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Mil Almas En Un Solo Corazón

Mil Almas En Un Solo Corazón

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Traiciones y engaños
Popularitas:334
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.

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Capítulo 7 — El peso de lo que no se dice

El aire dentro de la casa conservaba todavía el frío de la madrugada, como si las paredes se negaran a aceptar que el día ya había avanzado tanto. El desayuno seguía intacto sobre la mesa: tazas sin tocar, pan que ya empezaba a endurecerse, el aroma del café apagado por completo. Él se quedó de pie un buen rato mirando el lugar que solía ocupar la otra silla, con esa sensación extraña de que si se daba la vuelta de golpe, lo encontraría ahí, sonriendo como siempre lo hacía.

Revisó cada rincón, lentamente. No buscaba nada en específico, solo buscaba señales de que todo lo que había pasado la noche anterior no había sido un sueño malo: la voz levantada por primera vez en meses, las palabras duras que se habían dicho sin querer, la puerta cerrándose de golpe y el silencio que había caído después, más pesado que cualquier tormenta. Pasó la mano por el respaldo de la silla de Elian y sintió todavía un resto de calor, como si se hubiera ido hacía apenas minutos, aunque el reloj de la pared marcaba que ya habían pasado más de seis horas. Caminó hacia la ventana del salón y miró hacia el camino de tierra que subía desde el bosque; todo seguía igual, gris y quieto, sin ninguna señal de que alguien volviera.

Kai suspiró y se pasó una mano por el cabello rizado, sintiendo cómo el nudo en el pecho se le hacía más apretado con cada respiración. Sabía que él había sido el que había empezado todo, que había cerrado la puerta de su corazón una vez más cuando Elian solo había querido acercarse, que el miedo a ser descubierto, a perder lo poco que había logrado construir, lo había llevado a empujar a la única persona que realmente le había demostrado que no tenía que estar solo. Subió las escaleras de madera despacio, escuchando cómo cada paso crujía bajo sus pies, un sonido que conocía de memoria desde que era niño y que ahora le parecía el eco de su propia culpa.

Llegó hasta la última puerta del pasillo, la que daba al altillo viejo, el lugar donde su abuelo guardaba todas las cosas que nadie quería pero nadie se atrevía a tirar. Nunca entraba ahí; le daba la sensación de que el tiempo se había detenido en ese cuarto, que cada objeto guardaba un recuerdo demasiado fuerte para soportarlo. Pero esa mañana, con la casa vacía y el silencio gritando en sus oídos, giró el pomo de hierro oxidado y entró. El polvo bailaba en los haces de luz gris que se colaban por las rendijas del techo, y el olor a madera seca y libros viejos lo envolvió de golpe, igual que cuando era pequeño y se escondía ahí para llorar sin que nadie lo viera.

Revisó estante por estante, caja por caja, sin saber exactamente qué esperaba encontrar. Vio fotos de su infancia, herramientas oxidadas, mantas de lana que habían pertenecido a su abuela, libros con las hojas amarillentas por el paso de los años. Fue hasta el fondo más oscuro del cuarto, donde la luz casi no llegaba, y sus dedos rozaron algo duro y liso, enterrado bajo una pila de sábanas viejas. Lo sacó con cuidado: era una caja de madera vieja, que él nunca le había visto. No tenía cerradura, solo un pequeño cierre de bronce desgastado que se abrió con un solo toque, como si hubiera estado esperando años a que alguien la encontrara.

Dentro no había oro ni joyas, solo tres cosas envueltas con mucho cuidado en un trozo de tela de lino azul desteñido: un collar con una piedra azul profunda grabada con el símbolo de la manada a la que sus padres habían pertenecido, un pequeño frasco de vidrio con una sustancia que brillaba débilmente en la penumbra, y una carta doblada en cuatro, cuyos bordes ya estaban amarillentos por el tiempo. El corazón se le aceleró en el pecho en cuanto reconoció la letra: era la de su padre, firme y cálida, la misma que había visto en las pocas notas que le habían quedado después de que desaparecieran. Se sentó en el suelo de madera, con la espalda apoyada contra la pared fría, y abrió la carta con los dedos temblando.

Las palabras le saltaron a los ojos como si hubieran sido escritas esa misma mañana: Si estás leyendo esto, significa que ya no estamos para protegerte, y que el tiempo de ocultarse ha terminado. Lo que descubrimos sobre quienes rompen el equilibrio entre las razas es más peligroso de lo que imaginamos, y sabíamos que tarde o temprano vendrían por nosotros.

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