En su vida pasada, Camila era una científica obsesionada con descubrir los secretos de la naturaleza. Ahora ha reencarnado como Xenia, una joven noble en un mundo lleno de magia… y para ella eso solo significa una cosa: nuevos experimentos.
Decidida a entender y dominar la magia como si fuera ciencia, convierte su vida en un laboratorio, creando pociones cada vez más imposibles y peligrosas.
Pero cuando el príncipe del reino empieza a aparecer constantemente en su laboratorio, Xenia descubre que, además de la magia, hay otro fenómeno que no logra explicar del todo: por qué el príncipe parece cada vez más interesado en ella… mientras ella solo piensa en su próximo experimento.
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Capítulo 13
Xenia permaneció inmóvil en el rincón donde la habían dejado. Las cuerdas apretaban sus muñecas y la venda sobre sus ojos le impedía ver absolutamente nada, pero aun así obligó a su mente a mantenerse fría. Entrar en pánico no serviría de nada. Durante toda su vida anterior había aprendido que, incluso en las peores situaciones, la información era el recurso más valioso. Por eso escuchaba cada voz, cada paso, cada puerta que se abría y cerraba, tratando de construir un mapa mental del lugar donde la tenían retenida.
Mientras tanto, Clark no había dejado de buscarla.
Los guardias recorrían cada rincón de los alrededores cuando uno de ellos llegó apresuradamente hasta donde se encontraba el príncipe.
—¡Alteza!
Clark giró de inmediato.
—¿La encontraron?
—No, pero unos comerciantes aseguran haber visto a varios hombres metiendo a una joven dentro de un carruaje.
La mirada de Clark se endureció.
Minutos después ya estaba interrogando personalmente a los testigos.
—Descríbanla.
Los hombres intercambiaron miradas nerviosas.
—No vimos bien su rostro.
—Entonces díganme lo que sí vieron.
—Vestía de blanco.
Clark sintió que el corazón se le hundía.
—¿Y?
—Tenía el cabello corto.
Eso fue suficiente.
No necesitó escuchar nada más.
Montó en su caballo y salió disparado en la dirección que le señalaron. Varios guardias lo siguieron mientras otros permanecían buscando en diferentes zonas.
El viento golpeaba con fuerza su rostro mientras avanzaba por los caminos alejados de la ciudad.
Solo tenía una idea en la cabeza.
Encontrar a Xenia.
Nada más importaba.
Después de un largo recorrido comenzaron a registrar los alrededores. Había árboles por todas partes y senderos apenas visibles entre la vegetación. Clark observaba cada rincón con creciente desesperación.
—Dividámonos —ordenó finalmente.
Los soldados obedecieron de inmediato.
Clark continuó acompañado únicamente por dos guardias.
Y entonces la vio.
Una vieja cabaña escondida entre los árboles.
Su instinto le dijo inmediatamente que estaba allí.
Minutos antes.
La puerta de la cabaña se abrió bruscamente.
Xenia reconoció la voz incluso antes de que hablara.
—¿Dónde está?
Gideón.
Por supuesto que era él.
Los pasos se acercaron hasta detenerse frente a ella.
—Así que aquí estás.
Xenia levantó ligeramente la cabeza.
No podía verlo, pero podía imaginar perfectamente la expresión arrogante que debía estar llevando.
—¿Qué pasó con toda esa confianza que tenías? —preguntó él con burla.
Ella intentó responder, pero la mordaza apenas le permitió emitir un sonido incomprensible.
—Quítenle eso.
Un momento después el aire fresco golpeó sus labios.
Xenia sonrió.
—Vaya, Gideón. Debiste quedar muy herido para terminar recurriendo a un secuestro.
La sonrisa del alquimista desapareció.
—Sigues actuando como si estuvieras en posición de burlarte.
—Porque lo estoy.
—¿De verdad?
—Sí. Tú eres quien acaba de cometer un crimen tan estúpido que probablemente terminará sin cabeza.
Los hombres alrededor soltaron algunas risas nerviosas.
Gideón, en cambio, perdió completamente la paciencia.
La agarró del cabello y tiró de él con brusquedad.
El dolor recorrió el cuero cabelludo de Xenia, pero ella se negó a emitir un solo quejido.
—Más te vale decirme cómo haces esas pociones, maldita mocosa.
Su aliento golpeó el oído de la joven.
—Dime todo lo que sabes y quizá considere dejarte vivir.
Xenia apretó los dientes.
Entonces, aprovechando la cercanía, movió la cabeza con toda la fuerza que pudo.
El golpe impactó directamente en la nariz de Gideón.
—¡AAAGH!
El hombre retrocedió llevándose ambas manos al rostro.
Xenia sonrió.
—Vaya. Pensé que los grandes alquimistas reales tenían mejores reflejos.
La sangre comenzó a deslizarse entre los dedos de Gideón.
Su expresión se deformó por completo.
—¡Maldita!
La bofetada llegó con tanta fuerza que el rostro de Xenia se giró hacia un lado.
Un intenso ardor recorrió su mejilla.
Durante unos segundos la habitación quedó en silencio.
Luego Xenia escupió un poco de sangre al suelo y volvió a levantar la cabeza.
—¿Eso es todo?
Aquello terminó de volver loco a Gideón.
—¡Voy a hacer que te arrepientas de cada palabra!
—Lo dudo.
—¿Todavía te atreves a desafiarme?
—No es difícil. Eres bastante patético.
Uno de los mercenarios soltó una carcajada antes de callarse al recibir una mirada asesina de Gideón.
El alquimista respiró profundamente.
Luego señaló a Xenia.
—Enséñenle lo que ocurre cuando se cree más inteligente que los demás.
Uno de los hombres se acercó y la sujetó bruscamente por el hombro.
—Deberías haber cerrado la boca, niña.
Xenia intentó apartarse.
—Quita tus manos de encima.
—Sigues teniendo carácter.
El hombre la sacudió con fuerza, intentando intimidarla.
Sin embargo, antes de que pudiera hacer nada más, la puerta se abrió violentamente.
—¡Tenemos problemas!
Todos se giraron.
—¿Qué sucede?
—¡Soldados! ¡Vienen hacia aquí!
La sangre abandonó el rostro de Gideón.
—¿Qué?
—¡Los vimos acercarse desde el bosque!
El alquimista dio varios pasos hacia atrás.
Si los soldados lo encontraban allí, estaba acabado.
—¡Deténganlos!
El jefe de los mercenarios lo observó con desprecio.
—No nos des órdenes.
—¡Entonces mátenlos!
Nadie respondió.
Porque todos podían escuchar el ruido acercándose.
Caballos.
Armaduras.
Soldados.
Gideón tragó saliva.
Y huyó.
Sin mirar atrás.
Xenia soltó una pequeña risa.
—Cobarde.
Los mercenarios salieron apresuradamente para interceptar a los recién llegados, dejando solamente a uno vigilándola dentro de la cabaña.
El hombre caminaba nervioso de un lado a otro.
Afuera comenzaron a escucharse gritos.
Choques de acero.
Caballos.
Órdenes militares.
Y entonces ocurrió.
Un estruendo sacudió toda la construcción.
La puerta explotó hacia adentro.
El mercenario retrocedió sobresaltado.
Por la entrada apareció Clark.
Su rostro estaba cubierto de polvo y el cabello desordenado por la cabalgata, pero nada de eso era lo que llamaba la atención.
Era su expresión.
Aquella mirada helada.
Aquella furia silenciosa.
El hombre intentó levantar su espada.
No tuvo oportunidad.
Clark avanzó como una tormenta.
Lo desarmó de un golpe.
El mercenario cayó al suelo.
Y antes siquiera de poder reaccionar, la espada del príncipe ya estaba apuntando a su garganta.
El hombre palideció.
Clark ni siquiera volvió a mirarlo.
Toda su atención estaba puesta en una sola persona.
Xenia.
Sentada en el suelo.
Atada.
Con el cabello revuelto.
Y una marca roja perfectamente visible sobre una de sus mejillas.
Durante un instante todo quedó en silencio.
La mirada de Clark se fijó en aquella marca.
Algo cambió en sus ojos.
Algo oscuro.
Peligroso.
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