Nahela soñaba con ser dueña de su propio destino, pero su familia decidió su futuro por ella. Obligada a casarse con un hombre al que no ama, comprende que la libertad tiene un precio demasiado alto.
Gabriele Di Matteo llegó a Colombia para cerrar un importante negocio y regresar a Nueva York. El amor nunca estuvo en sus planes, mucho menos involucrarse en los problemas de una desconocida.
Pero una noche basta para cambiarlo todo.
Lo que comienza como una promesa de ayuda se convierte en una huida desesperada, un peligroso desafío a hombres poderosos y un amor capaz de romper todas las reglas.
Porque cuando el destino une a dos almas perdidas, ni la distancia, ni el poder, ni el miedo son suficientes para separarlas.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Atardecer.
Nahela🤎
Desde la ventana de mi habitación observo cómo el sol comienza a ocultarse sobre el inmenso mar. Nunca me canso de verlo.
Los tonos anaranjados y dorados se reflejan sobre el agua mientras las olas rompen contra las rocas que bordean la costa. Varias gaviotas sobrevuelan la playa, libres, dueñas del cielo, capaces de ir donde quieran.
Justo lo que yo no soy.
Levanto mi cámara y enfoco el horizonte, hago clic y la imagen queda inmortalizada.
Sonrío y por unos segundos me olvido de todo, de la hacienda, de las rejas, de las órdenes, de las miradas vigilantes, de mi apellido.
Clic.
Tomo otra fotografía y luego otra. La luz es perfecta, el mar parece una pintura.
Santa Marta nunca deja de sorprenderme.
—Hermoso... —susurro.
La cámara fue un regalo de mi hermano José Carlos cuando cumplí dieciocho años, el mejor regalo que he recibido en toda mi vida.
También el único que debo esconder.
Mi padre considera que la fotografía es una pérdida de tiempo, según él, las mujeres de la familia Santacruz no necesitan sueños, solo obedecer.
Aprieto los labios.
A veces imagino una vida distinta, una donde pudiera estudiar fotografía, donde viajara por el mundo capturando paisajes, donde mis imágenes estuvieran colgadas en galerías siendo admiradas por muchas personas.
Donde pudiera caminar por una ciudad desconocida sin escoltas, sin vigilancia y sin miedo. Donde pudiera bailar, reír, tener amigos, vivir, pero los sueños son peligrosos para alguien como yo porque cuando despierto, sigo aquí.
En esta enorme hacienda frente al mar que para cualquiera parecería un paraíso, pero para mí es una prisión.
Mi padre se ha encargado de recordármelo durante años.
Él decide.
Él manda.
Él controla.
Y nadie se atreve a desafiarlo ni siquiera mi madre, ni siquiera mis hermanos y mucho menos yo que he intentado escapar en varias ocasiones y he terminado días encerrada en un sótano, castigada bajo el cinturón de papá, privada de la luz del día y sin comer y cada persona que se atrevió a ayudarme o por lo menos me vió huir no dijo nada: terminó muerta.
Escucho unos pasos apresurados acercarse al cuarto, me sobresalto y la puerta se abre de golpe.
—¡Niña!
Me giro inmediatamente y es mi nana Edith que entra agitada.
Su rostro refleja preocupación.
—¿Qué sucede?
—Tu padre llegó.
Mi corazón da un salto.
—¿Y?
—Está preguntando por ti.
La sangre abandona mi rostro.
—¿Por mí?
Ella asiente.
—Quiere verte inmediatamente en el despacho.
Trago saliva, eso nunca es una buena señal.
—¿Está enojado?
—Muy serio.
Maldición.
Guardo la cámara rápidamente dentro del compartimiento secreto de mi armario. Luego recojo mi cabello en una coleta porque a mi padre no le gusta verlo suelto, dice que parezco una rebelde, como si respirar sin su permiso ya no fuera suficiente acto de rebeldía.
—Ve con cuidado, niña —susurra Nana Edith.
La abrazo rápidamente.
—Gracias.
Ella acaricia mi mejilla.
—Dios te acompañe.
Salgo de la habitación y cada paso hacia el despacho aumenta la presión en mi pecho, cuando llego frente a la enorme puerta de madera oscura, mis manos están heladas.
Toco dos veces.
—Entre.
La voz de mi padre atraviesa la puerta como un trueno. Respiro profundamente y entro.
Mi madre está sentada a la derecha, Mis hermanos José Luis permanece de pie junto a una de las ventanas y José Carlos se encuentra al otro lado del despacho.
Todos están allí y siento que algo está mal. Muy mal.
—Buenas tardes.
Nadie responde, ni siquiera mi madre, solo José Carlos me observa durante un segundo.
Mi padre señala una silla.
—Siéntate.
—Estoy bien de pie.
Sus ojos oscuros se clavan en mí.
—Siéntate —mi estómago se encoge—. No me obligues a repetirlo.
La autoridad en su voz me hace obedecer y me siento, las manos me tiemblan sobre las piernas.
—¿Pasa algo?
Mi padre se reclina en su asiento, me observa durante unos segundos hasta que finalmente habla.
—Te vas a casar.
Parpadeo una, dos veces.
—¿Qué?
—Escuchaste bien.
Suelto una risa nerviosa.
—¿Yo?
—Sí.
—Pero...
Miro a mi madre, ella baja la vista. Miro a mis hermanos, José Luis permanece impasible y José Carlos parece incómodo.
—¿Por qué?
La expresión de mi padre se endurece.
—Porque yo así lo decidí.
Mi corazón comienza a latir con fuerza.
—Papá, yo ni siquiera tengo novio.
—No necesitas uno.
—Yo no quiero casarme.
Un silencio peligroso se hace presente por mínimos segundos.
—Siempre he hecho lo que usted quiere —continúo—. Siempre he obedecido. Pero no quiero casarme.
Mi padre golpea el escritorio, el sonido me sobresalta.
—Esto no es una discusión.
—¡Es mi vida!
José Luis niega con la cabeza como si yo fuera una niña caprichosa, como si pedir decidir sobre mi propio futuro fuera una locura.
—Tu vida pertenece a esta familia —dice mi padre—. Y harás lo que sea necesario por ella.
Las lágrimas comienzan a acumularse en mis ojos.
—¿Con quién?
Nadie responde inmediatamente, hasta que finalmente escucho el nombre.
—Ovidio Velandia.
Siento que el mundo se detiene.
No.
—Papá...
—La decisión está tomada y ya di mi palabra.
—Tiene cuarenta y ocho años.
—Es un hombre poderoso.
—Podría ser mi padre.
—Y te tratará como una reina.
Me pongo de pie.
—¡No quiero! —mi voz se rompe—. No quiero casarme con él.
José Carlos da un paso adelante.
—Papá, quizás deberíamos...
—¡Cállate!.
La orden lo detiene y mi hermano aprieta la mandíbula, pero guarda silencio y mi padre vuelve a mirarme.
—La boda se realizará pronto.
—No puede obligarme.
—Puedo.
Y la seguridad con la que lo dice destruye cualquier esperanza porque ambos sabemos que es verdad, puede hacerlo.
—Vuelve a tu habitación —ordena—. Tu madre se encargará de los preparativos.
—Papá...
—La conversación terminó, Nahela.
Mi madre se levanta, me toma suavemente del brazo. Yo apenas puedo respirar mientras salimos del despacho, las lágrimas ya recorren mis mejillas.
Cuando llegamos a mi habitación cierro la puerta.
—Mamá, por favor.
Ella evita mirarme.
—No hagas esto más difícil.
—Ayúdame.
—Nahela...
—Por favor —mi voz se quiebra—. No quiero casarme con él.
Por primera vez sus ojos se llenan de lágrimas.
—Lo sé.
—Entonces ayúdame a escapar.
Ella palidece.
—No digas eso.
—Mamá...
—Tu padre jamás lo permitiría.
—¡No puedo quedarme aquí!
—Baja la voz.
—¡No quiero esa vida!
Ella me toma las manos.
—Escúchame bien.
Su mirada refleja un miedo profundo.
Antiguo.
—No existe lugar donde puedas esconderte si tu padre decide buscarte.
Las lágrimas siguen cayendo.
—Tiene que existir.
—No.
Su voz apenas es un susurro.
—No para nosotros.
Y entonces comprendo algo terrible, mi madre ya se rindió hace muchos años.
Yo todavía no, pero estoy empezando a quedarme sin opciones y por primera vez en mi vida tengo miedo de que mi padre haya decidido mi destino para siempre.
Nahela Santacruz, 25 años.