"El último adiós nunca fue el final… solo el comienzo de un nuevo destino."
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PRÓLOGO
Hay historias que parecen escritas en la arena, para que el viento las borre en poco tiempo, y hay otras que se graban en el alma con fuego, con tanta fuerza que ni el paso de los años, ni la distancia, ni siquiera la misma muerte logran borrarlas.
La de Eluney y Cristian fue de esas últimas: un amor que creció despacio, sin prisa, sin ruidos ni promesas grandilocuentes, pero con una solidez y una ternura que parecían destinadas a durar toda una vida.
Todo comenzó como un encuentro casual, de esos que nadie imagina que cambiarán el rumbo de dos existencias.
Un simple choque en un pasillo del colegio, unas palabras de disculpa, una mirada que se cruzó por casualidad…
Y poco a poco, sin darse cuenta, fueron construyendo un vínculo que se volvía más fuerte con cada día que pasaba.
Durante un año completo — un año lleno de luz, de confianza y de esa complicidad que no necesita explicaciones—
compartieron sus días, sus sueños, sus risas y hasta sus silencios.
Caminaron juntos bajo los árboles de La Reina, protegidos del frío del invierno y del sol suave de la primavera; compartieron tardes de helados y juegos en lugares que quedarían marcados para siempre en su memoria; se sentaron en las salas de sus casas, rodeados de sus hermanas pequeñas, Antonella y Anahís, que los veían con ojos inocentes y los llamaban con cariño; se regalaron gestos sencillos, palabras sinceras y detalles que valían más que cualquier riqueza.
Era un pololeo hermoso, limpio, tranquilo, de esos que parecen anunciar un futuro largo y feliz, donde cada mañana es una nueva oportunidad para quererse un poco más.
Pero el destino suele tener caminos que nadie puede prever, y a veces escribe los capítulos más difíciles cuando todo parece estar en su lugar.
Justo cuando cumplían un año , cuando sus planes ya se extendían, los estudios que querían seguir, hacia los años que soñaban compartir, llegó la despedida de golpe, inesperada y dolorosa.
Un instante fue suficiente para que todo cambiara.
Cristian se fue, dejando tras de sí un vacío tan inmenso que parecía imposible de llenar, y un silencio que pesaba más que cualquier palabra que pudiera pronunciarse.
Para el resto del mundo, para sus compañeros, para sus profesores, para quienes los veían desde afuera, su historia había terminado.
Se cerraba un ciclo, se guardaban los recuerdos y la vida seguía su curso.
Pero para Eluney, nada había terminado realmente.
Solo se había detenido en seco, como una canción que se interrumpe en su mejor parte, como un relato que se queda a medias.
Porque hay verdades que el tiempo no enseña hasta que se viven en carne propia: el amor verdadero no muere cuando el corazón deja de latir.
No se desvanece con el paso de las estaciones, ni se borra con el polvo de los días que pasan.
Solo cambia de forma.
Se transforma en recuerdo, en esperanza, en una fuerza silenciosa que espera el momento justo para volver a manifestarse.
Lo que muchos llaman un final, no es más que una pausa necesaria, un tiempo de espera en el que las almas se preparan para reencontrarse, más allá de lo que conocemos como vida.
¿Podrá un sentimiento tan profundo cruzar la barrera que separa la vida de la muerte?
¿Volverá a nacer ese mismo cariño, aunque se esconda tras otro rostro, otra edad, otra historia?
¿Serán capaces dos almas que se amaron con tanta intensidad de reconocerse, aunque el tiempo haya borrado todos los rasgos físicos y cambiado las circunstancias de su existencia?
Esta historia no cierra sus páginas con un adiós.
Al contrario: es en ese momento de despedida donde realmente comienza.
Porque lo que parecía perdido para siempre, solo estaba esperando la oportunidad de regresar.
Y el amor que construyeron con tanta ternura no se había acabado: solo estaba durmiendo, esperando el día en que volviera a despertar.