho. Bajé por el vientre duro hasta el cinturón. Al desabrocharlo, Dante apretó los puños sobre las sábanas.

—Dime que esto es lo que quieres —pidió, ronco—. No voy a adivinar contigo.

Lo miré. Por una vez no había truco posible en la respuesta.

—Lo quiero. Esta noche, así, porque yo lo decidí. Si cambio de idea, te lo digo.

—Y yo paro.

—Y tú paras.

Lo besé entonces. No suave. Le mordí el labio hasta arrancarle un gruñido y aproveché el instante para empujarlo contra el colchón. Me quité el camisón delante de él, disfrutando de cómo seguía sin tocarme aunque la mirada le recorriera cada centímetro. Cuando quedé desnuda, le tomé una mano y la llevé a mi cintura.

—Ahora sí.

Me sujetó con una fuerza que me hizo arder la piel, pero esperó. Fui yo quien se sentó sobre sus muslos. Fui yo quien guio su mano hasta mi pecho y marcó el ritmo de la caricia. Él aprendía rápido: el pulgar sobre el pezón, la boca debajo de la mandíbula, los dedos deslizándose por mi espalda sin cerrar jamás una salida. Cada vez que intentaba adelantarse, yo le agarraba la muñeca y lo detenía. Cada vez obedecía.

Aquello me encendía de una manera nueva. No porque él fuera dócil —Dante no era dócil ni dormido—, sino porque toda esa fuerza estaba ahí y yo era quien decidía cuándo podía usarla.

Me moví sobre él, primero todavía separados por la tela, sintiendo cómo su respiración se rompía contra mi cuello. Cuando ya no soporté la distancia, levanté las caderas y lo ayudé a desvestirse. Lo tomé con la mano y el Rey sin corona dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Mírame —ordené.

Abrió los ojos.

Me acomodé sobre él y lo recibí despacio. La presión me arrancó un gemido; Dante clavó las manos en las sábanas para no sujetarme sin permiso.

—¿Puedo? —preguntó.

Tomé ambas manos y las puse en mis caderas.

—Puedes sostenerme. El ritmo es mío.

Lo fue. Subí y bajé despacio hasta encontrar el ángulo que me hacía apretar los muslos alrededor de él. Dante me observaba con una concentración casi feroz, los dedos tensándose en mi cintura cada vez que yo descendía. Cuando quiso impulsarse desde abajo, le apoyé la palma en el pecho.

—Quieto.

—Me vas a matar.

—Ese no sería un final muy digno para el Rey.

Se rio sin aire. Yo también, y la risa se me convirtió en gemido cuando él deslizó una mano entre los dos. Esta vez no lo detuve. Sus dedos encontraron donde más lo necesitaba y acompañaron mi movimiento hasta que el placer me dobló sobre su pecho. Dante me sostuvo mientras temblaba, sin robarme el ritmo, sin convertir mi orgasmo en una victoria suya.

Después me pidió permiso con una mirada. Asentí. Me hizo rodar bajo él y tomó el relevo, más rápido, más profundo, pero todavía atento a mi cara. Cuando llegó al límite se apartó, jadeando mi nombre, y se desplomó a mi lado con una mano abierta sobre el colchón, como si todavía esperara que yo decidiera si podía acercarse.

Fui yo quien se acomodó contra su brazo.

Fue distinto. Mutuo, físico, elegido. Y en aquel encierro, que mi deseo pudiera decir sí o no y fuera escuchado era casi una revolución.

Después nos quedamos en la oscuridad, oyendo la lluvia, su respiración volviendo despacio a lo suyo. Yo tenía la mejilla sobre su brazo. Y le hice, sin pensarlo, en un descuido de la voz, la pregunta que me venía carcomiendo:

—¿Y tú? —El tú se me salió solo, y ya no lo recogí—. ¿Alguna vez, en tu vida, quisiste de verdad amar a alguien?

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