Harold era un médico incapaz de concebir, tras su muerte descubre que ahora es Sayon, el esposo Omega de Lebrón Kambell que ha permanecido encerrado en una jaula de oro alejado de la civilización por ese Alfa, Lebrón.
Con la misión que le pidió el verdadero Sayon de recuperar y proteger a su hijo de cinco años, Dion, que es el verdadero protagonista de la novela, Sayon tendrá que idear un plan para escapar de su prisión de oro y salvar al hijo que Lebrón le arrebató al nacer ya que era el hijo de Sayon con otro hombre, otro Alfa al que Lebrón odiaba profundamente.
Y así Sayon inicia su escape de un Alfa dominante que no quiere soltarlo.
Y así inicia la historia de estos tres, un Alfa que se aferra a buenas y malas a un Omega, un Omega reencarnado que no quiere ser encerrado y un niño Omega que solo quiere a sus padres.
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Capitulo 1
Estaba muy oscuro, todo era oscuridad, no había luz y yo no sentía nada, ni odio, ni miedo, ni tristeza, nada, pero sabía que había muerto en aquel horrible accidente y que había perdido la vida.
De repente, apareció una luz muy brillante.
¿Qué era? ¿Un espíritu, un alma, un Dios? No lo sabía, solo sabía que era realmente hermoso, hermoso y resplandeciente.
Aquella luz movió sus labios, pero no pude escucharla, no podía oír nada, luego aquel ser se tocó el vientre, pero tampoco pude entenderlo. Se acercó lentamente hasta mí y entonces me abrazó.
—Por favor, cuida a mi hijo.
Al fin pude oírlo, pero seguía sin entender nada. ¿Hijo? ¿Qué hijo? De pronto, de sus hermosos ojos salió una lágrima tan brillante y resplandeciente como el Sol, o como polvo de hada, y cayó justo sobre mi frente. En ese instante sentí dolor, miedo, tristeza y todas las emociones que había olvidado. Empecé a alejarme, era como si una fuerza misteriosa estuviera tirando de mí.
—Vive mi vida.
Fue lo último que me dijo aquel ser antes de que me alejara y, poco después, despertara.
—Señor Sayon, señor Sayon, por favor, despierte.
Una joven estaba llorando mientras repetía mi nombre.
—Vamos, Sayon, vamos.
Una persona hablaba con voz preocupada mientras sentía que alguien presionaba con fuerza mi pecho. De la nada, una gran bocanada de agua salió de mi boca, abrí los ojos y comencé a escupir mientras tosía desesperadamente.
—Señor Sayon.
La chica que antes lloraba se acercó
rápidamente y me abrazó.
—Llamaré al señor Kambell.
Dijo el hombre que había estado presionando mi pecho, se apartó un poco más calmado, y entonces comprendí que probablemente había estado haciéndome respiración boca a boca.
—Señor Sayon, ¿por qué lo ha hecho?
La chica seguía llorando mientras me cubría con unas toallas.
Estábamos en un baño, la bañera estaba llena de agua y yo me encontraba tirado en el suelo, completamente empapado.
Extrañamente, llevaba puesto un camisón blanco y no entendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo.
—¿Quién eres?
Le pregunté a la chica, pero ella solo consiguió ponerme una mano sobre la frente.
—Dios mío, está ardiendo.
La preocupación apareció de inmediato en su rostro.
—Señor Caleb, señor Caleb, el señor Sayon está ardiendo.
La chica gritó mientras se dirigía hacia la puerta, por donde había salido aquel hombre.
Ambos regresaron corriendo mientras mi cabeza daba vueltas y el mareo se hacía cada vez más intenso. De pronto, sentí un líquido caliente salir de mi cuerpo y, cuando bajé la mirada hacia aquel camisón, vi sangre.
Mucha sangre.
Ya no pude escuchar nada más y me desmayé sobre el frío suelo del baño.
...*********************...
Abrí lentamente los ojos. Estaba muy bien acomodado sobre una cama, en una gran habitación demasiado minimalista, donde básicamente no había nada. En mi brazo izquierdo llevaba puesta una intravenosa, fue lo tercero que noté y, lo cuarto, fueron aquellos ojos grises que me observaban tan intensamente, tan amargamente y quizás con odio o tristeza, dos intimidantes luciérnagas que parecían devorarme.
—Tu tercer fracaso en tu intento de suicidio este mes.
El hombre estaba sentado tranquilamente en un sillón de la habitación mientras me observaba como si yo fuera el ser más cruel de todos. Llevaba un traje oscuro y su presencia resultaba imponente.
Yo lo observé durante unos segundos. Tenía los ojos grises, una mirada asesina y el cabello de un cobrizo oscuro y brillante, casi rojizo, aunque extremadamente oscuro. Era imponente, podía sentirlo incluso sin que hiciera nada, y yo seguía sin entender completamente qué estaba ocurriendo.
—Primero fueron las pastillas para dormir, después intentaste ahorcarte, luego te cortaste las venas y ahora intentas ahogarte en el baño.
El hombre habló con evidente cansancio y molestia.
—Y todo porque no quise darte esas malditas pastillas.
Pasó una mano por su cabello y suspiró.
—Está bien, tú ganas. Volverás a tener tus pastillas. A ver si así vuelves a estar tranquilo en tu mundo y dejas de joder.
El hombre se levantó, dispuesto a marcharse.
—¿Q-quién eres?
Pregunté, aunque me costaba hablar, básicamente me costaba hacer cualquier cosa, pero lo único que obtuve como respuesta fue una mirada asesina por parte de aquel hombre, como si yo fuera un loco o como si no tuviera derecho a hablar.
—Es el cuarto aborto que tienes.
Sus ojos se llenaron de odio.
—El cuarto hijo mío al que asesinas.
Aquel hombre me despreciaba, pude notarlo tanto en su voz como en su mirada y, después, como si nada hubiera ocurrido, salió de la habitación.
Me quedé solo, cansado y con muchísimas preguntas. ¿Quién era él? ¿Quién era Sayon? ¿Qué hacía yo allí? ¿Quiénes eran aquellas personas? Pero no había nadie que quisiera responderme.
Me miré la mano. Era pequeña y blanquecina, tenía algunas ampollas y varios rasguños. Me sorprendí, porque normalmente mi mano era mucho más grande y bronceada. Me toqué la cara y no supe qué pensar. Mis labios eran mis labios, pero no parecían los míos, estaban secos y agrietados, lo mismo ocurría con el resto de mi rostro y mi cabello era largo, demasiado largo. Eso me extrañó, así que tomé un mechón y lo observé.
Era negro.
El mechón de mi cabello era negro.
¿Por qué? ¿Cómo? Me pregunté si yo siempre había sido rubio y nunca había llevado el cabello tan horrendamente largo y... no se suponía que había muerto.
Como pude, intenté ponerme de pie, aunque terminé cayéndome inmediatamente y fue entonces cuando alguien entró en la habitación.
—Señor Sayon.
La chica chilló al verme en el suelo.
—¿Qué hace en el suelo?
Se apresuró a ayudarme a regresar a la cama y volvió a acomodarme cuidadosamente.
—¿Por qué me llamas así?
Le pregunté con una voz casi muerta, por lo que comencé a toser.
La chica tomó amablemente una jarra de agua de plástico que estaba sobre una mesa, sirvió un poco en un vaso, también de plástico, y me lo acercó. Yo acepté y bebí lentamente.
—Bueno, usted me dijo que lo llamara así porque no quería que lo llamara por el apellido de su esposo.
—¿Esposo?.
Pregunté, realmente confundido.
—Sí.
La chica asintió.
—El señor Lebrón Kambell, su esposo.
Parpadeé durante unos segundos.
—¿Quién es Lebrón Kambell?.
La chica me miró con calma, no parecía que mis preguntas fueran extrañas para ella.
—El señor Lebrón es su esposo. Es el hombre que estuvo aquí hace un momento.
El hombre que me miraba como si fuera la peor basura del mundo era mi esposo.
Por poco me parto de la risa.
acá me tiene padeciendo por más capitulos, no hay derecho