LUCIAN SANTOS , un hombre guapo y libre de ataduras ,no vive así por alguna decepción o algo que se le parezca ,no ,es el estilo de vida que el prefiere, pero todo da un giro inesperado; cuando una mañana aparece una bebe en su puerta y solo necesita la ayuda de la mujer que siempre está a su disposición ,para ayudarlo en esta nueva travesía (su secretaria) ,sin imaginar el gran secreto que ella guarda...
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¿Estás bien?
El trayecto de regreso al Penthouse se sintió como el descenso de una montaña rusa a toda velocidad. El silencio dentro de la limusina blindada era denso, pero ya no era un silencio de extraños. Había una camaradería eléctrica entre Lucian y Elena. Él todavía sentía la adrenalina de haber visto a su "esposa" dominar a la élite de Manhattan con la elegancia de una reina. Mikeila, agotada tras su debut triunfal, dormía profundamente en su silla de seguridad, ajena al hecho de que acababa de consolidar una dinastía.
Lucian observaba a Elena por el rabillo del ojo. Ella miraba por la ventana, con la cabeza apoyada en el cristal. Los destellos de las luces de neón de la ciudad iluminaban intermitentemente su rostro, revelando una palidez que Lucian atribuyó al agotamiento extremo de la jornada.
—Lo hiciste increíble, Elena —dijo Lucian, rompiendo el silencio. Su voz era inusualmente suave—. Mi madre no podrá decir ni una palabra durante meses. Esa mirada que le diste a Marcus... creo que todavía está tratando de recuperar su dignidad.
Elena forzó una sonrisa, pero no apartó la vista de la ventana.
—Solo hice lo que era necesario, Lucian. La familia es lo primero, ¿no es eso lo que dice el guion?
—Ya no parece un guion —respondió él, acercándose un poco más en el asiento—. Esta noche, cuando Mikeila gritó y tú te mantuviste firme ante todos esos buitres... sentí que éramos un equipo de verdad. Gracias por protegernos.
Elena cerró los ojos y asintió levemente. No tenía fuerzas para responder. El dolor punzante en su costado, aquel que el médico le había advertido que se intensificaría, estaba empezando a irradiar hacia su pecho. Cada bache del coche se sentía como una puñalada. "Solo unos minutos más", se decía a sí misma, "llega al Penthouse, quítate el vestido y descansa".
Al llegar al edificio, García se encargó de subir a la bebé. Lucian ayudó a Elena a bajar del coche.
Al contacto con el aire frío de la noche, ella se tambaleó ligeramente, pero se aferró al brazo de él con una fuerza desesperada.
—¿Estás bien? —preguntó Lucian, frunciendo el ceño—. Estás helada.
—Solo son los tacones, Lucian. Son hermosos, pero son un instrumento de tortura —mintió ella, logrando que su voz sonara estable.
Entraron en el Penthouse. El lujo silencioso del lugar, con sus suelos de mármol y su iluminación tenue, se sentía como un refugio. Lucian se aflojó la corbata y se sirvió un vaso de agua, observando cómo Elena caminaba lentamente hacia la suite principal.
—Elena —la llamó él—. Mañana no vayas a la oficina. Tómate el día. Te lo has ganado.
Ella no respondió. Entró en el dormitorio y cerró la puerta. Lucian se quedó un momento solo en el salón, mirando el horizonte de Nueva York. Por primera vez en su vida, el éxito empresarial no era lo que le daba satisfacción. Era la calidez de saber que, al otro lado de esa puerta, había una mujer y una niña que le daban un propósito que el dinero no podía comprar.
Sin embargo, algo no encajaba. La rapidez con la que ella se había retirado, la forma en que evitaba su mirada al final... Lucian dejó el vaso sobre la mesa y, movido por un instinto que no pudo ignorar, caminó hacia la suite.
Tocó la puerta suavemente. —Rivas... ¿Elena? He pensado que tal vez deberíamos revisar la prensa de mañana antes de dormir.
No hubo respuesta. Lucian sintió que el vello de sus brazos se erizaba. Giró el pomo y entró.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por las luces de la ciudad. El vestido azul medianoche, esa obra de arte de Monsieur Dubois, estaba esparcido por el suelo, una mancha de seda oscura sobre la alfombra blanca. Y allí, en el suelo del vestidor, estaba Elena.
Lucian sintió que el corazón se le detenía.
—¡Elena! —gritó, corriendo hacia ella.
Se arrodilló a su lado. Ella estaba inconsciente, con el rostro de un blanco traslúcido, casi grisáceo. Su respiración era superficial y rápida.
Lucian la tomó en sus brazos, aterrado por lo ligera que se sentía. Fue entonces cuando notó algo que lo dejó paralizado: en la mesa de noche, que Elena solía mantener impecablemente limpia, había un frasco de pastillas sin etiqueta y un sobre con el membrete del hospital oncológico.
—No, no, no... —murmuró Lucian, sintiendo que el pánico lo invadía—. Elena, mírame. Abre los ojos.
La cargó con cuidado y la depositó sobre la cama. Sus manos temblaban mientras buscaba su pulso. Estaba débil. Lucian tomó el sobre del hospital. Sus dedos desgarraron el papel con una violencia nacida del miedo. Sus ojos recorrieron las palabras técnicas: carcinoma, herencia genética, estadio temprano, necesidad de tratamiento inmediato.
El mundo de Lucian Santos se derrumbó en ese instante. Todas las piezas del rompecabezas encajaron de la forma más dolorosa posible. El desmayo en la oficina hace meses, su insistencia en asegurar el futuro de Mikeila, la rapidez con la que aceptó el contrato de matrimonio sin pedir nada para ella... Elena no estaba intentando atraparlo con un matrimonio; estaba intentando salvar a su hija de quedarse sola en el mundo.
—Maldita sea, Elena... ¿por qué no me lo dijiste? —susurró Lucian, con las lágrimas nublando su vista por primera vez en décadas.
García apareció en la puerta, alertado por los gritos. Al ver la escena, el jefe de seguridad se quedó inmóvil. Sus ojos se posaron en el informe médico que Lucian sostenía con manos temblorosas.
—¿Usted lo sabía, García? —preguntó Lucian, y su voz era un hilo de furia y dolor—. ¡Dígame la verdad! ¿Usted sabía que ella está enferma?
García bajó la cabeza, su postura marcial quebrándose por un segundo.
—Ella no me lo dijo, pero volví y fue cuando lo supe, le pidió al médico que guardara silencio, pensaba decírselo una vez que pasara la gala, señor. Quizás pensó que si usted se enteraba, la vería con lástima o la alejaría de la niña para que "no sufriera". Se que ella solo quería asegurar que la pequeña estuviera en buenas manos antes de empezar su propia batalla.
Lucian se levantó, caminando hacia García como un animal herido.
—¡Es mi esposa! —rugió—. ¡Ante la ley y ante el mundo! ¡Y tú me ocultaste que se está muriendo!
—Ella no se está muriendo si empezamos ahora, señor —respondió García con calma, aunque sus ojos también brillaban—. Pero necesitaba un motivo para luchar. Y ese motivo es usted. Y la niña.
Lucian regresó al lado de Elena. Se sentó en el borde de la cama y tomó su mano pequeña entre las suyas. La miró con una intensidad desgarradora. En ese momento, el Tiburón de Wall Street desapareció. Solo quedaba un hombre que acababa de descubrir que el amor de su vida estaba librando una guerra en solitario mientras él se preocupaba por las apariencias y las cenas benéficas.
—Llama al Mentado Dr. Aris —ordenó Lucian, sin quitarle la vista de encima a Elena—. Dile que quiero al mejor equipo médico del país en este Penthouse mañana a primera hora. No me importa el costo. Si hay una cura en el rincón más remoto del planeta, la traeré.
Miró el informe una vez más y lo apretó contra su pecho.
—Ella cree que me engañó para salvar a Mikeila.
Pero no tiene idea de que ahora yo la voy a salvar a ella. No me importa nuestro contrato, García. A partir de este momento, este matrimonio ya no es de papel. Es de un lazo mas fuerte que la sangre.
Lucian se inclinó y besó la frente fría de Elena.
—No te vas a ir, Rivas. No te lo permito. Todavía tenemos que enseñarle a nuestra hija a bailar, y esta vez, el baile será de verdad.
García asintió y se retiró para hacer las llamadas. Lucian se quedó allí, en la penumbra,
sosteniendo la mano de la mujer que le había devuelto el corazón, prometiéndose a sí mismo que movería el cielo y la tierra para que el azul medianoche de su vestido no fuera el color de su despedida, sino el de un nuevo comienzo.
La narración me hace morir de risa 😂😂😂😂😂