Un chico marcado por 10.000 voces zarpa en un mar maldito para escribir el final de todas las historias.
Nicolás solo quería ser libre. Pero cuando las historias de los muertos lo eligieron, tuvo que pelear contra piratas, monstruos hechos de arrepentimiento y su propio destino.
Ahora con "El Colmillo Carmesí" en la mano debe decidir: ¿salvar el mundo de historias o dejar que todo se queme?
Fantasía épica, aventura y piratas. Para lectores que aman un buen viaje en el mar.
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Capítulo 13: La Isla del Silencio
No se escuchaba nada.
Ni las olas. Ni el viento. Ni las gaviotas.
"Capitán", dijo Marco moviendo los labios. Pero no salió sonido.
Nicolás asintió. El Colmillo Dorado no vibraba. Estaba mudo.
"La Isla del Silencio", escribió Nico en el aire con la Pluma. Las letras brillaron pero no hubo voz. "Aquí le robaron la voz a la gente."
La isla era verde. Bonita. Con casas. Con gente.
Pero todos caminaban con la boca cerrada. Con los ojos tristes.
"1/10 del Volumen 2", escribió Nico en su cuaderno y se lo mostró a Héctor. "Bajamos."
Los 51 desembarcaron. En silencio.
Una niña se les acercó. Tendría 8 años. Tenía un cartel colgado: "Me llamo Lía. No puedo hablar desde que vinieron ellos."
Nico se arrodilló. Le escribió: "¿Quiénes?"
Lía señaló al centro de la isla. Ahí había una torre negra. Sin ventanas. Y en la punta, una jaula gigante. Dentro de la jaula... bocas. Cientos de bocas flotando. Abriéndose y cerrándose sin sonido.
Héctor se tapó la boca. Escribió rápido: "Guardan las voces ahí. Para que nadie cuente historias."
"2/10", escribió Nico. "Hay que romper la jaula."
Pero cuando intentó hablar, nada. Su voz no salía. El Colmillo Dorado no respondía.
"Nos quitaron la voz también", escribió Marco. "¿Y ahora qué?"
Nico miró a los 50 escritores. Todos estaban igual. Mudos.
Entonces entendió.
No se peleaba con la voz. Se peleaba con las palabras.
Se sentó en el piso. Sacó el cuaderno.
"Capítulo 13: La Isla del Silencio", escribió.
"Había una vez una isla donde la gente cantaba. Donde los niños contaban chistes. Donde los abuelos contaban cuentos. Hasta que un día llegaron hombres con tijeras y le cortaron la voz al mundo..."
Mientras escribía, algo pasó.
La niña Lía se acercó. Leyó por encima de su hombro. Y sonrió.
Tocó el papel. Y una letra se iluminó.
Nico le pasó la pluma. Lía escribió debajo: "Yo me llamo Lía. Me gusta el mar."
Y cuando terminó, un susurro salió de su boca. Bajito. Roto. Pero era voz.
"3/10", escribió Nico emocionado. "Funciona."
Les repartió cuadernos a todos. "¡Escriban! ¡Si no podemos hablar, escribimos más fuerte!"
Los 51 se sentaron en la plaza. Y empezaron.
Uno escribió: "Me llamo Pedro y extraño mi risa."
Otro: "Me llamo Ana y quiero cantar otra vez."
Otro: "Me llamo Héctor y tengo 1000 historias guardadas."
Cada palabra escrita brillaba. Y cada brillo le devolvía un pedazo de voz a alguien.
La gente de la isla se acercó. Curiosa. Tomaron los cuadernos. Empezaron a escribir también.
"Me llamo Tomás y hace 5 años que no digo mi nombre."
"Me llamo Marta y mi hija se llama Esperanza."
"4/10", "5/10"...
Al mediodía la plaza estaba llena de papel. Y de susurros.
La torre negra lo sintió. Tembló.
De la puerta salió él.
No era Rojosangre. Era otro. Más flaco. Con tijeras gigantes en las manos. Y la boca cosida.
"El Silenciador", escribió Héctor asustado. "Él corta las voces."
El Silenciador levantó las tijeras. Y cortó el aire.
Todos los cuadernos volaron. Las palabras se borraron.
Silencio otra vez.
Nico se puso de pie. No tenía voz. Pero tenía el Colmillo.
Lo abrió. Y escribió en la primera página con letras gigantes:
"LAS PALABRAS NO SE CORTAN. SE ESCRIBEN."
La frase brilló dorada y golpeó al Silenciador en el pecho.
Él gritó. Sin sonido. Pero gritó.
"6/10", escribió Nico rápido. "Ayúdenme."
Los 50 escritores entendieron. Rodearon al Silenciador. Y empezaron a escribir en el aire. Con los dedos.
Palabras. Miles.
"LIBERTAD"
"VOZ"
"CANTO"
"NOMBRE"
Cada palabra era una tijera contra él.
El Silenciador se tapó. Las tijeras se le cayeron.
Nico aprovechó. Corrió hacia la torre. La jaula estaba cerrada con un candado de silencio.
No tenía llave. Tenía pluma.
Escribió en el candado: "Ábrete. La gente quiere hablar."
El candado se abrió.
Las bocas salieron volando. Cientos. Y cada una buscó a su dueño.
La boca de Lía volvió a ella. Y gritó.
"¡MAMÁ!"
Y el sonido rompió la isla.
"7/10", "8/10"...
El Silenciador cayó de rodillas. Se arrancó los hilos de la boca. Y lloró.
"Yo... yo solo quería que no doliera", susurró. Era su primera palabra en años. "Hablar duele."
Nico se acercó. "No hablar duele más."
Le dio un cuaderno. "Escribe lo que te duele. Y se va."
El Silenciador escribió: "Maté a mi hermano sin querer. Y me callé para siempre."
Cuando terminó, dejó de llorar.
"9/10", escribió Nico. "Perdonado."
Al atardecer la Isla del Silencio ya no era silenciosa.
Había música. Gritos. Niños riendo. Viejos contando.
Lía corrió y abrazó a Nico. "Gracias por devolverme la voz."
Nico le revolvió el pelo. "Cuídala. Y úsala para contar."
Héctor estaba llorando. "Hace 40 años que no escuchaba tanto ruido. Es hermoso."
Nico miró el Colmillo. "10/10 del Volumen 2. Isla completada."
Antes de irse, toda la isla salió a despedirlos. Gritando sus nombres.
"¡Nicolás!"
"¡Héctor!"
"¡Marco!"
51 nombres. Gritados al cielo.
En el barco, Nico se sentó. Tenía la garganta seca de tanto no hablar.
"¿Siguiente?" preguntó Marco, ahora con voz ronca.
"La Isla de las Sombras", dijo Nico. "Donde la gente le tiene miedo a su propio reflejo."
"11/10", dijo el Colmillo. "Quedan 9."
Nico guardó la pluma. Miró el mar.
Ya no le tenía miedo al silencio.
Porque ahora sabía que hasta en el silencio... se puede escribir.
Y las palabras siempre encuentran cómo salir.