Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22
Vinicius observó a su hijo durante unos segundos. La severidad natural de su rostro se atenuó ligeramente, reemplazada por esa paciencia única que el pequeño lograba despertar en él sin esfuerzo. Con un suave movimiento, el emperador abrió por completo las pesadas puertas de roble, dejando al descubierto el interior del despacho.
—A estas horas de la noche, un príncipe de la corona debería estar durmiendo profundamente, Lucas —dijo Vinicius con una voz firme pero desprovista de ira, inclinándose levemente para quedar a la altura del niño—. Los pasillos de palacio no son lugar para andar buscando fantasmas.
Lucas bajó la mirada a las baldosas de mármol, sintiendo el peso de la reprimenda, aunque su persistencia pudo más.
—No buscaba a ningún fantasma... buscaba a mi Nana —murmuró el niño con un puchero apenas perceptible, asomando la cabeza con timidez hacia el interior de la estancia.
Fue entonces cuando sus ojos se iluminaron. De pie, cerca de la gran chimenea y con una expresión de evidente nerviosismo, Elizabeth trataba de mantener la compostura. Al verla allí, el rostro de Lucas se transformó por completo en una sonrisa radiante.
—¡Elizabeth! —exclamó el príncipe, zafándose con un pequeño tirón del guardia que lo custodiaba y corriendo directamente hacia ella para aferrarse a su falda con fuerza—. ¿Ves? ¡Te dije que te encontraría! ¿Por qué estabas aquí con papá?
Elizabeth sintió que el corazón se le salía del pecho. Miró de reojo a Vinicius, temerosa de que el emperador interpretara la escena como una falta de disciplina o un motivo de sospecha. Sin embargo, antes de que pudiera disculparse o apartar al niño, sintió la cálida mano del pequeño tirando suavemente de su manga.
—No podía dormir, Nana. ¿Me puedes leer el cuento ahora? Por favor... —rogó Lucas, levantando hacia ella unos ojos suplicantes idénticos a los que tantas veces había visto en los retratos de la familia real.
Elizabeth tragó saliva, sintiendo cómo la tensión acumulada durante toda la noche comenzaba a disolverse ante la inocencia del niño. Se arrodilló lentamente, quedando a su nivel, y le acomodó con ternura un mechón de cabello rubio sobre la frente.
—Por supuesto que sí, alteza —respondió ella con una suavidad genuina, olvidándose por un instante de la presencia del soberano y del peligro que los rodeaba—. Vamos a la cama. Te prometo que te leeré el cuento hasta que cierres los ojos.
Vinicius se quedó de pie en el umbral, contemplando la escena en silencio. La frialdad de su despacho, el peso del sello oscuro y la tensión del interrogatorio parecieron desvanecerse por un segundo ante la imagen de la joven atendiendo al heredero con tanta naturalidad. Sus ojos bicolores brillaron con un destello indescifrable mientras veía cómo Elizabeth se ponía de pie, tomando de la mano al pequeño príncipe dispuesta a escoltarlo de regreso a sus aposentos.
—Ve, Elizabeth —interrumpió el emperador con voz pausada, cruzando los brazos mientras los observaba marchar—. La lección de esta noche ha terminado. Pero recuerda que el amanecer trae nuevas respuestas... y el tiempo no se detiene para nadie.
El suave parpadeo de las velas en la alcoba del príncipe disipaba las sombras de la noche, creando un refugio cálido y silencioso ajeno al bullicio que comenzaba a gestarse en los pasillos del palacio.
Lucas, acurrucado bajo las sábanas de terciopelo con su inseparable soldadito de plomo en la mano, miraba a Elizabeth con los ojos muy abiertos, expectante.
Elizabeth se acomodó en el borde de la cama, sosteniendo entre las manos un tomo encuadernado en cuero oscuro con páginas ajadas por el tiempo. Al ver la mirada brillante del niño, esbozó una ligera y tierna sonrisa, abriendo el libro en una página marcada con un cordón dorado.
—Muy bien, alteza. ¿Dónde nos habíamos quedado? —preguntó ella en un tono suave y pausado, buscando capturar toda la atención del pequeño.
—En el bosque de los susurros, Nana. Cuando el lobo blanco encuentra la cueva secreta —respondió Lucas de inmediato, acomodándose mejor contra la almohada.
Elizabeth asintió y comenzó a leer, su voz fluyendo con una cadencia hipnótica que llenaba cada rincón de la habitación:
—*«...Y así, guiado únicamente por el brillo de las estrellas y el eco de un latido olvidado, el lobo cruzó la linde de los árboles prohibidos. La brisa helada soplaba con fuerza, pero él ya no sentía frío; en su lugar, una extraña corriente de fuego antiguo recorría sus patas, advirtiéndole que el verdadero peligro no acechaba en la oscuridad de la noche, sino en las promesas rotas de aquellos a quienes una vez llamó familia»*...
Elizabeth se detuvo un segundo, tragando saliva con disimulo al sentir cómo esas palabras resonaban con demasiada fuerza en su propia piel. Bajó la vista hacia la página, donde las letras parecían fundirse con los secretos que ella misma guardaba bajo llave.
Lucas, ajeno por completo a la tormenta silenciosa que sacudía el pecho de su niñera, estiró una pequeña mano para tocar la manga de su vestido.
—Nana... ¿tú crees que las historias de los lobos que pierden su magia son reales? —preguntó el niño con una curiosidad genuina e inocente, ladeando la cabeza—. ¿O es solo un cuento para asustarnos antes de dormir?
Elizabeth le devolvió la mirada, sintiendo una punzada de profunda ternura. Acarició con suavidad el cabello rubio del príncipe, mientras el libro descansaba olvidado sobre sus rodillas.
—A veces, alteza... las historias más difíciles de creer son las que realmente ocurrieron —respondió ella en un susurro apenas perceptible, con la mirada perdida en las llamas de la chimenea—. Pero no tienes de qué preocuparte. Mientras estés aquí, ningún cuento de la oscuridad podrá hacerte daño.